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Posts Tagged ‘felicidad’

Nos sobra formación externa y nos falta la parte más esencial.

29676806516_909c30b8cc_kHace poco leía este artículo sobre Toni Nadal, entrenador de Rafa Nadal, sobre alcanzar el éxito.

En él decía, entre otras cosas, que estamos en un mundo de conocimientos en el que nos falta la parte más esencial a su modo de ver, y es la inteligencia emocional.

Él llamaba a esta habilidad saber administrarse bien en los momentos complicados. Algo por lo que, tarde o temprano, todos pasamos.

Y claro, no puedo estar más de acuerdo 😉

Si este asunto nos lo llevamos al mundo de las organizaciones (de cualquier tipo, incluyendo los emprendedores), sigue siendo igual de esencial.

Porque vamos a encontrar “momentos complicados” aunque no los busquemos. Vienen solos, sin llamarlos.

Sin embargo, tal como decía Pilar Gómez-Acebo, tenemos un exceso de formación en conocimientos y una carencia tremenda de formación sobre “nosotros mismos”.

No dedicamos tiempo a conocernos, a saber de nuestra forma de entendernos, entender a los demás y al mundo.

Creemos que nuestra forma de entender es la mejor forma de entender, y no es así.

Yo hace tiempo que descubrí, y sigo dedicando horas a ello, que mi forma de ver es tan solo una forma de ver. Igual de respetable que las formas de entender de los demás.

Ahora bien, si yo me abro a otras formas de ver y entenderme, a los demás y al mundo, estoy abriendo una puerta a la mejora personal.

Y una mejora personal se traduce en saber gestionarme física, mental y emocionalmente mucho mejor en los momentos difíciles. Entonces la mejora profesional será una consecuencia de lo anterior.

No digo que no haya que formarse en conocimientos sino que no debe ser la única formación que hagamos.

Es imprescindible dedicar horas a la formación interna, a conocer cómo somos y cómo manejar nuestros estados emocionales para que su impacto en la realidad sea lo más positivo posible.

Y si tengo responsabilidad sobre otras personas sería una irresponsabilidad por mi parte no aprender a liderar-me antes de hacerlo con los demás.

En este otro artículo de mi colega, Jennifer Delgado, podemos ver que tener una amidgala cerebral habituada a un estado de alerta excesivo nos puede conducir a un accidente cardiovascular con el tiempo.

Y tener una amigdala hiperreactiva puede ser tan simple como haber sido educado/a en la exigencia desmedida, en el “cuidao, cuidao, cuidao”, en el mensaje subliminal “nunca eres lo suficientemente valioso/a”, y/o haber sido inoculado/a inconscientemente con pensamientos catastrofistas frecuentes.

No solo hablamos de impacto en la salud personal, que ya es crucial porque somos nuestro principal activo en cualquier organización, ya que si nos “rompemos” se acabó el proyecto o negocio para nosotros.

Hablamos de un impacto en los resultados profesionales porque terminamos transmitiendo nuestros temores, nuestras ansiedades, nuestras inseguridades y nuestro malestar general a colaboradores, clientes, proveedores y accionistas (potenciales).

La buena noticia es que se puede “reeducar la amigdala cerebral”.

Si desarrollamos nuestra inteligencia emocional (pensar las emociones y sentir los pensamientos) para conocernos y auto-regular comportamientos más inteligentes que obren a nuestro favor y el de los demás (más éticos), estaremos reeducando nuestra amígdala cerebral.

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De esta forma nos avisará solo en situaciones de auténtico peligro (color rojo en la imagen) en base a nuestros mapas mentales reajustados desde la inteligencia emocional.

Para conseguir esto usamos herramientas como mindfulness, reestructuración cognitiva, metáforas, auto-registros, desarrollo de fortalezas (como la gratitud), o indagación apreciativa, entre otras.

Es absolutamente crucial que un directivo, si está en sus cabales, desarrolle habilidades socio-emocionales porque sus estados de humor van a tener un impacto tremendo en su equipo, para bien o para mal, a través de su comunicación verbal y no verbal.

Si yo llego al trabajo con mal humor ya de casa y no me pregunto si ese estado emocional beneficia o perjudica a mis colaboradores, no voy a hacer nada con él y lo contagiaré irremediablemente.

Si al día siguiente llego contento, al otro llego con ansiedad, al siguiente con alegría, al siguiente triste, al otro con euforia, al siguiente con melancolía y así sucesivamente…

Estaré transmitiendo una inestabilidad muy perjudicial al equipo que, con el tiempo, instalará estados de ánimo de desconfianza, pesimismo, o sentimientos de poco compromiso.

