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Magneto, Miedo y Productividad

miedo en el trabajoHistóricamente, el miedo ha sido una “técnica” utilizada por algunas personas para conseguir que otra persona haga algo en contra de su voluntad. Y tradicionalmente, en un porcentaje muy elevado de empresas, también se ha usado el miedo (y se usa) para que los empleados trabajen más horas, asuman más tareas de las que pueden asimilar, etc. (sustituye tú el “etc.” por lo que quieras), siendo el castigo en caso de no aceptar, el despido, obviamente.

Pero como está mal visto socialmente reconocer explícitamente que se usa esta “técnica”, muy pocos directivos o líderes se atreven a verbalizarlo públicamente, pero no por ello deja de ser, por desgracia, algo muy presente en las organizaciones actuales (ahora más, con la excusa de la crisis).

El desastre viene cuando los denominados “líderes” se convierten (yo creo que de manera inconsciente) en “súper héroes” en pro de una causa justa (la empresa), al estilo Magneto.

Al igual que este malvado súper héroe, los directivos que asumen esta forma de actuar tienen síntomas evidentes de su “locura”:

  • Megalomanía
  • Un objetivo loable: “Salvar” la empresa.
  • Always on. Están las24h. “al servicio” de la empresa.
  • No valoran al que es diferente a ellos.
  • Ensalzan al que les sigue la corriente, no dándose cuenta de que les toma el pelo en muchas ocasiones.
  • Monitorizan los movimientos de los simples mortales (los empleados).
  • “Interpretan” negativamente con frecuencia, los gestos, comentarios, o conductas habituales de los demás, como llegar tarde 10 minutos (aunque después se acabe trabajando más horas -en la oficina o en casa-).
  • Desconfían de casi todo el mundo (no están “a su nivel”), por lo que no pueden delegar tareas (por eso son “always on”)

Pero ahora viene lo grave. A pesar del miedo que inyectan en la mayoría de empleados (afortunadamente hay quien sabe afrontar esta emoción), y que a corto plazo supone un incremento de horas de trabajo de los empleados, su conducta es totalmente dañina para la empresa, aumentando las posibilidades de que los empleados sufran estrés en niveles peligrosos para la salud, ansiedad, burnout, desmotivación, provocando un aumento de absentismo, bajas laborales, fugas de talento, etc. Es decir terminan consiguiendo justo lo contrario.

Es la paradoja del héroe organizacional. Cree que si no está él, la empresa no produce. Pero precisamente, lo que ocurre es, que si está él, la empresa produce menos. Y esto es especialmente grave en las empresas cuyo motor de producción es la creatividad de su gente, la imaginación, la puesta en marcha de ideas. En definitiva, cuando la herramienta principal de trabajo es la mente, el intelecto.

La Neurociencia ha demostrado con imágenes, que cuando hay una emoción poderosa en nuestro cerebro, como es el miedo, el riego sanguíneo en la corteza prefrontal (sede del pensamiento complejo, la creatividad, la planificación y la atención, entre otras funciones de orden superior) disminuye en favor de áreas más profundas del cerebro, sede de funciones más primarias, con el objetivo de poner en marcha acciones que “salven” la vida del individuo. Pero claro, esto en la selva, en las cavernas, nos venía fenomenal. En la empresa es nefasto para la productividad.

Si los directivos del siglo XXI, en especial de este tipo de empresas cuyo motor de negocio es el capital intelectual de sus empleados, conociesen el funcionamiento psicológico de las personas ante determinadas emociones, seguro que cambiarían la estrategia de liderazgo.

Basarían su estrategia en potenciar las emociones positivas, para promover un clima organizacional positivo, provocando un aumento del riego sanguíneo en la corteza prefrontal del cerebro de sus empleados. Esto ampliaría el pensamiento, la creatividad, las buenas ideas, la planificación y la ejecución de calidad, consiguiendo el tan ansiado aumento de la productividad y de los resultados económicos. Además focalizarían su estrategia en aumentar la calidad de las horas trabajadas, y nunca la cantidad de las mismas. ¿Por qué? Porque sobrepasadas las 8 horas de trabajo intelectual, la productividad baja, no sube, incrementándose también la posibilidad de cometer errores que cuestan dinero.

