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3 PASOS PARA GESTIONAR TU ENFADO CON INTELIGENCIA

23 noviembre 2016 1 comentario

iraPara gestionar inteligentemente cualquier emoción, el enfado en este caso, el primer paso es asumir que soy yo el que me enfado.

Es decir, no me enfadan otras personas, ni las cosas, ni las situaciones. Me enfado yo al realizar una evaluación automática de lo que sucede.

El enfado, en concreto, se produce cuando no conseguimos alcanzar un objetivo deseado o no se produce una expectativa que teníamos.

En ese caso nos frustramos y, acto seguido, nos enfadamos y dirigimos nuestra rabia hacia lo que, o a quien, consideramos que ha sido el causante.

Pero el problema no es la emoción en sí, cuya intención es positiva porque envía información sobre tus necesidades y cómo vives las situaciones.

Se convierte en problema cuando la activación emocional es demasiado alta, de tal forma que puede resultar inmanejable.

A mayor intensidad emocional menor capacidad de razonamiento y más posibilidades de reaccionar impulsivamente.

También es un problema la duración. A mayor duración menos posibilidades de responder inteligentemente, ya que se suele producir una reiteración de pensamientos improductivos focalizados en lo acontecido.

La intensidad emocional se puede gestionar de dos formas pacíficas. A corto plazo, ralentizando de forma consciente nuestra respiración, realizando el ciclo inspirar-espirar de forma más pausada, profunda y armoniosa.

Lo podemos hacer sentados, de pie o dando un paseo, dependiendo de lo que mejor te funcione.

A medio y largo plazo, practicando mindfulness o atención plena, a diario. Ello nos hará más conscientes de por qué y para qué se produce nuestro enfado, proporcionándonos mayor espacio y claridad para responder en lugar de reaccionar.

Lo que ocurre habitualmente es que…

[Tweet “desde que salió el orfidal muy poca gente usa la respiración normal”]

Porque es más fácil “tirar de píldora” que desarrollar la habilidad de gestionar emociones.

Pero esto no soluciona el problema de base sino que “anestesia la emoción” y, además, tiene efectos secundarios poco beneficiosos para la salud.

Respecto a la duración de la emoción, podemos gestionarla dirigiendo nuestra atención al objetivo real que queremos conseguir, buscando una solución.

Lo que ocurre es que nos solemos focalizar en lo que percibimos como obstáculo.

Si es un objeto lo podemos golpear o incluso lanzar.

Si es una persona solemos gritar, insultar, recriminar, despreciar, desacreditar y, en general, herir de una u otra forma.

Estamos reaccionando a nuestro enfado, no gestionándolo. Y mucho menos respondiendo inteligentemente.

Con la posibilidad añadida de entrar en un bucle de ataques recíprocos que pueden tener consecuencias desfavorables para ambos.

De esta forma, el siguiente paso es preguntarme por el “para qué” de mi comunicación. ¿Qué es lo que quiero conseguir?

Si lo que quiero conseguir es mi objetivo, necesidad o expectativa, será muy poco inteligente dedicar tiempo y energía en atacar la cosa o persona.

Será muchísimo más productivo focalizarme en lo que quiero y plantearme soluciones alternativas, incluso tratando que la otra persona me ayude una vez le explique, sosegadamente, lo que necesito.

Y si ya quiero rizar el rizo y aprovechar mi enfado para conocerme un poco mejor, puedo indagar en qué filtro mental puede estar activando mi enfado.

Ello me dará pistas sobre posibles creencias irracionales, mapas mentales poco útiles o errores cognitivos que quizá necesiten un ajuste más realista y saludable.

Trabajar eficazmente en estos ajustes cognitivos me producirá bienestar personal y una mejor relación con mi entorno próximo. Es lo que llamamos, en líneas generales, inteligencia emocional.

Resumiendo, los 3 pasos que propongo para gestionar mi enfado de manera inteligente, son:

  1. Aceptar que no me enfadan los demás, que me enfado yo.
  2. Regular mi intensidad emocional, si es muy alta, antes de responder.
  3. Preguntarme qué quiero conseguir con mi respuesta y buscar soluciones prácticas, no hirientes.

Imagínate qué potente y útil puede resultar esta habilidad aplicada al mundo laboral.

¿Cuántas frustraciones se producen en el día a día de un emprendedor, directivo o profesional?

Si desarrollas esta habilidad conseguirás mejorar tus resultados y tu bienestar, pudiendo desconectar por la noche y dormir plácidamente hasta el día siguiente. Ello te permitirá volver a estar al 100% en la nueva jornada.

Por ejemplo, en un taller que impartimos sobre “cómo optimizar tu reclamación de cobros con resultados saludables”, esta habilidad es un tema de capital importancia que trabajamos.

También es algo que explico con detalle y ejemplos en el libro “La Palanca del Éxito, S.L.: activa tu inteligencia emocional y relánzate”. Abajo te dejo un vídeo explicativo.

¿Y tú, respondes o reaccionas a tus enfados?

Fuente imagen: google

“Soft Skills”, base del éxito en la empresa.