Y nadie se librará del contagio. Hasta la persona más resistente terminará sucumbiendo y se marchará (o la echaremos).

¿Eso es lo que necesitamos para nuestro proyecto o empresa? Creo que justo lo contrario.

Sería muy perjudicial para mi propia motivación y la de mi equipo que yo no fuese consciente de mis estados de humor y su contagio. Sería como transmitir algo así como “el ritmo de trabajo aquí lo marca mi estado emocional”.

Que estoy contento/a, todos contentos. Que estoy de mal humor, silencio sepulcral. Que me río, permiso para reír y relajarse un poco. Que sufro estrés, todos a apretar los dientes.

Podría ser muy agotador, además de una fuente de incertidumbre y desmotivación para mi equipo, que yo me comportase así, aunque sea de forma inconsciente.

Y aunque ya nos conozcan no sabemos si nuestro comportamiento emocional “desordenado” no tienen ningún efecto o cae como un rayo.

No sabemos cómo va a ser influida su productividad ese día, porque puede que alguien venga también con emociones desagradables y el impacto de la nuestra sea la gota que colme el vaso, nos guste o no.

Forma parte de mi responsabilidad como líder, directivo/a o supervisor/a, cuidar los comportamientos derivados de mi estado de ánimo o humor.

Dejar que esto ocurra al azar es como dejar que una esquizofrenia, bipolaridad o trastorno obsesivo compulsivo se instale en la organización, algo con muy baja rentabilidad y alta peligrosidad para el logro de objetivos y la viabilidad.

Esto es algo muy bien descrito en el libro “Patologías en las Organizaciones”, de Javier F. Aguado.

Pero claro, como en casi todo en la vida, para poder gestionar mis estados emocionales tengo que ser consciente y querer hacerlo.

Si pienso “yo soy así”, y por tanto no depende de mí (o que no tiene tanta importancia), seguiré haciendo lo mismo, y con ello poniendo en riesgo mi productividad y la de mi equipo.

Mi trabajo como psicólogo de empresa es facilitar la mejora de las personas que sospechan “que no son así”, sino que han aprendido a comportarse así a lo largo de su vida (y en algún momento le ha resultado muy útil, pero quizá ahora no tanto).

Ayudar a directivos que sospechan que tienen una buena parte de responsabilidad en lo que ocurre y están dispuestos, por tanto, a aprender nuevas formas de gestionar personas.

Ayudar a aquellos responsables de personas que son conscientes del impacto que tienen los diferentes estados emocionales en la motivación, la confianza, el compromiso y el comportamiento de las personas.

Ya que todo ello va conformando un clima o ambiente de trabajo, positivo o negativo, que impactará irremediablemente en la productividad y resultados.

No gestionarlo de forma consciente sería como dejar “un pirómano con licencia para quemar”, a su libre albedrío, en nuestra empresa.

¿Y tú, sigues formándote solo en conocimiento externo?

Imagen-1: Viktor Hanacek, en imagenesgratis.eu; Imagen-2: Dr. Iván Lerma (ivanlerma.com)
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¡VOY A RELAJARME A TODA VELOCIDAD QUE TENGO PRISA!

sin-tiempoMe gustaría reflexionar y poner consciencia sobre algunas paradojas del ser humano occidental “desarrollado” y ya en siglo XXI.

Como decía Aristóteles en Ética a Nicómaco, en el término medio está la virtud. Y aquí reside, para mí, el punto de referencia de muchos de nuestros problemas actuales.

Porque es fenomenal querer incorporar a nuestras vidas todo lo que tildamos de desarrollo, bueno o positivo y en sentido físico, mental, emocional y espiritual.

El problema se produce cuando la mejora se convierte en una obligación sin sentido o, peor, en una obsesión.

Porque en ese momento estaríamos ante un arma de doble filo:

La búsqueda de bienestar podría transformarse en fuente de malestar.

Es en ese momento cuando podemos llegar a estas situaciones paradójicas:

  • ¡Voy a relajarme a toda velocidad que tengo prisa!
  • Quejarme de no tener tiempo para hacer deporte pero subo a un primer piso en ascensor
  • Ir a clase de yoga para relajarme y luego salir corriendo a clase de inglés o cualquier otra cita
  • Hacer un taller de Inteligencia Emocional y angustiarme intentando comprender qué siento a todas horas
  • Llevar una alimentación saludable de lunes a viernes y el fin de semana hacer excesos (g)astronómicos
  • Automedicarme con ansiolíticos para poder descansar. Sé que crea adicción pero no pasa nada porque “yo controlo”
  • Y vuelta a empezar…, ¡uf, qué desgaste emocional!

