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El “Ayudador de compras”.

¿Qué es vender, realmente? Lo primero que deberíamos hacer es buscar en el diccionario de la RAE. Éste dice en su segunda acepcion, que vender es “Exponer u ofrecer al público los géneros o mercancías para quien las quiera comprar”. Bueno, pues parece que muchos comerciales, no saben esto , y andan por ahí  “estresando” a la gente para que compren sus productos o servicios, es decir, no solo exponen y ofrecen, sino que presionan. Es bien sabido por la psicología (científica y popular) que si se nos intenta obligar a hacer algo que no es de nuestro interés, automáticamente nos ponemos a la defensiva. Si la presión proviene de una persona con autoridad para nosotros, probablemente hagamos lo que nos dice, pero si viene de un desconocido, nuestro enfado va a ir in crescendo de forma proporcional a la insistencia del vendedor. Por ejemplo, me viene a la mente las llamadas de comerciales de operadores de telefonía móvil.

Yo, que por el momento me dedico al mundo comercial desde hace diez años, en una presentación de producto y servicio tecnológico que hicimos en la empresa donde trabajaba, me dirijí a la audiencia diciendo que en mi tarjeta de presentación ponía “Delegado Comercial” (en aquel entonces) o “Gerente de Cuentas” (como sería ahora), pero que yo me definía como “Ayudador de Compras”, ya que una vez expuesto y ofrecido mi producto/servicio, mi misión era ayudar a la persona interesada a comprar el producto/servicio (y por supuesto que sea a mí).

Y ¿por qué digo esto? Pues porque pienso firmemente que para poder vender tiene que haber una armonía en la relación cliente/proveedor, en la que ambos nos sintamos cómodos (si yo no estoy cómodo difícilmente voy a poder ayudar al cliente). ¿Y cómo se crea esa armonía? Pues esa es la tarea del comercial, o en mi caso, del “Ayudador de Compras”. Es cuestión de tiempo, cariño, paciencia y perserverancia, hasta conseguir la confianza del cliente y su comodidad con nosotros y nuestra empresa. Por supuesto hay excepciones (no podemos caer bien a todo el mundo, ni siquiera Dios lo hace), y si nos encontramos con una, pues decimos “next” y no pasa nada.

Lo mejor de todo esto es que esta armonía tiene que ser, al menos, subjetiva (sentida y percibida por el cliente), es decir, no tiene porqué ser objetiva a los ojos de un observador externo. Para ello, yo como “ayudador de compras” tengo que tener y manejar una serie de skills (o habilidades) cognitivas y afectivas, además del conocimiento funcional de mi producto/servicio. Esas habilidades, a mi parecer, son la inteligencia emocional y la inteligencia social, básicamente. Habilidades que la Psicología Positiva contempla como básicas para mejorar la calidad de vida de las personas, y como palanca del éxito en general.

Para terminar, y resumiendo, el cliente casi siempre compra(mos) por una decisión emocional, que luego la razón se encargará de argumentar. Si no conseguimos que esas emociones del cliente esten de nuestro lado, nuestra propuesta será mirada muy “asépticamente” y con muy pocas posibilidades de progresar.

Hasta pronto!!

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El Salario del Miedo

25 septiembre 2010 2 comentarios

¿Somos esclavos de nuestro trabajo? Es decir, ¿odio mi trabajo pero me aguanto por el sueldo que cobro a final de mes? ¿Vivimos, realmente, solo el fin de semana? Me temo que, por desgracia, así es en muchos casos. La razón o la lógica nos dice que debemos aguantar porque nos hace falta el dinero. La emoción nos dice que enviemos el trabajo a “freir espárragos”. ¿Hay término medio? ¿Hay alguna solución? Afortunadamente sí. ¿Es fácil? No, pero el camino hacia la mejora no es tan duro como aguantar un tercio de nuestra vida haciendo algo que odiamos.