Las empresas inteligentes del siglo XXI que sobrevivirán a la crisis serán las que quieran convertirse en Organizaciones Saludables (tal como nos muestra la Psicología Positiva), dotando a sus empleados de los recursos organizacionales, grupales e individuales para prevenir los riesgos psicosociales que tanto azotan sus cuentas de resultados con continuas bajas, faltas al trabajo, bajo rendimiento, desmotivación, burnout, fugas de talento, etc.

¿Te suena de algo todo esto?

¿Vas a hacer algo para que tu organización sea más saludable y positiva? ¿O vas a obligar a tus empleados a trabajar más horas y a que vengan “motivados” de casa?

Hasta pronto!

Foto obtenida de http://www.cnnexpansion.com/mi-carrera/2009/09/30/controla-tu-miedo-a-perder-el-trabajo

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Doctor, me duele la mente.

Si la mente fuera física, iríamos con toda normalidad al médico de cabacera, y le diríamos: “Doctor, llevo varios días que me duele mucho la mente, no puedo ni moverme”, a lo que podría seguir una conversación parecida a esta:

-Doctor (D): “¿Desde cuándo le duele?”
-Paciente (P): “Desde hace mucho, unos 20 años más o menos, lo que pasa es que nunca me ha dolido tanto como ahora”.
-D: “Déjeme que le ausculte”.  El doctor saca su fonendoscopio, lo aplica en la cabeza del paciente, y dice: “Vaya, vaya, oigo un sonido extraño, debe tener inflamado algún pensamiento. Le voy a recetar “Ibupropienso” para atenuar los síntomas. No obstante, le voy a enviar también al especialista, al psicofisiólogo“.

El paciente va al psicofisiólogo(E), y la conversación transcurre más o menos así:

-E: “Tengo el informe de su médico y después de leer todo el documento, creo que podría usted tener “pensamientitis”, o “emocionitis”, así que le vamos a hacer unas pruebas. Le voy a pedir un EEG, una RMf, un EOG, y una MEG“.

Pasados unos días…

-E: “Bien, ya tenemos los resultados”. El doctor saca un sobre del archivador. “Mire, tiene usted varios pensamientos negativos recurrentes atravesados, ¿los ve? aquí, son estas manchitas que aparecen. Además, tiene la autoestima muy pequeñita, se ha reducido un 20% por debajo de su tamaño natural, es esta bolita que se ve aquí en el centro de la mente. Pero lo que más me preocupa es que el indicador de los pensamientos negativos recurrentes lo tiene a 250, cuando lo normal es 80. ¿Tiene usted antecedentes en su familia de hipernegativismo?. Espero que no suba más, porque podrían obstruir la arteria inmunitaria, reducir sus defensas, y aumentar las posibilidades de infecciones graves”.
-P: “No me asuste, Doctor. ¿Tan mal estoy?”.
-E: “Bueno, tiene usted “pensamientitis”, “hipoautoestima”, “hipernegativismo”, y “empatrosis” (desgaste de la empatía). Una cosa le ha llevado a la otra. Tenía usted que haber venido antes. Vamos a intentar reconducir la situación, aunque ya le he dicho que si se inflaman más los pensamientos negativos, baja la autoestima, y la empatrosis se extiende, podrían aparecer creencias irracionales, fobias, ansiedad extrema, necesidad de control exacerbado, u otras alteraciones fisiológicas. Entonces habría que operar, pero no adelantemos acontecimientos. Por lo pronto, la “piensamientitis hipernegativa” le está bloqueando el conducto emocional, y obstruyendo las arterias de las relaciones sociales. ¿Ha notado algo raro en sus relaciones con los demás?”

-P: “Sí, la verdad es que ahora que lo dice, últimamente no saludo a nadie, desconfío y me irrito con facilidad”.