Bueno, lo he exagerado un poco porque esto no es tan habitual.

¿O sí? Bueno no para ti o para mí, pero sí para los que no leen este post 😉

Creo que nuestro problema raíz lo definió muy bien el Dalai Lama cuando dijo (al menos se le atribuye a él):

“Lo que más me sorprende del hombre occidental es que pierde la salud para ganar dinero, después pierde el dinero para recuperar la salud; y por pensar ansiosamente en el futuro no disfruta el presente, por lo que no vive ni el presente ni el futuro; y vive como si no tuviese que morir nunca… y muere como si nunca hubiera vivido”.

A estas alturas, casi todos sabemos que la causa principal de nuestro sufrimiento es la obsesión por conseguir cosas que, en realidad, no necesitamos.

Algo que descubrimos al poco de conseguir algo, porque ya queremos otro algo. Y así nos metemos en un bucle infinito, a pesar de saberlo.

Lo que pasa es que lo sabemos pero no lo sentimos (pensamiento y sentimiento no están alineados), y por ello no lo “encarnamos” en la práctica.

Como suelo decir en mis conferencias “de cejas para arriba -lo que sabemos- parecemos del siglo XXIII, pero de cejas para abajo -lo que hacemos- parecemos del Paleolítico”.

Porque a menudo nos auto-engañamos diciéndonos: “cuando consiga tal cosa, eso sí que me traerá auténtico bienestar”, cuando la causa del malestar es precisamente obsesionarnos con lo que no tenemos.

Y no digo que no haya que desear cosas y mejorar, sino que eso debe ser solo una parte de nuestra vida.

FelicidadPodemos y debemos disfrutar de bienes materiales e inmateriales, pero con serenidad, no con esa obsesión que se termina convirtiendo en un maratón crónico tratando de alcanzar “la felicidad” no se sabe muy bien dónde.

¿Cómo se llega a este equilibrio? Sin duda entrenando nuestra inteligencia emocional.

Esta habilidad nos permitirá conocernos los suficiente como para mantener una consciencia serena ante la adversidad y ante la prosperidad (porque todo pasa).

Y aquí viene mi última paradoja. La obsesión por una felicidad permanente como si fuera un objeto de consumo más.

Tratando de ser felices a toda costa conseguimos justo el efecto contrario porque ponemos la felicidad como una necesidad más junto al resto de carencias.

Es decir, se convierte en un “tengo que” adicional, en una obligación.

A veces esto ocurre porque en nuestro trabajo nos sentimos infelices o vacíos, teniendo que aparentar y demostrar implicación y compromiso.

Este alto desgaste emocional nos empuja a buscar bienestar en otros lugares y actividades.

Pero esto va en contra de nuestra inseparable naturaleza lógico-emocional ya que al tratar de usar solo la parte “racional” en el trabajo, y la parte emocional fuera de él, estamos forzando una división insana que genera grandes pérdidas para todos (personas, empresas y sociedad).

Y pongo racional entre comillas porque en muchos casos no es tan racional, sino un listado de creencias y guiones de vida asumidos por introyección.

Por eso en el próximo taller de felicidad vamos a trabajar el bienestar emocional como una serie de actividades conscientes en nuestra vida según estén alineadas o no con nuestra personalidad, libres de imposiciones y mucho menos de obsesiones.

Así que, lo que no sabe el grupo de personas que va a asistir a mi taller es que va a tener que trabajar mucho para ser felices.

Trabajar ampliando la consciencia.

Trabajar rompiendo creencias sobre la felicidad.

Trabajar des-cubriendo la felicidad que ya poseen.

En definitiva, trabajar para llegar a la conclusión de que en realidad no les hace falta ninguna adquisición externa para poder ser felices.

¿Y tú, también estás en la carrera estresante de un bienestar mercantilista?

¿Te apuntas al bienestar saludable?

Fuente imágenes: google

*También puedes leer “Autoliderazgo para un éxito saludable”

**Aquí tienes una lista de mis artículos publicados en LinkedIn

Resumen charla-taller “La crisis desde la Psicología Positiva”

En la charla-taller del pasado jueves 20 de octubre, tenía principalmente tres objetivos:

1) Pasármelo bien, básicamente porque si yo no me lo pasaba bien, no conseguiría que los demás lo hiciesen 🙂

2) Que los asistentes disfrutaran

3) Que todos aprendiésemos algo para llevárnos a casa

Yo me lo pasé genial y aprendí mucho. Y muchos de los asistentes creo que también. Aquí teneis las diapostivas que usé para este evento.

