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Comunicación No Verbal

No sé si valoramos de la manera que se merece, por su importancia, la comunicación no verbal.  Algo me dice que no. Si fuera que sí, ¿por qué muchas personas insisten en decir sin palabras justo lo contrario de lo que dicen con palabras? Es decir, sus gestos, su prosodia o entonación, su volumen de voz, sus silencios, o su postura, no coinciden con sus palabras.

La comunicación no verbal es tan antigua como el ser humano. Las personas, cuando hablamos, además de pronunciar palabras, comunicamos sentimientos, estados de ánimo, y emociones. Los sentimientos son más genuinos que las palabras; de hecho, es mucho más difícil ocultar los sentimientos verdaderos de forma no verbal, que a través de las palabras. ¿Por qué? Pues porque las palabras son elegidas conscientemente y podemos usar palabras engañosas en nuestra comunicación, pero los sentimientos proceden de las capas más profundas de nuestro cerebro (del sistema límbico o cerebro emocional), son inconscientes y por lo tanto difíciles de ocultar de manera consciente (algo que compartimos filogenéticamente con el resto de mamíferos).

Uno de los primeros investigadores que descubrió el poder de la comunicación no verbal, fue Charles Darwin, en su obra “The Emotions in Man and Animals” (1872)Existen experimentos realizados por el psicólogo Albert Mehrabian, que indican que alrededor de un 93% de la comunicación es no verbal, siendo solo el  7% comunicación verbal, aunque  estos resultados no se pueden generalizar a todas las situaciones de comunicación (como aclara el propio autor), ya que el experimento se refería a la comunicación no verbal cuando una persona está hablando sobre sus sentimientos y actitudes. Más actual, hay un libro muy interesante titulado “La comunicación no verbal” , de Flora Davis (1971).

Según el psicólogo español José Miguel Fernández Dols, no existe el llamado “lenguaje no verbal” (codificado y por lo tanto, descifrable); lo que existe es un comportamiento no verbal que puede transmitir nuestro estado de ánimo y/o emociones. Parece claro, por tanto, que lo que podemos transmitir de forma no verbal son emociones, sentimientos o estados de ánimo, y no actitudes o creencias acerca de personas o cosas (que también, aunque son más fácilmente disimulables).

Se ha comprobado además, que las emociones se contagian. Así, los sentimientos negativos contagian sentimientos negativos, y los sentimientos positivos contagian sentimientos positivos, aunque los negativos prevalecen sobre los positivos (por una razón evolutiva relativa a la seguridad física). Los negativos nos ponen a la defensiva, nos cierran a la creatividad y nos predisponen al pensamiento analítico. Los positivos nos “abren la mente”, nos hacen más proactivos y facilitan el pensamiento divergente o creativo. Este proceso de contagio es inevitable, aunque no queramos, ya que se produce en circuitos neuronales de las capas más profundas del cerebro (en las neuronas espejo),  ajenas al control consciente.

Entonces, ahora que ya sabemos un poco más sobre cómo funciona la comunicación humana, sería muy interesante tener más precaución a la hora de hablar con los demás. Si queremos persuadir, queremos que nuestras palabras se traduzcan en acciones o comportamientos positivos, deberemos transmitir estados de ánimo positivos, para que la mente de nuestro interlocutor se abra y sea más proclive de llevar a la práctica nuestras recomendaciones (por supuesto también podemos usar el lado negativo, pero que sea de manera consciente cuando queramos defendernos de algún “plomazo”). Y si no queremos que nos contagien la negatividad, la única forma es evitar la interacción con las personas negativas, o al menos, reducirlas, ya que es un proceso inconsciente, como hemos dicho.

