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Gestionar emociones en la empresa, ¿de verdad sirve para algo?

Cuando hablamos de emociones en las organizaciones, muchos empresarios y directivos “se tiran un poco para atrás” diciendo (o al menos pensando) que es una tontería hablar de emociones en el trabajo, puesto que el trabajo en la empresa es algo racional, muy racional. Se viene, se trabaja, se cobra y vuelta a empezar.

Y en cierto modo, llevan razón. Así es, o mejor dicho, así era, pero el mundo ha cambiado. Cuando una persona firma un contrato de trabajo por cuenta ajena con una empresa donde se estipula el trabajo que tiene que realizar y el salario que va a recibir a cambio, no debería haber más impedimentos para que empleador y empleado cumplan su objetivo, si fuéramos tan racionales como creemos.

Pero resulta que hemos descubierto, gracias a la ciencia, que el ser humano no es racional, sino que somos seres emocionales con capacidad para razonar. Y esto explica por qué no basta con tener un contrato racional firmado y con razonar cada vez que surge un problema para que todo vaya sobre ruedas en las organizaciones.

Es decir, es biológicamente imposible dejar las emociones a un lado y utilizar solo la parte racional. Somos un todo integrado. No vale eso de aquí se entra (y se sale) del trabajo en el horario pactado, se trabaja, se cobra y vuelta a empezar. Todo mecánico, racional, frío y calculado. No somos robots.

Pero claro, cuando además el trabajo que hay que realizar es poco “manual” y muy “mental” (comunicación, marketing, ventas, consultoría, dirección de proyectos, soluciones tecnológicas complejas, software, etc.) es más complicado definir de manera tácita las tareas concretas, la función, el rol, o el horario de trabajo (sobre todo si hay que cumplir objetivos).

Entonces entran en acción habilidades cognitivas, como la gestión inteligente de las emociones en nosotros mismos y en los demás, que es clave para llegar a los objetivos propuestos, para adaptarse a los cambios que suceden de manera imparable, para adaptarse a la realidad de cada día, para lidiar con la incertidumbre y para liderar equipos de trabajo muy cualificados. Es cuando se hace imprescindible la gestión de los estados emocionales, ya que éstos son el chasis que dará soporte a todo el engranaje organizacional, para que éste no se venga abajo.

Para entendernos, la gestión inteligente de los estados emocionales es tan imprescindible como la gestión inteligente de los estados financieros. Y cuando hablo de estados emocionales no me refiero a emociones puntuales, esporádicas y extremas, como explosiones de ira, rabia o tristeza (que también hay que prestarles la debida atención porque son signo evidente de problemas).

Es algo mucho más tenue pero muy potente y tremendamente devastador para la empresa si no se gestiona adecuadamente y a tiempo: los sentimientos de fondo, el estado de ánimo colectivo, el clima organizacional, que no es otra cosa que la percepción general que tienen los empleados de la empresa (de su cultura, su gestión, su rumbo). Cuando la organización detecta que la mayoría de empleados no tiene interés en asumir retos, adaptarse a los cambios, estando sumidos en una especie de resignación colectiva, quizá es demasiado tarde. No obstante, como en cualquier problema, lo importante es detectarlo, aceptarlo y hacer algo al respecto para solucionarlo. Y aquí toma protagonismo la alta dirección de la organización o la gerencia en caso de una pequeña empresa.

Hoy sabemos que las emociones “se contagian” como si fueran un virus. ¿Y por qué se contagian? Pues porque somos seres sociales y hemos desarrollado la capacidad adaptativa de detectar emociones en los demás a través de circuitos neuronales que facilitan la empatía y activan esas mismas emociones en nosotros mismos. El primer trabajo a realizar por parte de la dirección de la empresa es tratar de detectar el origen del virus. Puede que esté en un empleado (o más de uno), pero puede también que el virus lo tenga el propio directivo. Después hay que aplicar el tratamiento correspondiente, que puede ser una simple conversación para averiguar el problema de fondo de la persona origen del virus y resolverlo, o puede llegar a ser un problema de analfabetismo emocional, siendo en este caso necesario, un proyecto de desarrollo en esta línea (tanto para directivos como para empleados, sobre todo los que están en contacto con clientes).

En realidad, las necesidades emocionales de las personas son “muy sencillas”. Básicamente necesitamos que se nos tenga en cuenta, necesitamos un poco de afecto, un poco de reconocimiento (y un sueldo justo sin agravios comparativos). Si el jefe, líder, directivo, gerente, o responsable de equipo, solo pone encima de la mesa los objetivos de la empresa sin tener en cuenta qué piensan y que sienten las personas que tienen que conseguirlos, ya partimos de una base errónea que obstaculizará la consecución de los objetivos.