¿Y en qué me baso para afirmar esto? Pues por un lado en las teorías de la Psicología Positiva científica (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000), y por otro en mi propia experiencia, y en las de otras personas que conozco. La psicología positiva nos dice que determinadas conductas, estados psicológicos, y emociones positivas nos permiten progresar y mejorar la calidad de nuestra vida (cfr. Flow, Cskiszentmihalyi, 1997). Veamos qué podemos hacer.

Lo primero que debemos hacer, es decidir firmemente que esa situación la queremos cambiar,  que vamos a esforzarnos (quizás no tanto como al ir todos los días al trabajo que odiamos) y no vamos a desistir hasta que consigamos el cambio. Después, pensar concienzudamente (y para eso hay que darse tiempo) si lo que realmente nos desagrada es nuestro trabajo en sí, la empresa, o nuestros jefes y/o compañeros, ya que no es lo mismo una cosa que otra. A partir de aquí, debemos poner en marcha un plan de acción para llevar a la práctica un viraje o cambio de rumbo, con la plena conciencia de que es un cambio que costará meses o años, pero con la satisfacción de que estamos pilotando nosotros la nave, y que llegaremos al puerto que queremos (o a uno muy cercano), y por lo tanto, la situación más o menos dramática que estemos viviendo es algo temporal.

Para ayudarnos, la psicología positiva nos enseña que mantenernos en un estado de alegría (nos ayudará la música, el humor, y relacionarnos con gente positiva) durante más tiempo que en estado de tristeza, y hacer ejercicio físico (aeróbico) a diario, así como cuidar la alimentación, nos produce una mejora del bienestar físico y psicológico subjetivo que nos inyectará energía para vivir el duro proceso de cambio, pero que merece la pena.

Dependiendo de lo que queramos cambiar, los plazos de ejecución serán mayores o menores. Por ejemplo, si queremos cambiar de trabajo, tendremos que decidir a qué nos queremos dedicar que nos guste mucho, y nos apasione como si fuera nuestro hobby. Para esto hay que dedicar, al menos una hora todos los días a pensar y buscar lo que realmente nos gustaría (a mí me costó un año). Una vez detectado, deberemos saber en qué punto nos encontramos,  para dar el siguiente paso: si ya tenemos el conocimiento o debemos adquirirlo; si tenemos los contactos o debemos crear la red. En cualquier caso, quiero insistir que esto lleva tiempo; no deja de ser un viaje con sus tiempos necesarios en las distintas etapas. Por ejemplo, no recuerdo ahora el nombre, pero había un par de amigos que siempre estaban organizando fiestas cuando estaban en la universidad (y no estudiaban, claro), y pensaron que podían dedicarse a ello. Crearon una empresa de servicios (ya tenían muchos de los contactos necesarios) para organizar eventos para empresas y particulares (despedidas de solter@, fiestas de fin de año, celebraciones de empresas, etc.), y se lo pasaban genial trabajando (y encima les pagaban).

Para no extenderme demasiado, me gustaría dejar clara una pauta que deberíamos seguir siempre para cualquier tipo de mejora a realizar en lo laboral. Y es tener claro qué valor podemos aportar a una empresa o cliente (al fin y al cabo es lo mismo). Si realmente podemos aportar valor,  con la certeza de nuestra competencia y con nuestra autoestima en buen equilibrio, podríamos hasta elegir a qué empresa/cliente queremos ofrecer nuestros servicios. Creo que estamos ante un cambio de era, y no sirven los antiguos patrones de comportamiento. Ya no sirve buscar una empresa que te contrate para toda la vida (“colocarse” como se decía), ya no sirve hacer las 8 horas justitas y olvidarse hasta el día siguiente, ya no sirve decir “si quieren que aprenda algo que me forme la empresa”, y en horario laboral, claro. Hemos de cambiar nuestros esquemas mentales y pensar que ahora debemos ser “proveedores” de servicios autónomos (aunque estemos en plantilla), y por lo tanto debemos formarnos continuamente por nuestra cuenta, aprender nuevas habilidades (comunicación, inteligencia emocional, inteligencia social, a hablar en público, a vender…). Así empezaremos a pensar a quién quiero dar mis servicios y dejar de pensar quién me querrá contratar. Y la cosa cambia, eh?