El mensaje que quise transmitir era en primer lugar, que la psicología positiva es psicología científica, que retoma el estudio de algo que ya era su objetivo a principios del siglo XX: mejorar la vida de las personas “normales” potenciando aquellos aspectos de su conducta, pensamientos, y emociones, que interactuando con el entorno, le sirven para adaptarse y desarrollarse como persona, contribuyendo a su bienestar físico, mental, y social (y puede inspirar a la gente que le rodea). Esta perspectiva de la psicología es impulsada por Martin Seligman en sus inicios.

Dije también que la psicología positiva no tiene soluciones mágicas para las crisis, y que de hecho esta crisis la ve como lo que es, una crisis galopante que está deteriorando la vida de muchas personas que no estaban preparadas (intelectual y/o emocionalmente) para esta situación, pero que la psicología positiva nos brindaba una serie de herramientas que usadas correctamente, con paciencia y perseverancia, nos sirven para mejorar nuestra situación poco a poco (y siempre en la dirección que elijamos).

Hablamos en esta ocasión, de optimismo inteligente y emociones positivas. Con respecto al optimismo, dije que tanto el optimismo como el pesimismo es una “distorsión” cognitiva de la realidad, puesto que ningún ser humano puede ver la realidad tal como es, sino a través de la construcción analógica que realizan nuestros cerebros, y filtrando además por creencias, valores, expectativas, experiencias, cultura, ilusiones, etc. Para mí no existe la persona “realista” sino el “constatador de hechos” puesto que una vez ponemos valoración subjetiva a esos hechos estamos distorsionando la realidad con nuestra perspectiva, que por supuesto desde ella, tendremos razón, nuestra razón.

La psicología positiva ha descubierto que la “distorsión” optimista inteligente (la que es consciente de los problemas y los obstáculos que vivimos, y aun así espera lo mejor) es la más eficaz de cara a una vida más satisfactoria para la persona, puesto que el optimismo inteligente nos dispone a ACTUAR (con mayúsculas) para prevenir y superar los obstáculos antes y después de que aparezcan, activándonos para perseverar hacia nuestro objetivo o meta. Para ello, hablamos de que debemos tener metas alineadas con nuestro estilo personal, con nuestro talento natural, el cuál hay que descubrirlo trabajando intensamente sobre nosotros mismos (reflexión y autoconocimiento) si es que lo desconocemos (que suele ser lo habitual).

Hablamos de felicidad un poco por encima, diciendo que la felicidad es un concepto amplio, global, que supone una valoración positiva de nuestra vida, en general, y a pesar de los problemas y vicisitudes que vivimos todos en mayor o menor medida. Para contribuir a este bienestar subjetivo que supone la felicidad, una de las cosas que podemos hacer es fomentar las emociones positivas (aunque no hay emociones buenas o malas, ya que todas tienen una función adaptativa). Hablamos en primer lugar de eliminar estados de ánimo negativos crónicos (ira, ansiedad, tristeza, pesimismo, etc.), así como los estímulos negativos que provocan o facilitan esos estados de ánimo negativos (evitar a las personas tóxicas o no darles conversación, no ver el telediario -solo dan las peores noticias del día-, evitar el lenguaje negativo, etc.).

Seguimos hablando de cómo facilitar las emociones positivas, cuidando el cuerpo y la mente -todo es uno-. Debemos hacer ejercicio físico aeróbico, al menos media hora, casi a diario. Nuestra alimentación debe ser equilibrada, evitando aquellos alimentos desnaturalizados industrialmente. Descansar, escuchar música, sonreir mucho, usar un lenguaje positivo, etc.

Finalmente hablamos que para conseguir algo debemos poner en marcha el método MTC (¡Mueve Tu Culo!), es decir, actuar, llevar a la práctica (no olvidemos que acumular conocimiento y no ponerlo en práctica sirve de bien poco). Para ello yo recomendaba empezar teniendo un PEP (Plan Estratégico Personal). El PEP es como un mapa de ruta, en el que marcamos un camino. ¿Cuál? El nuestro, el que está alineado, relacionado, y encaja con nuestro talento natural, con aquello que se nos da bien hacer sin esforzarnos demasiado. Esto no es fácil de descubrir en la mayoría de las veces, pero merece la pena el esfuerzo (a mí me costó una año, por ejemplo). Debemos ponernos plazos de consecución, pero sin agobiarnos, sin presionarnos excesivamente para no generarnos ansiedad, y con licencia para hacer cambios o algunas modificaciones por el camino. Algunos de esos objetivos deben ser desarrollar ese talento natural, porque una cosa es tenerlo y otra exprimirlo y sacarle jugo para nuestro beneficio y el de los demás, claro está.