Hoy en día, al menos en España, las Soft Skills o “habilidades blandas” en el mundo laboral, como por ejemplo, la inteligencia emocional, el optimismo inteligente, la afabilidad, el buen humor, la empatía o la asertividad, son consideradas auténticas tonterías o “modas pasajeras” para la gestión seria y de éxito en la empresa. Es más, los directivos o gerentes que muestran estos comportamientos suelen tener los días contados en la empresa porque la alta dirección considera que hay que liderar y dirigir con frialdad, mano dura, “tensando las cuerdas” para que los empleados no se relajen y terminen “tocándose las narices” la mayor parte de la jornada. Por esta razón, se considera aún hoy en día, que hay que vigilar al empleado bien de cerca, poniendo la mesa del jefe en un punto estratégico donde pueda estar “ojo avizor” de cualquier relax por parte del trabajador más allá de los minutos destinados al paréntesis matutino. De esta manera, solo observando la disposición de las mesas o espacios de trabajo, es sencillo intuir la cultura o el estilo de liderazgo de la empresa.

El lector atento y experimentado, habrá observado que esta conducta es digna de la era industrial y de aquellas empresas donde actualmente la producción depende de los movimientos físico-mecánicos del empleado; desde accionar automatismos, manejar máquinas, manipular productos que van por una cinta de transporte hasta cualquier otra acción sin la cual la producción se para o ralentiza. Siendo “solamente” necesario el hábito de la acción física, sin necesidad de tener una alta cualificación (y sin quitar, por supuesto, ningún merito a este tipo de trabajo).

Sin embargo, cuando el motor de la productividad es el intelecto, la mente de los empleados, como ocurre en cualquier empresa de servicios, en especial donde la alta cualificación es necesaria, entonces se invierten los resultados. Es decir, la gestión de las personas con mano dura, con frialdad, “tensando las cuerdas”, va minando poco a poco la productividad de la empresa, produciendo así el efecto contrario al que buscábamos. Y precisamente por esto, porque la erosión del rendimiento se produce muy lentamente, nadie o casi nadie se da cuenta hasta que es demasiado tarde. Es lo que se puede llamar “El síndrome de la rana hervida”, que explica muy bien Javier Megías (refiriéndose a otras estrategias empresariales destinadas también al éxito en los resultados).

La nueva realidad

Si además, a este modelo de empresa donde prima la intelectualidad y el talento de su gente, unimos la nueva realidad económica, social y laboral en la que nos encontramos, la principal vía de salida es la creatividad, la innovación, la mejora de la calidad del trabajo realizado, la motivación para seguir esforzándonos y no dejarse llevar por las noticias negativas que nos bombardean a diario. Y lo siento mucho por los escépticos, pero este tipo de esfuerzo intelectual o mental, solo se consigue desde un clima positivo en la empresa, un ambiente agradable, quizá tenso por los problemas y preocupaciones que cada uno lleva con sigo mismo en su interior, pero atenuado por la calidad del ambiente en la empresa, en el departamento, en cada sala a la que se accede, en cada conversación que se mantiene. Claro, esto no es tan difícil de llevar a la práctica, podría decir alguien con cierto sentido común.

Lo que ocurre, aparte de que el sentido común suele ser el menos común de los sentidos, es que actuar con esa “claridad emocional” cuando las cosas van mal, cuando las ventas han bajado considerablemente, cuando los cobros se demoran más de lo saludable financieramente, cuando los proyectos ven reducida su rentabilidad, ya no es tan fácil. Se pierden los nervios, las formas, vienen los “apretones de tuerca” en el momento o en el lugar equivocado, etc. Es cuando precisamente las Soft Skills son requeridas y necesarias para insuflar energía positiva al equipo, a aquellas personas con predisposición al desánimo, a aquellos empleados que bajan su productividad cuando siempre han sido fuente de resultados.

Es este el momento de que los directivos y gerentes hagan gala de una potente gestión emocional propia y de los demás; es momento de aflorar el optimismo inteligente capaz de no perder de vista los problemas y las amenazas, pero que diseña y pone en marcha un plan de acción para tratar de superar los obstáculos. Es momento de unir más si cabe al equipo, a las personas. No es el momento de divisiones y distanciamientos; no es el momento de críticas y recriminaciones personales; no es el momento de antipatías, silencios atronadores o miradas acusatorias. La comunicación no verbal es clave en estos momentos. Los directivos y responsables de equipos o departamentos tienen en sus manos la llave para re-activar la empresa o dejarla a la deriva.

En tiempos de crisis, toda la empresa necesita de las buenas prácticas de las Soft Skills, pero es el área comercial en especial, el que necesita aplicar y recibir este tipo de gestión emocional, ya que las ventas son, como todos sabemos, la sangre que riega las arterias de la organización. Por favor, no dejes marchitarse al equipo comercial mediante una gestión tradicional, autoritaria, fría, distante, a base de “atornillamientos desmedidos”  para vender. ¿Por qué? Porque no funcionará: los buenos se irán y los mediocres se quedarán.

La buena noticia es que la moderna Psicología ha descubierto que estas habilidades blandas o Soft Skills se pueden aprender y desarrollar, con lo cuál, aquellas empresas y emprendedores que no las practican está a tiempo de adquirirlas. Si quieres saber más sobre la eficacia de las habilidades blandas, te recomiendo el libro de Daniel Goleman, “La práctica de la inteligencia emocional”.

Ah! y si puedes estar pensando que esto no sirve de nada y además es caro de implantar, aquí tienes un ejemplo de que las habilidades blandas no son ninguna tontería, sino que pueden llegar a ser la mejor inversión que puedes hacer; como el caso de la empresa “R”, dónde la felicidad en el trabajo es un objetivo estratégico, tal como explica su Director de Personas, Santiago Vazquez.

¿Vas a adquirir y poner en práctica tus Soft Skills para no terminar con el síndrome de la rana hervida?

Hasta pronto!!