Es cierto que el horno no está para bollos, y hay que ser un optimista inteligente y no ilusorio, pero precisamente por eso hay que entrar en la espiral sin fin de la mejora contínua (¡ojo!, no de trabajar más horas, sino mejor). Si conseguimos trabajar agusto, las horas que dediquemos no nos pesarán como una mochila de piedras. Así que si estás en una empresa y no eres feliz, empieza a virar el timón de tu barco, y te harás un favor a ti, y a la empresa. Y sé que con la que está cayendo, esto es duro de decir, pero siempre hay oportunidades para los valientes y decididos. De verdad, se abren caminos que antes de andar no se veían. Es como ir a subir una montaña y mirar hacia arriba desde la base; pensaremos “Dios mío, si no veo donde agarrarme!”, pero en cuanto empiezas a subir, vas viendo los huecos donde agarrarte, y cuando vas subiendo y miras hacia abajo, piensas: “Dios mío, ¿cómo he conseguido llegar hasta aquí?”.

¿Somos esclavos de nuestro trabajo? ¿Intentamos mejorar? ¿O  esperamos a que la cosa cambie sola?

Hasta pronto!

¡Ya soy fijo!

El oir repetidamente la frase que da título a este post, me ha hecho reflexionar sobre ello. Se la he oído decir a personas que han sido contratadas por empresas y a los equis meses han firmado un contrato indefinido. En ese momento han publicado a los cuatro vientos que ¡ya son fijos! indicando que ya podían dormir tranquilos. Siendo además la envidia de los que trabajan con contratos temporales. Esto que, si nos quedamos en un análisis superficial, no tendría mayor importancia, adquiere relevancia cuando profundizamos en el significado psicológico percibido por determinadas personas. Me refiero al hecho de que esa percepción, traducida a conducta manifiesta o visible, si correlaciona con dejar de formarse sistemáticamente (si es que se ha hecho alguna vez), cumplir un horario estricto sin orientación a resultados, o lo que es peor, creer que uno se va a jubilar en esa empresa salvo que quiebre, deja a la persona en una situación bastante frágil, desde el punto de vista de la empleabilidad, ya que esta persona si se quedase sin trabajo (por el motivo que sea) quedaría un tanto “desfasada” del mundo laboral y podría tener serios problemas para seguir estando en el mercado. Porque claro está, a los “fijos” se les despide tan fácil como firmar un cheque.

Creo que debemos deshacernos de viejos y obsoletos estándares o creencias sobre el empleo “fijo” y “por cuenta ajena” como si “la cuenta” fuera de otro y cayese la responsabilidad en otras manos que no fueran las nuestras. Está claro que estas ideas son arrastradas de una época en que sí era cierto que “ser fijo” era tener un empleo para toda la vida. Muy mal lo tenías que hacer para perderlo. Pero por suerte o por desgracia eso ha cambiado. Si nuestra forma de pensar no cambia, nos podemos dar de bruces con la realidad, y es que si dejamos de formarnos (porque es responsabilidad de la “cuenta ajena”), de reflexionar para hacer mejor y ser mejores en nuestro trabajo (“yo hago lo que me dicen y punto”), y de fijarnos objetivos de superación (“yo solo sé hacer esto”), seremos “esclavos” de nuestros empleadores.

Entonces, si este escenario fuera cierto (que lo es, aunque agravado por la dificultad actual que estamos viviendo), ¿se está complicando la vida para el trabajador fijo por cuenta ajena? Desde mi punto de vista, no, todo lo contrario, se abre una oportunidad. Si me formo, si soy mejor en mi trabajo, si me especializo, y domino nuevos ámbitos relacionados con mi trabajo, entonces mi poder, mi influencia, mi capacidad de control, y mi autoconfianza, aumentan. Dejo de ir dando bandazos según los objetivos o el futuro que le depare a la empresa a la que vendo mis servicios. ¡Hombre!, ¡si resulta que ahora vendo mis servicios!. Pues sí, antes me contrataban las empresas como si me hicieran un favor (¡qué suerte!, decíamos). Ahora, si yo tomo las riendas de mi vida, y soy muy bueno en lo mío, tengo una actitud colaborativa, controlo mis emociones, soy empático, y amplío mi visión del servicio, entonces estoy ampliando también mis posibilidades de generar y aportar valor para la empresa donde trabajo o quiero trabajar, y voy a poder hablar “de tú a tú” y pedir lo que considero que valgo. Porque esa es otra, normalmente no sabemos pedir lo que valemos, porque no lo sabemos, o creemos que no lo sabemos.