Si preguntamos a las personas cuáles son sus objetivos particulares (incluso sus sueños) y en qué medida la empresa les puede ayudar a conseguirlos a través del trabajo y dentro de la estrategia corporativa, la cosa cambia radicalmente. Si además vamos dando feedback sobre el desempeño (sin recriminar a la persona y centrándonos en la conducta) y dejamos que cada empleado tome decisiones (que se sienta responsable de verdad), estaremos creando las circunstancias para que surja la motivación intrínseca, la más poderosa que existe. Después, una vez llegado a un acuerdo, ambas partes tendrán que respetarlo mutuamente, ya que cualquier violación del mismo supondrá la ruptura de esa vinculación psicológica o engagement recíproco entre empleado y empleador, directivo o responsable.

Esta es una de las posibles razones por la que, paradójicamentemuchas empresas punteras en su sector, innovadoras, creativas, fuertemente capacitadas técnicamente, con gente muy responsable, disminuye su rendimiento y sus resultados. El estado anímico y la motivación de su gente está a niveles excesivamente bajos. Las personas clave de la organización hacen su trabajo, cumplen, pero sin pasión, y eso se nota y pasa factura en los resultados, porque sus emociones (que son la gasolina que las impulsa) no han sido tenidas en cuenta durante mucho tiempo.

Como vemos, la gestión de los estados emocionales en la empresa, no solo sirve para algo, sino que ya es imprescindible en el siglo XXI. No tenerlo en cuenta es historia, es jugar en desventaja, es dejar coja la organización, es conducir con un ojo tapado, es no ver más allá de las narices. Como nos cuenta  Antoine Saint Exupery, en “El Principito”, lo esencial es invisible a los ojos.

Hasta pronto!

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Magneto, Miedo y Productividad

miedo en el trabajoHistóricamente, el miedo ha sido una “técnica” utilizada por algunas personas para conseguir que otra persona haga algo en contra de su voluntad. Y tradicionalmente, en un porcentaje muy elevado de empresas, también se ha usado el miedo (y se usa) para que los empleados trabajen más horas, asuman más tareas de las que pueden asimilar, etc. (sustituye tú el “etc.” por lo que quieras), siendo el castigo en caso de no aceptar, el despido, obviamente.

Pero como está mal visto socialmente reconocer explícitamente que se usa esta “técnica”, muy pocos directivos o líderes se atreven a verbalizarlo públicamente, pero no por ello deja de ser, por desgracia, algo muy presente en las organizaciones actuales (ahora más, con la excusa de la crisis).

El desastre viene cuando los denominados “líderes” se convierten (yo creo que de manera inconsciente) en “súper héroes” en pro de una causa justa (la empresa), al estilo Magneto.

Al igual que este malvado súper héroe, los directivos que asumen esta forma de actuar tienen síntomas evidentes de su “locura”:

  • Megalomanía
  • Un objetivo loable: “Salvar” la empresa.
  • Always on. Están las24h. “al servicio” de la empresa.
  • No valoran al que es diferente a ellos.
  • Ensalzan al que les sigue la corriente, no dándose cuenta de que les toma el pelo en muchas ocasiones.
  • Monitorizan los movimientos de los simples mortales (los empleados).
  • “Interpretan” negativamente con frecuencia, los gestos, comentarios, o conductas habituales de los demás, como llegar tarde 10 minutos (aunque después se acabe trabajando más horas -en la oficina o en casa-).
  • Desconfían de casi todo el mundo (no están “a su nivel”), por lo que no pueden delegar tareas (por eso son “always on”)

Pero ahora viene lo grave. A pesar del miedo que inyectan en la mayoría de empleados (afortunadamente hay quien sabe afrontar esta emoción), y que a corto plazo supone un incremento de horas de trabajo de los empleados, su conducta es totalmente dañina para la empresa, aumentando las posibilidades de que los empleados sufran estrés en niveles peligrosos para la salud, ansiedad, burnout, desmotivación, provocando un aumento de absentismo, bajas laborales, fugas de talento, etc. Es decir terminan consiguiendo justo lo contrario.

Es la paradoja del héroe organizacional. Cree que si no está él, la empresa no produce. Pero precisamente, lo que ocurre es, que si está él, la empresa produce menos. Y esto es especialmente grave en las empresas cuyo motor de producción es la creatividad de su gente, la imaginación, la puesta en marcha de ideas. En definitiva, cuando la herramienta principal de trabajo es la mente, el intelecto.