-E: “Le voy a dar un tratamiento farmacológico para paliar lo síntomas, pero la verdadera solución para sanar y que todo vuelva a la normalidad es hacer rehabilitación a diario: tiene usted que saludar a las personas (al verse y al despedirse), escuchar empáticamente y dejar de ver a los demás como una amenaza. Esto hará que pueda confiar un poquito más en los demás, y sobre todo en usted mismo, para no aferrarse a un control exacerbado que le desequilibra, y le hace demasiado perfeccionista. También practicará no hacer nada todos los días durante al menos 20 minutos (nada fácil, pero lo conseguirá si es perseverante). Además, no dejará de aprender todos los días, tiene usted que prepararse bien, porque viene una epidemia de nuevos virus llamados “nuevaeconomiaglobal” y “eltrabajoseguroseacabó”, que van a dejar fuera de combate a los que no se adapten a nuevas situaciones”.

Si la mente fuera física, todo el mundo iría al psicólogo con total normalidad. Y es que, en realidad, la mente es física puesto que no es ni más ni menos que la actividad del cerebro. Así que, debemos ir dejando de lado la creencia irracional de que ir al psicólogo es porque uno está loco, y teniendo la certeza de que el psicólogo es un especialista de la mente y la conducta, que puede mejorar nuestra adaptación a los cambios inevitables que ocurren en nuestra vida personal, laboral, académica, y social.

Hasta pronto!

El Salario del Miedo

25 septiembre 2010 2 comentarios

¿Somos esclavos de nuestro trabajo? Es decir, ¿odio mi trabajo pero me aguanto por el sueldo que cobro a final de mes? ¿Vivimos, realmente, solo el fin de semana? Me temo que, por desgracia, así es en muchos casos. La razón o la lógica nos dice que debemos aguantar porque nos hace falta el dinero. La emoción nos dice que enviemos el trabajo a “freir espárragos”. ¿Hay término medio? ¿Hay alguna solución? Afortunadamente sí. ¿Es fácil? No, pero el camino hacia la mejora no es tan duro como aguantar un tercio de nuestra vida haciendo algo que odiamos.

¿Y en qué me baso para afirmar esto? Pues por un lado en las teorías de la Psicología Positiva científica (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000), y por otro en mi propia experiencia, y en las de otras personas que conozco. La psicología positiva nos dice que determinadas conductas, estados psicológicos, y emociones positivas nos permiten progresar y mejorar la calidad de nuestra vida (cfr. Flow, Cskiszentmihalyi, 1997). Veamos qué podemos hacer.

Lo primero que debemos hacer, es decidir firmemente que esa situación la queremos cambiar,  que vamos a esforzarnos (quizás no tanto como al ir todos los días al trabajo que odiamos) y no vamos a desistir hasta que consigamos el cambio. Después, pensar concienzudamente (y para eso hay que darse tiempo) si lo que realmente nos desagrada es nuestro trabajo en sí, la empresa, o nuestros jefes y/o compañeros, ya que no es lo mismo una cosa que otra. A partir de aquí, debemos poner en marcha un plan de acción para llevar a la práctica un viraje o cambio de rumbo, con la plena conciencia de que es un cambio que costará meses o años, pero con la satisfacción de que estamos pilotando nosotros la nave, y que llegaremos al puerto que queremos (o a uno muy cercano), y por lo tanto, la situación más o menos dramática que estemos viviendo es algo temporal.

Para ayudarnos, la psicología positiva nos enseña que mantenernos en un estado de alegría (nos ayudará la música, el humor, y relacionarnos con gente positiva) durante más tiempo que en estado de tristeza, y hacer ejercicio físico (aeróbico) a diario, así como cuidar la alimentación, nos produce una mejora del bienestar físico y psicológico subjetivo que nos inyectará energía para vivir el duro proceso de cambio, pero que merece la pena.