¡Claro!, eso es muy fácil decirlo, pero muy dificil llevarlo a la práctica (estarás pensando). Efectivamente, así es. Pero si no damos el primer paso, siempre estaremos donde estamos. Debemos recordar que un largo camino se recorre paso a paso, que un elefante se puede comer a filetes, o que una licenciatura de 5 años se consigue exámen parcial a exámen parcial. Cuando hayamos hecho esto (iniciar el camino), y miremos atrás después de unos meses o años, nos sorprenderemos del largo camino que hemos recorrido, y en qué posición nos encontramos. Seguramente será mejor que donde estábamos antes. Si no es así, algo hemos hecho mal. Deberemos analizar, corregir y volver a caminar. Paso a paso.

¿Queremos ser trabajadores fijos por cuenta ajena? ¿O profesionales que venden sus servicios de calidad a empresas que pagan por ellos? Si no nos pagan lo que vale nuestro servicio, siempre podremos ofertar a otros clientes, con el convecimiento del valor que ofrecemos, ¿o no?

Hasta pronto!

Inteligencia Emocional o el bálsamo de Fierabrás.

Tenía pensado hacer una entrada sobre el por qué dormimos, para qué dormimos, cuánto tiempo, etc., pero últimamente oigo y veo mucha información sobre cursos de inteligencia emocional. Así que he decidido hablar primero sobre lo último.

Existen infinidad de cursos, no solo a nivel empresarial, sino a nivel educativo. A veces me da la impresión de que puede parecer como que un curso sobre el manejo inteligente de las emociones (y esto es mi opinión) va a mejorar automáticamente la vida de la persona que lo recibe como por arte de magia,  y que servirá de bálsamo de Fierabrás  (quizá también porque la sociedad actual nos transmite la posibilidad de inmediatez de todo lo que queremos y deseamos sin apenas esfuerzo). ¡Ojo! No estoy diciendo que no sirva, es más, yo mismo estoy trabajando en el diseño de un curso para el entorno empresarial, y otro aplicado al ámbito escolar. Lo que quiero decir es que no sé si todas las personas que hacen un curso de este tipo, así como los padres y directivos que envían a sus hijos o a su personal, respectivamente, a realizarlo, son conscientes de que se trata de un proceso largo y minucioso, que no solo requiere la paciencia y perseverancia de la persona que intenta mejorar aplicándolo, sino que necesita el apoyo de su entorno más próximo (el curso solo es el primer paso).

Muchas personas creen que la inteligencia emocional supone la supremacía de lo racional sobre lo emocional. Nada más lejos de la realidad. Filogenéticamente hablando, la emoción es mucho más primigenia que la razón. Nuestras estructuras cerebrales que sustentan las emociones son compartidas de un modo similar en aves y mamíferos. Son circuitos neuronales muy rápidos ya que su función es protegernos de los peligros y ayudarnos a interaccionar socialmente. En cambio la razón, cuyo sustrato neuronal lo conforma la corteza cerebral o neocortex, es posterior evolutivamente y aunque está íntimamente conectada con la estructura emocional, es más lenta que la primera, aunque el procesamiento y análisis que hace de la información que recibe es más clara y profunda. Por lo que nos ayuda a tomar decisiones basadas en el análisis y la lógica. De este modo emoción y razón se complementan (y se necesitan) integrándose en un todo, aunque la emoción actúa en primer lugar como hemos visto, debido a su velocidad de procesamiento.