Aplicando a la comunicación no verbal lo que dice Giorgio Nardone en su libro “Corrígeme si me equivoco”, primero deberíamos saber qué cosas estropean  más las cosas y que por lo tanto deberíamos evitar para que no empeore las relaciones, y conseguir que nos tengan en cuenta o por lo menos, nos escuchen. En comunicación no verbal, algunas de las cosas que tendríamos que evitar serían:

–          Tono demasiado elevado

–          Tono enjuiciativo

–         Interrumpir haciendo ademán de hablar

–         Interjeccíones peyorativas

–         Desviar la mirada constantemente

–         Cara demasiado seria

Solo con que tratemos de evitar este tipo de comunicación, tenemos el 80% del éxito ganado. Si además comunicamos en positivo, como por ejemplo, sonreímos, usamos el humor, miramos a los ojos, escuchamos (esto es crítico),  hacemos gestos de agradecimiento, somos empáticos, y en definitiva, transmitimos energía positiva, nos convertiremos en personas con cierto magnetismo y poder “terapéutico”, lo cual nos facilitará las relaciones personales, laborales y familiares. Esto, a su vez, nos dará sensación de bienestar a nosotros mismos, y redundará de forma positiva en nuestra salud, a través de la interacción de las citocinas con nuestro sistema inmunológico (que todo suma, ¡oye!).

Hasta pronto!

Elegancia.

Vengo observando que a muchas personas les preocupa bastante su imagen (lo cual me parece genial). Incluso buscan con frecuencia la elegancia. Vestir de forma “conjuntada”, llevar ropa nueva con cierta frecuencia, llevar complementos adecuados (bolso, reloj, corbata, pañuelo, joyas, etc.), maquillarse, y si puede uno permitírselo, conducir una buena moto o un buen coche, vivir en una buena casa, etc. etc.

Claro, y ¿que pasa con esto?, ¿donde está el problema?,  si a todos (o casi todos) nos gusta la elegancia. Pues mi reflexión pasa, en esta ocasión, por que  esta elegancia comentada tiene el denominador común de que es… ¡SOLO EXTERNA!. Y resulta “muy fácil” ponerse ropas elegantes y complementos (“solo hay que comprarlos”). Es algo rápido, que transforma en segundos, minutos o muy pocas horas, nuestra imagen y nos hace sentirnos bien.

Pero, ¿qué pasa con la elegancia interna? No solo me refiero al nivel cultural (que también), sino a la forma de hablar, las habilidades sociales, la entonación,  el trato, la elección de las palabras adecuadas para que el otro se sienta bien y a gusto con nosotros. Me refiero también al respeto de las diferencias, al respeto de la opinión de la otra persona, a la mirada cálida, no agresora ni agresiva. En definitiva, a la armonía mental, al manejo suave de las emociones, a dejar una huella dulce de nuestro paso por cualquier sitio (tan sencillo como un bautizo o una comunión, que ahora es la época del año).

Pues me temo que la respuesta está relacionada con el manejo del esfuerzo, lo que en psicología se llama autorregulación de la conducta o procesos volitivos (querer hacer). Es decir, queremos aquello que nos transforme de manera rápida, sin esfuerzo, casi mágicamente. No queremos dedicar  mucho tiempo y esfuerzo al cambio, a la mejora, porque eso cuesta mucho y no se ve resultado a corto plazo. ¡Vaya! Ya salió la cultura del cortoplacismo. ¡Todo para ya, para ayer, urgente, rápido, que mañana tengo una boda y no tengo nada que ponerme!.

En mi opinión, estar elegante solo por fuera no sirve absolutamente para nada, quizás solo para un breve contacto personal (y quizás ni eso), si no va acompañado de forma equilibrada por “estar elegante por dentro”. En cuanto abrimos la boca, es decir, empezamos a conversar con otra persona, empieza la cuenta atrás. Cuanto más tiempo estemos hablando, más posibilidades tenemos de transmitir lo que realmente somos por dentro. Si uno es un hábil observador, en seguida se percata de esa “elegancia interior” o carencia de ella en nuestro interlocutor. Si es esto último, se va al traste toda la elegancia externa, porque la verdadera esencia de un ser humano está dentro, y no fuera.

Lo mismo ocurre en una empresa. Cuando “convives” con una persona o varias, conoces su verdadera naturaleza interior. Sobran las corbatas, joyas, y demás aderezos. Que aunque necesarios para el engranaje social que hemos montado, se desvirtua cuando los “aderezos interiores” no son de calidad,  y son bisuteria. La bisutería precisamente, tiene más efecto en el exterior que en el interior. Pues pongamos bisutería en el exterior y joyas auténticas en el interior. Será infinitamente más rentable.

Hasta pronto!