Dependiendo de lo que queramos cambiar, los plazos de ejecución serán mayores o menores. Por ejemplo, si queremos cambiar de trabajo, tendremos que decidir a qué nos queremos dedicar que nos guste mucho, y nos apasione como si fuera nuestro hobby. Para esto hay que dedicar, al menos una hora todos los días a pensar y buscar lo que realmente nos gustaría (a mí me costó un año). Una vez detectado, deberemos saber en qué punto nos encontramos,  para dar el siguiente paso: si ya tenemos el conocimiento o debemos adquirirlo; si tenemos los contactos o debemos crear la red. En cualquier caso, quiero insistir que esto lleva tiempo; no deja de ser un viaje con sus tiempos necesarios en las distintas etapas. Por ejemplo, no recuerdo ahora el nombre, pero había un par de amigos que siempre estaban organizando fiestas cuando estaban en la universidad (y no estudiaban, claro), y pensaron que podían dedicarse a ello. Crearon una empresa de servicios (ya tenían muchos de los contactos necesarios) para organizar eventos para empresas y particulares (despedidas de solter@, fiestas de fin de año, celebraciones de empresas, etc.), y se lo pasaban genial trabajando (y encima les pagaban).

Para no extenderme demasiado, me gustaría dejar clara una pauta que deberíamos seguir siempre para cualquier tipo de mejora a realizar en lo laboral. Y es tener claro qué valor podemos aportar a una empresa o cliente (al fin y al cabo es lo mismo). Si realmente podemos aportar valor,  con la certeza de nuestra competencia y con nuestra autoestima en buen equilibrio, podríamos hasta elegir a qué empresa/cliente queremos ofrecer nuestros servicios. Creo que estamos ante un cambio de era, y no sirven los antiguos patrones de comportamiento. Ya no sirve buscar una empresa que te contrate para toda la vida (“colocarse” como se decía), ya no sirve hacer las 8 horas justitas y olvidarse hasta el día siguiente, ya no sirve decir “si quieren que aprenda algo que me forme la empresa”, y en horario laboral, claro. Hemos de cambiar nuestros esquemas mentales y pensar que ahora debemos ser “proveedores” de servicios autónomos (aunque estemos en plantilla), y por lo tanto debemos formarnos continuamente por nuestra cuenta, aprender nuevas habilidades (comunicación, inteligencia emocional, inteligencia social, a hablar en público, a vender…). Así empezaremos a pensar a quién quiero dar mis servicios y dejar de pensar quién me querrá contratar. Y la cosa cambia, eh?

Es cierto que el horno no está para bollos, y hay que ser un optimista inteligente y no ilusorio, pero precisamente por eso hay que entrar en la espiral sin fin de la mejora contínua (¡ojo!, no de trabajar más horas, sino mejor). Si conseguimos trabajar agusto, las horas que dediquemos no nos pesarán como una mochila de piedras. Así que si estás en una empresa y no eres feliz, empieza a virar el timón de tu barco, y te harás un favor a ti, y a la empresa. Y sé que con la que está cayendo, esto es duro de decir, pero siempre hay oportunidades para los valientes y decididos. De verdad, se abren caminos que antes de andar no se veían. Es como ir a subir una montaña y mirar hacia arriba desde la base; pensaremos “Dios mío, si no veo donde agarrarme!”, pero en cuanto empiezas a subir, vas viendo los huecos donde agarrarte, y cuando vas subiendo y miras hacia abajo, piensas: “Dios mío, ¿cómo he conseguido llegar hasta aquí?”.

¿Somos esclavos de nuestro trabajo? ¿Intentamos mejorar? ¿O  esperamos a que la cosa cambie sola?

Hasta pronto!

Va al psicólogo “ergo” está loco.

 

Ir al psicólogo está mal visto. Se acepta socialmente casi mejor ir al oncólogo que ir al psicólogo. Los seres humanos somos así de irracionales. Creo que se trata simplemente de un tabú socialmente construido, falta de hábito, costumbre, etc., ya que cuando se habla del profesional de la psicología, inmediatamente nos imaginamos a una persona que cura trastornos mentales. Esto ha sido así hasta hace muy poquito, pero desde aquí me gustaría empezar a promover un pensamiento positivo también en relación a las funciones del psicólogo, ya que podemos beneficiarnos de sus conocimientos en cualquier proceso de cambio que vayamos a experimentar o estemos experimentando y nos provoque ansiedad, malestar, insatisfacción, etc., de forma prolongada en el tiempo .