De todo esto se puede extraer, en mi opinión, que la razón no maneja o controla las emociones, sino que ayuda a modularlas y canalizarlas, para darles salida adecuadamente una vez se han producido. Así por ejemplo, podemos decidir no agredir (ni física ni verbalmente) a otra persona aunque hayamos experimentado ira (emoción) y hostilidad (valoración cognitiva). La inteligencia emocional también nos puede ayudar a saber que durante la fase de “inundación” de la emoción, no debemos tomar decisiones importantes (a excepción de salvar la vida, claro) ya que el riego sanguíneo  es “secuestrado” por los núcleos amigdalinos, más profundos. Por lo tanto, nuestro cortex prefrontal (donde planificamos, imaginamos, y tomamos decisiones) no puede funcionar con la energía necesaria al no estar oxigenado con el nivel óptimo de eritrocitos.

Por todo esto, la puesta en práctica de la inteligencia emocional requiere como cualquier otra habilidad, mucha paciencia, perseverancia y sobre todo, auto observación e introspección diaria, porque solo cuando seamos capaces de sentir,  reconocer nuestras propias emociones, y canalizarlas de forma fluida (no explosiva) seremos capaces de interactuar con otros seres humanos de forma más empática y a la vez “racional”. Por supuesto, un curso de inteligencia emocional, nos viene fenomenal para conocer cómo funcionan las emociones, para reconocerlas y regularlas, pero no olvidemos nunca que se trata de el primer paso de un largo camino, y no por ello debemos dejar de trabajar, al contrario, debemos insistir y persistir hasta conseguir ser inteligentes emocionales (por nuestro bien y el de nuestros congéneres).

Hasta pronto!!

 

Jefes Tóxicos

Jefe TóxicoVoy a contar algunas de mis experiencias profesionales,  porque creo que puede ayudar a explicar qué es un jefe tóxico y a que descubras (si no lo has hecho ya, si el tuyo lo es o no).

Caso 1:

El control férreo del horario (creyendo que más horas de trabajo es igual a mayor rendimiento).

Empezábamos a trabajar a las 8:30, y a las 8:31 me estaba llamando (estuviera en la oficina o en un cliente) para hacerme una pregunta –la que sea- y si no estaba en el puesto de trabajo, teníamos discusión. Justo lo contrario con la hora de salida, es decir, si salíamos a las 19:00, me llamaba a las 20:00 al trabajo y si no estaba trabajando me llamaba a casa para preguntarme por qué había terminado ya. Esto al principio genera un poco de sentimiento de culpa (sobre todo si tu autoestima no es muy alta, como era la mía entonces), pero con el paso del tiempo, genera resentimiento hacia el jefe, y por lo tanto desgaste anímico, emocional, y finalmente ansiedad (después hablaremos de las repercusiones en la salud).

Caso 2:

El control egocéntrico de guante blanco.

Este jefe ejercía control absoluto sobre todo lo que se movía en la empresa. Con la peculiaridad de que aparentemente no se notaba. Pero claro, al final todo se sabe. Llegaba un momento que yo preguntaba por qué hacíamos unas cosas y no otras, y mi interlocutor señalaba con el dedo índice hacia arriba (y prefería no hacer comentarios), como si el mismísimo Dios hubiese ejecutado la orden.

Si intentabas “rebelarte” diciendo tu opinión, “aparentemente” no pasaba nada, por el momento. En unos días, o semanas, empezabas a tener trabas que antes no tenías, y en cuestión de unos meses terminabas adquiriendo el tan oído síndrome de burn-out, porque todo eran problemas y desgaste emocional.

Caso 3:

El control zafio.

Me llamaba: “ven a mi despacho ahora mismo” (o por teléfono, es igual). El proyecto X tiene que terminar bien si o sí. De acuerdo lo vamos a intentar con todo nuestro empeño, le contestaba yo. Contestación automática y gritando: -VAMOS A INTENTAR, NO. ESO TIENE QUE FUNCIONAR POR C****ES. ¿ESTÁ CLARO?.