Para finalizar, leimos todos en pie, al mismo tiempo, y con mucha energía,  la famosa frase de Albert Eisntein (con una pequeña adaptación que hice): “La verdadera locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”.

Antes de despedir este Post, quiero agradecer la asistencia a todos los que vinísteis (entre 25 y 30 personas), y a los que no pudistéis asistir deciros que no os preocupéis, haremos más y mejores eventos. La foto que aparece en la cabecera de este post es cortesía de Paco Bolós, y fue tomada unos minutos antes de comenzar. Como dice la gran Maty Tchey (se te echó de menos, amiga) convertí el miedo escénico en vértigo alucinante.

Hasta pronto!

¿El dinero no da la felicidad?

16 noviembre 2010 1 comentario

Me gustaría desgranar un poco  en este post la frase tan repetida que dice: “El dinero no da la felicidad”, y por supuesto utilizar alguna perspectiva desde la psicología positiva (SeligmanCsikszentmihalyi, 2000).

En primer lugar,  me parece una frase tan manida como ambigua, ya que se está hablando de dinero, pero no de una cantidad concreta. Si estamos hablando de 100 ó 200 euros, pues la mayoría dirá que efectivamente, el dinero no da la felicidad (a no ser que haya carencias básicas de alimentación y cobijo). Si no se sufre tanta penuria, pero se tiene deudas (p.e., una hipoteca), cien euros no nos iban a dar gran alegría, pero cien mil, o  trescientos mil sí (si con ello cancelamos nuestra hipoteca, y además sobra algo).

En cuanto a la referencia a la felicidad, habría que definir qué es la felicidad, si es que se puede definir de manera objetiva. Porque seguramente para cada persona, la felicidad supone una cosa diferente. Para mí, ser feliz puede suponer no tener deudas, y para otra persona ser feliz puede suponer tener 4 hijos, o ser Director General de una gran empresa. Con lo cual, la felicidad sería algo subjetivo, y por lo tanto dependería de cada persona.

Si echamos un vistazo a lo que dicen los expertos sobre la felicidad, y en especial desde el enfoque de la psicología positiva, observamos que la felicidad tiene en su origen dos componentes o dimensiones. Un enfoque hedonista (Kahneman y cols., 1999) retomado de la filosofía de Aristipo y Epicuro, que equipara la felicidad al placer de los sentidos y al éxito social (básicamente, dinero y poder). El segundo enfoque o paradigma sería el eudaimónico, retomado del pensamiento aristotélico, que considera que no todo el éxito social trae placer o bienestar, sino que la auténtica felicidad únicamente se alcanza con la autorrealización personal (Maslow, 1943). Finalmente, los datos derivados de varias investigaciones (Compton y cols., 1996) sugieren que ambos paradigmas (hedónico y eudaimónico), se solapan. De esta forma, la felicidad quedaría definida en la interacción de lo placentero y la realización personal.

Si tomamos esta última definición de felicidad como buena (yo estoy bastante de acuerdo), entonces podríamos decir que cantidades importantes de dinero pueden traer “un trozo” de felicidad, la relacionada con lo placentero, al poder realizar adquisiciones que de otra manera no alcanzaríamos. Pero claro, esto se queda cojo, porque otro buen trozo, el relacionado con la autorrealización personal no depende de dinero, sino de nosotros directamente (de detectar nuestros talentos genuinos, definir metas alineadas con nuestros sueños personales, “remangarse” y ponerse a ello). Por lo tanto, tener mucho dinero no es garantía de felicidad (aunque tener poco dinero, tampoco).

Si lo miramos al revés, y vemos una persona autorrealizada (se dedica a aquello que realmente le apasiona),  muy probablemente también habrá conseguido mucho dinero (en especial, si sigue desarrollando sus talentos y desplegando productos y servicios alrededor de ellos). Finalmente, parece ser, que para completar la felicidad hace falta algo más que autorrealización y dinero  (Argyle, 1987), y son las relaciones interpersonales y sociales con amigos, familia, y compañeros. Yo añadiría además para “cerrar el círculo”, que ayuda también tener alguien a quién querer y alguien que te quiera.

¿El dinero no da la felicidad? Si tenemos grandes problemas económicos y ya tenemos buenas relaciones interpersonales y autorrealización, sí. En caso contrario, sumar dinero a tu bolsillo provoca alegría, que como toda emoción, puede ser intensa pero corta en el tiempo, volviendo a tu estado mental inicial.

Hasta pronto!