Por ejemplo, podemos solicitar la ayuda de un psicólogo en procesos de cambio importantes: ante un periodo de exámenes, un cambio de residencia, pérdida del empleo, desarrollos de mejora personal, gestión de las emociones, habilidades sociales, dejar de fumar, introducir cambios de hábitos en el control de la alimentación o ejercicio físico, ante un periodo de tratamiento dental (hay personas que les entra colitis ulcerosa solo de pensarlo). Es decir, no solo se va al psicólogo ante trastornos patológicos de la conducta (que también). 

La psicología positiva (Seligman, 1990)  empieza a tener una fuerte investigación sobre las experiencias positivas  para ayudar a las personas normales, a disfrutar de una mejor calidad de vida con pequeños cambios que potenciarán las emociones positivas y éstas nos ayudarán a estar más sanos (mediante sus efectos en el sistema cardiovascular e inmunológico) y a tener mejores relaciones interpersonales, ya que cuando nos sentimos mejor, tendemos a manifestarlo y promover las relaciones y conductas de ayuda.

¿Vamos al psicólogo, o nos da vergüenza?

¿Reto o Amenaza?

A menudo, las situaciones que se nos plantean (o planteamos) ante nosotros, da igual del tipo que sean (personales, profesionales, académicas) y que tienen la característica común de poseer cierta complejidad, a unas personas nos provoca la percepción de amenaza, y a otras, la percepción de reto o desafío.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a unas personas se nos dispara “la alarma” del miedo primero y después de la ansiedad (proceso de estrés), y en otras personas se pone en marcha un mecanismo de adaptación que dispone a la persona a planificar y regular su conducta para superar “el obstáculo”?

En primer lugar, efectuamos una primera valoración de las demandas de la situación, según el modelo transaccional de estrés (Lazarus y Folkman, 1984), y decidimos si nos resulta irrelevante, benigna-positiva, o estresante. De ésta última, a su vez, podemos extraer si implica daño o pérdida, amenaza, o desafío. Después, efectuamos una segunda valoración en la que hacemos una apreciación del repertorio de comportamientos o habilidades que tenemos para hacer frente a la situación estresante. Por último existe una fase de selección de la respuesta, que es la elección que la persona realiza, de acuerdo con las valoraciones previas.

Si esto es así, ¿por qué unas personas tenemos la sensación de disponer de los recursos (internos y externos) necesarios para superar la situación, y otras no?

Pues parece ser que influyen diversos factores; estructurales por un lado, como la personalidad; y ambientales por otro, como la experiencia, el aprendizaje, nuestra educación, nuestra cultura, creencias, etc. Todo este cúmulo de factores, que interactúan entre sí de forma dinámica, da lugar a algo que llamamos autoconcepto, que es algo subjetivo. A su vez, el autoconcepto influye en los demás factores, al generar un proceso afectivo, motivándonos o desmotivándonos para mejorar y valorarnos más, o menos.

Entonces, para poder empezar a enfrentarnos a situaciones teniendo la sensación de poder hacerlo, o incluso crear nosotros mismos las metas u objetivos a alcanzar y superar, debemos aumentar nuestro autoconcepto.

¿Y cómo se aumenta el autoconcepto? Pues con paciencia y perseverancia. Como no podemos cambiar la personalidad, porque es algo muy estable y puede variar muy poquito, es mejor que trabajemos sobre los demás factores (experiencia, aprendizaje, cultura, educación, creencias). Es un proceso laborioso, que necesita trabajar todos los días un poquito. Podemos hacerlo por nuestra cuenta (muy complicado pero no imposible), o ponernos en manos de un Psicólogo, que nos pueda ayudar.

Aquí quiero solo señalar algunas tácticas o estrategias para aumentar un poquito nuestro autoconcepto y evaluar si lo hemos conseguido o no.