Este jefe tiene la ventaja, con respecto al anterior, de que lo ves venir. Emplea malas artes en tu propia cara. Es desagradable, pero lo conoces rápidamente. Tiene la desventaja de que inyecta la toxicidad en grandes dosis y en poco tiempo, pero el anterior jefe, que te envenena poco a poco, termina siendo igual de dañino.

Si observamos, la esencia de la toxicidad es el control autoritario basado en el ataque dirigido a la persona, y no a la conducta, no en el control objetivo basado en los resultados que ejerce el líder.

Si alguien tiene un tipo de jefe como estos, mi recomendación por experiencia y por conocimiento de la repercusión en nuestra salud es: “LÁRGATE”, cuanto más rápido y lejos mejor. Seguir con ellos es permitir que nuestra sangre se inunde a diario de cortisol.

El cortisol es la hormona del miedo, que en dosis puntuales (como un peligro real y concreto) resulta beneficiosa porque me pone a salvo del peligro, pero en dosis altas y sobre todo, de larga duración, (semanas, meses o años) se convierte en distrés (estrés agudo crónico), y altera el correcto funcionamiento de mi organismo.

La Psiconeuroinmunología ha demostrado que la emisión de dosis constantes y duraderas de cortisol en la sangre debilita nuestro sistema inmunológico, a través de la interacción del cortisol  con las citocinas (también citoquinas).  Además aumenta los niveles de glucosa en la sangre para facilitar más aporte energético a nuestros músculos (el cerebro cree que nos enfrentamos a un peligro físico y vamos a atacar o huir –resultado de la filogénesis-). A largo plazo, el debilitamiento del sistema inmunológico acaba pasando factura, en forma de enfermedad infecciosa o incluso cancerígena.

Y eso no es todo. La activación del eje HHA (Hipotalámico, Hipofisario, Adrenal), es decir, la activación del sistema nervioso simpático a causa de la ansiedad, aumenta la frecuencia cardiaca, la presión sanguínea y la tensión arterial.  Y esto, a medio o largo plazo, pasa factura. Seguro que conocéis algún caso de compañeros (yo he tenido alguno muy cerca) que han sufrido una angina de pecho, infarto, o cualquier cardiopatía debida al distrés o estrés crónico.  Casos extremos son los suicidios ocurridos en France Telecom. En cualquier caso es algo muy serio que no hay que dejar en manos “del destino”.

Mientras ocurre todo esto, es frecuente sufrir insomnio. Si vamos al médico es muy probable que nos recete alguna pastilla, que normalmente será de la familia de las benzodiacepinas (trankimacin o miolastán), que resultan adictivas (en periodos largos), lo cual paradójicamente hace, que cuando dejamos de tomarlas nos produzcan insomnio (síndrome de abstinencia), que es justo el motivo por el cual nos las tomábamos. Y si no somos conscientes de ello, podemos entrar en una espiral de aumento de dosis por largo tiempo (para dejar de tomarlas tenemos que volver al médico para reducir la dosis progresivamente y no dejarlas de tomar de un día para otro).

Resumiendo. Si alguien está en este caso o conoce a alguien que lo está, en  mi opinión, lo más inteligente es ir buscando otra empresa para trabajar (que las hay buenas, aunque no lo parezca) porque está en juego la salud (la propia y la de la gente que nos quiere).

Alguien me contó que hay otra opción, y es echar al jefe, en el caso de que tenga una jerarquía por encima y haya algún líder (raro, porque entonces no estaría el jefe). Parece ser que se ha dado algún caso en que el empleado consiguió “echar al jefe” enviando su currículo a ofertas de trabajo sin que él lo supiera. Le empezaron a llamar, se asombró y dijo que él no había enviado el CV, pero le atrajo la oferta y se fue 😉

Hay un caso aparte de jefe tóxico y es el del psicópata (¡ojo! no estoy hablando del asesino en serie de las películas, eh? ), que además está  más frecuentemente entre nosotros de lo que pensamos (en la empresa y en la vida personal). Pero la explicación de este caso da para otro post. Si queréis puedo hablar de ello en otra ocasión.

Hasta pronto!

Jefe y Líder. Psicologías contrapuestas.