En primer lugar, y antes de nada, debemos hacer repaso a nuestra historia personal y comprobar si en algún momento nos hemos enfrentado a situaciones que nos han parecido difíciles y hemos conseguido superarlas. Si es así, que seguro que hay una o varias, debemos escribirlas en un papel y ponerlas en un lugar donde las podamos leer todos los días (la puerta de la nevera, o algún lugar más discreto como la puerta de nuestro armario ropero, por la parte interior).

Por otro lado, tambien nos puede ayudar a aumentar nuestro autoconcepto (complementando el párrafo anterior) nuestro nivel de conocimientos. Leer todos los días, al menos 20 minutos, nos hará más cultos (20 x 365 días son unas 122 horas al año de lectura). Aprender temas variopintos, nos ayudará a abrir nuestra mente a otros puntos de vista, y a permitirnos también ampliar nuestras conversaciones con otras personas. Ésta es otra cosa que nos ayudará a aumentar nuestra autoconcepto, conversar con otras personas (conocidas o no) de diversos temas con la seguridad y confianza en lo que decimos.

Otra cosa importante que nos ayuda a mejorar nuestro autoconcepto es tener una red de apoyo social. Para ello hay que trabajar las relaciones interpersonales, de forma que nos puedan ayudar a percibir las situaciones, con otros puntos de vista. Es importante cultivar las habilidades sociales (comunicación verbal y no verbal).

Podemos hacer más cosas, como participar en cursos y talleres de psicología positiva, pero no me quiero extender más. Creo que haciendo solo estas tres cosas que propongo, durante un año al menos, nos hará percibir que somos capaces de hacer un poco más, de sentir que hay situaciones que ahora nos parecen un reto, y antes nos parecian una amenaza. Nos ayudará mucho, muchísimo,  poner por escrito lo que queremos hacer, con fecha y hora, y tenerlo a la vista todos los días.

¿Nos atrevemos a dar el paso?

Elegancia.

Vengo observando que a muchas personas les preocupa bastante su imagen (lo cual me parece genial). Incluso buscan con frecuencia la elegancia. Vestir de forma “conjuntada”, llevar ropa nueva con cierta frecuencia, llevar complementos adecuados (bolso, reloj, corbata, pañuelo, joyas, etc.), maquillarse, y si puede uno permitírselo, conducir una buena moto o un buen coche, vivir en una buena casa, etc. etc.

Claro, y ¿que pasa con esto?, ¿donde está el problema?,  si a todos (o casi todos) nos gusta la elegancia. Pues mi reflexión pasa, en esta ocasión, por que  esta elegancia comentada tiene el denominador común de que es… ¡SOLO EXTERNA!. Y resulta “muy fácil” ponerse ropas elegantes y complementos (“solo hay que comprarlos”). Es algo rápido, que transforma en segundos, minutos o muy pocas horas, nuestra imagen y nos hace sentirnos bien.

Pero, ¿qué pasa con la elegancia interna? No solo me refiero al nivel cultural (que también), sino a la forma de hablar, las habilidades sociales, la entonación,  el trato, la elección de las palabras adecuadas para que el otro se sienta bien y a gusto con nosotros. Me refiero también al respeto de las diferencias, al respeto de la opinión de la otra persona, a la mirada cálida, no agresora ni agresiva. En definitiva, a la armonía mental, al manejo suave de las emociones, a dejar una huella dulce de nuestro paso por cualquier sitio (tan sencillo como un bautizo o una comunión, que ahora es la época del año).

Pues me temo que la respuesta está relacionada con el manejo del esfuerzo, lo que en psicología se llama autorregulación de la conducta o procesos volitivos (querer hacer). Es decir, queremos aquello que nos transforme de manera rápida, sin esfuerzo, casi mágicamente. No queremos dedicar  mucho tiempo y esfuerzo al cambio, a la mejora, porque eso cuesta mucho y no se ve resultado a corto plazo. ¡Vaya! Ya salió la cultura del cortoplacismo. ¡Todo para ya, para ayer, urgente, rápido, que mañana tengo una boda y no tengo nada que ponerme!.