El jefeA mi modo de entender, la diferencia entre un jefe y un líder, es que el primero  suele ser “seguido” por imposición  jerárquica y el segundo es seguido voluntariamente. Curiosamente el segundo atrae más personas que el primero.

A lo largo de mi trayectoria profesional, he conocido muchos jefes y muy pocos líderes. Primero creí que tenía yo mala suerte, después descubrí que el 80% de los puestos directivos están ocupados por jefes y alrededor del 20% (o menos) de líderes. Con lo cual, es más fácil encontrar jefes que líderes; no es cuestión de suerte.

Si la inteligencia emocional y las relaciones interpersonales, en el ámbito de la psicología social, ha explicado que sentimos atracción por las personas amables, que regulan o canalizan sus emociones en tono positivo, constructivo,  sin agresividad y con respeto, ¿por qué los jefes se extrañan de que los empleados a su cargo no les siguen,  no les hacen caso y no obtienen los resultados que les imponen?.

En varias ocasiones he preguntado a algunos jefes (cuando no estaban de mal humor –cosa rara-) y la respuesta ha resultado ser bastante unánime: “hay que tratar con mano dura a la gente, porque son unos vagos, y si los tratas bien se te suben a la chepa y no trabajan”.

 Curiosamente, los jefes no saben que las personas vemos lo que proyectamos, es decir, que vemos en los demás nuestras propias debilidades, por lo que deberían hacer primero un trabajo de introspección.  Así, muchos jefes tratan con dureza a su empleados porque piensan que les quieren engañar,  y a base de repetir esa conducta, muchos empleados terminan engañándolos de verdad, y los jefes confirmando sus sospechas y reafirmando sus pensamientos. Es el llamado efecto Pigmalión o profecía de autocumplimiento.

¿Solución? Desde fuera es imposible, porque cuanto más se les diga a los jefes que deben cambiar, más se van a empecinar en que su verdad es la buena. Debe ser el propio individuo, el que en un acto de humildad, de reflexión, se de cuenta de que, para que los demás cambien, primero debe cambiar uno mismo. A raíz de ahí, puede iniciar un proceso de transformación personal, y experimentará lo que decía Marcel Proust: “Nada ha cambiado, solo yo he cambiado, por lo tanto todo ha cambiado”.

Mientras eso no ocurre, es imposible un cambio del clima laboral. Les propones que se formen, pero no quieren porque creen que no tienen nada que aprender (síntoma típico del ignorante), o que invertir en formación es para las grandes empresas (cuando no saben que las empresas se hacen grandes, en parte,  porque invierten  en formación –la adecuada a sus objetivos-).

En cambio, el líder sabe que no lo sabe todo, confía en las personas, les ayuda a crecer, y en definitiva, prepara el camino para que las personas de su organización se desarrollen personal y profesionalmente, y para que crezcan junto a la empresa. El líder se está formando constantemente porque sabe que  el comportamiento eficaz del pasado no es válido, tal cual, en el presente que cambia constantemente.

En mi opinión, la forma jerárquica de una organización eficaz y eficiente del siglo XXI, debería ser la de una pirámide invertida, donde arriba del todo (la base) estarían las personas que tratan directamente con los clientes (la razón de existir de una empresa),  más abajo estarían lo departamentos internos (que dan soporte a los primeros), y abajo del todo, estaría el director general o máximo dirigente,  allanando el camino y facilitando los medios para el buen hacer del resto del equipo. La organización del siglo XXI es la que está mirando hacia fuera, hacia el cliente; no hacia dentro (como en el pasado), no hacia el jefe (porque si le da la cara al jefe le está dando el culo al cliente ;p). Por lo tanto en la empresa moderna no hay espacio para el jefe obsoleto y arcaico de la empresa tradicional, que por cierto está en declive (aunque me temo que aún le quedan unos años para su extinción).

Y para no extenderme más, en la próxima entrada hablaré del jefe tóxico, cómo ponerse a salvo de él y por qué (ya que por desgracia todavía quedan muchos de ellos).

Hasta pronto!!