En mi opinión, estar elegante solo por fuera no sirve absolutamente para nada, quizás solo para un breve contacto personal (y quizás ni eso), si no va acompañado de forma equilibrada por “estar elegante por dentro”. En cuanto abrimos la boca, es decir, empezamos a conversar con otra persona, empieza la cuenta atrás. Cuanto más tiempo estemos hablando, más posibilidades tenemos de transmitir lo que realmente somos por dentro. Si uno es un hábil observador, en seguida se percata de esa “elegancia interior” o carencia de ella en nuestro interlocutor. Si es esto último, se va al traste toda la elegancia externa, porque la verdadera esencia de un ser humano está dentro, y no fuera.

Lo mismo ocurre en una empresa. Cuando “convives” con una persona o varias, conoces su verdadera naturaleza interior. Sobran las corbatas, joyas, y demás aderezos. Que aunque necesarios para el engranaje social que hemos montado, se desvirtua cuando los “aderezos interiores” no son de calidad,  y son bisuteria. La bisutería precisamente, tiene más efecto en el exterior que en el interior. Pues pongamos bisutería en el exterior y joyas auténticas en el interior. Será infinitamente más rentable.

Hasta pronto!

¡Quiero que mi vida mejore!

Si le preguntamos a cualquier persona si quiere mejorar, creo que la respuesta siempre será un rotundo sí (salvo alguna excepción). Ahora bien, si la siguiente pregunta es ¿Cómo piensas hacerlo?, aquí probablemente la respuesta será “no lo sé” (salvo alguna excepción).  Sobre todo ahora con la proximidad del nuevo año, aumenta el número de personas que tiene propósitos de mejora; otra cosa es quién lo hace realmente.

Hace tiempo que creo firmemente, y así me lo está demostrando la experiencia, que todo cambio o mejora externa empieza en uno mismo. Por ejemplo, si quieres relacionarte (con regularidad, no puntualmente se entiende) con gente de más nivel cultural, primero tienes que tener tú más nivel cultural. Si quieres relacionarte con gente de más inteligencia emocional, primero tienes que tener tú más inteligencia emocional. Si quieres relacionarte con gente de más simpatía o amabilidad, primero tú tienes que tener más simpatía o amabilidad. Si quieres tener un trabajo que te aporte más valor, primero tienes tú que aportar más valor. Si quieres que las cosas mejoren, primero tienes que mejorar tú. Y así en casi todo. No sé si me explico.

Si ha quedado claro lo anterior, el siguiente paso sería explicar con un ejemplo qué es necesario hacer para mejorar uno mismo. El ejemplo que voy a poner es mi propio caso (intentando huir un poco de teorías, que son necesarias pero no suficientes). Espero que sirva.

Digamos que mi “despertar” empezó después de un largo periodo de malestar personal que comenzó en 2001 cuando decidí dejar la empresa en la que trabajaba y crear una nueva con dos socios más, con mucha ilusión pero nula experiencia empresarial. El caso es que me di de bruces con la realidad, ésta es muy terca y acaba imponiéndose, y decidí dejar la aventura tras año y medio (también la empresa decidió dejarme a mí), vamos, que éramos incompatibles. En el camino me dejé mucho desgaste emocional y mucho dinero (que además no tenía y se lo debía al Banco), pero gané un aprendizaje bárbaro (yo digo que hice un MBA carísimo).

Afortunadamente comencé a trabajar de forma inmediata en otra empresa en la que depositamos (la empresa y yo) nuestra confianza mutua –Aritmos– (a la cual estoy inmensamente agradecido). Esto, unido a que pude reunificar las deudas  (además de la hipoteca, mi mujer había comenzado también por su lado otra aventura empresarial, y también tenía créditos), me permitió atender adecuadamente, no sin esfuerzo, las deudas contraídas.

Superado minimamente el aspecto económico, me planteé seriamente que quería mejorar porque llegué a la conclusión (después de leer un montón de libros de todo tipo –en especial Management y Psicología positiva-) de que en “mi nivel” solo podría hacer cosas de “mi nivel”, algo que es duro de aceptar, que parece obvio, pero que el día a día no nos deja ver. En septiembre de 2005 decidí firmemente que quería relacionarme en mí día a día con personas de más nivel cultural y emocional que yo, y para ello hice por escrito un plan de acción. Por ejemplo, estudiar una carrera, asisitir a todos los cursos y conferencias de desarrollo personal que pudiese, e inscribirme en asociaciones relacionadas con ello.  Además quería que toda la experiencia que tenía acumulada, junto con el nuevo aprendizaje me sirviese para ayudar a otras personas a crecer y  mejorar.

En 2006 hice el curso de acceso a la universidad para mayores de 25 años (yo había estudiado formación profesional de 2º grado) y en 2007 me matriculé en el primer curso de la carrera de Psicología por la UNED. Deseaba (y deseo) especializarme en psicología de las organizaciones y psicología positiva. Asistí a seminarios y conferencias en directo y en video, escuché audiolibros en casa y en el coche, hice cursos de mejora en mi provincia y viajé fuera de ella para hacer otros. Ahora estamos terminando 2009, estoy en 3º de carrera, y por el camino han ido “apareciendo” como por arte de magia personas de más nivel cultural que el mío y más nivel emocional que el mío (es evidente que han aparecido conforme he ido subiendo un poquito mi nivel). Ni que decir tiene, que en todo este trayecto el apoyo de mi familia ha sido clave, sin él probablemente no hubiese podido mantener el esfuerzo.

Hace dos años me inscribí en una asociación sin ánimo de lucro que se llama Desata Tu Potencial, en la que participo recibiendo e  impartiendo clases de desarrollo personal en el instituto Camp de Morvedre y en la propia asociación, y hace un año que trabajo en ENCAMINA, una consultora tecnológica Valenciana llena de personas con un nivel altísimo de cultura e inteligencia emocional. Además pertenezco al equipo de Arqueros de la Palabra, gracias a Maty Tchey (una persona excepcional donde las haya) que me impulsó a preparar un curso de desarrollo personal, que llamé “La Palanca del Éxito” (este nombre tiene su explicación, lo contaré en otro post y en el curso), y versa sobre auto liderazgo (básicamente cuento con detalle y argumentos científicos, cómo mi historia personal es solo un diminuto ejemplo del potencial humano y cómo llevarlo a la práctica). En todo este proceso me han ayudado mucho las redes sociales.

Ahora sé que es real (no utopía) que sí se puede mejorar si uno lo decide firmemente con todo su ser hasta la médula, dando el primer paso hacia la acción (el más difícil), y también sé que el crecimiento es “infinito”, que dura todo el ciclo vital, que podemos mejorar siempre porque el cerebro es plástico (aunque tiene su declive, pero sigue siendo plástico toda la vida) y se puede moldear con el aprendizaje. Aun me quedan muchas cosas por hacer; tengo que licenciarme en psicología, colegiarme, hacer un posgrado en psicología positiva, estoy preparando dos cursos de inteligencia emocional (para la empresa y la educación), me gustaría escribir un libro… En fin que seguro me esperan un montón de cambios y novedades en mi vida y por lo tanto en todo lo que me rodea. Acordémonos de la cita de Marcel Proust: “Nada ha cambiado, solo yo he cambiado, por lo tanto todo ha cambiado”. Por cierto, hay personas que dicen que cuando uno es mayor no se puede cambiar, pero no es así (yo inicié el proceso de mejora a los 38 años, ahora tengo 42 y sigo en ello con ilusión y energía).

Bueno, espero que mi experiencia te pueda servir, al menos en parte. Si necesitas o quieres consultarme cualquier aspecto de mi trayectoria que te pueda ayudar en tus decisiones, no dudes en escribirme. Prometo contestar a la mayor brevedad.

Gracias por leerme. Felices fiestas y que tengas un estupendo 2010. Ójala te decidas a mejorar, haciéndolo realmente.