La Neurociencia ha demostrado con imágenes, que cuando hay una emoción poderosa en nuestro cerebro, como es el miedo, el riego sanguíneo en la corteza prefrontal (sede del pensamiento complejo, la creatividad, la planificación y la atención, entre otras funciones de orden superior) disminuye en favor de áreas más profundas del cerebro, sede de funciones más primarias, con el objetivo de poner en marcha acciones que “salven” la vida del individuo. Pero claro, esto en la selva, en las cavernas, nos venía fenomenal. En la empresa es nefasto para la productividad.

Si los directivos del siglo XXI, en especial de este tipo de empresas cuyo motor de negocio es el capital intelectual de sus empleados, conociesen el funcionamiento psicológico de las personas ante determinadas emociones, seguro que cambiarían la estrategia de liderazgo.

Basarían su estrategia en potenciar las emociones positivas, para promover un clima organizacional positivo, provocando un aumento del riego sanguíneo en la corteza prefrontal del cerebro de sus empleados. Esto ampliaría el pensamiento, la creatividad, las buenas ideas, la planificación y la ejecución de calidad, consiguiendo el tan ansiado aumento de la productividad y de los resultados económicos. Además focalizarían su estrategia en aumentar la calidad de las horas trabajadas, y nunca la cantidad de las mismas. ¿Por qué? Porque sobrepasadas las 8 horas de trabajo intelectual, la productividad baja, no sube, incrementándose también la posibilidad de cometer errores que cuestan dinero.

Las empresas inteligentes del siglo XXI que sobrevivirán a la crisis serán las que quieran convertirse en Organizaciones Saludables (tal como nos muestra la Psicología Positiva), dotando a sus empleados de los recursos organizacionales, grupales e individuales para prevenir los riesgos psicosociales que tanto azotan sus cuentas de resultados con continuas bajas, faltas al trabajo, bajo rendimiento, desmotivación, burnout, fugas de talento, etc.

¿Te suena de algo todo esto?

¿Vas a hacer algo para que tu organización sea más saludable y positiva? ¿O vas a obligar a tus empleados a trabajar más horas y a que vengan “motivados” de casa?

Hasta pronto!

Foto obtenida de http://www.cnnexpansion.com/mi-carrera/2009/09/30/controla-tu-miedo-a-perder-el-trabajo

Tirar el desayuno y arruinarte el día.

Puede parecer una tontería, pero un pequeño accidente nada más comenzar la jornada puede arruinarte el día, sin apenas darte cuenta. Me explico.

El pasado jueves, cuando estaba preparando mi desayuno matutino, al ir a descongelar mi bocadillo de pan integral (tras una sesión de 35 minutos en bicicleta elíptica), empujo la taza de leche que estaba dentro del microondas y la tiro al completo. Una vez sido consciente de esto, y concienciado del trabajo de limpieza y vuelta a empezar, con el consiguiente retraso en el comienzo laboral, me inunda un sentimiento de frustración que se convierte en rabia incontrolada por unos segundos. A partir de aquí, se me va complicando la jornada debido a la emoción negativa que he generado.

Las investigaciones científicas han averiguado que las emociones mal llamadas negativas (porque toda emoción es adaptativa) tienen una duración mayor que las positivas o agradables, teniendo las primeras un alcance medio de 110′ frente a los 40′ de las positivas. Además, sabemos que las emociones modulan o filtran los pensamientos de manera que nos “cerramos” al mundo exterior ante una emoción “negativa”. Entonces lo más probable es que al interactuar con el mundo exterior, volvamos a experimentar más emociones “negativas”, pudiendo “arruinar” nuestra jornada con 2 ó 3 emociones “negativas”.

En base a mi experiencia, puedo corroborar que la investigación es cierta. Cuando salí a la calle, y al estar lloviendo, fui a abrir el paragüas, no lo abrí con la habilidad normal, y lo volví del revés. Cuando fui a intentar poner en su sitio las varillas, me hice un corte en un dedo, esto me generó más emociones “negativas”, y terminé rompiendo el paragüas mientras intentaba “arreglarlo”. Estoy seguro de que esto no me hubiera pasado si hubiera estado fuera de la influencia de la emoción desagradable que “traía puesta de casa”. Lo normal en estos casos, es atribuirlo a la “mala suerte”, o a que “me he levantado con el pie izquierdo”, etc. etc. Bueno, pues lo que ocurre es que tiré el desayuno porque estaba pensando en otra cosa, y no puse atención en lo que estaba haciendo, al presente, al aquí y ahora. Tras la emoción que siguió a la frustración, y al no hacer nada para contrarrestar esa emoción “negativa” con una positiva (podría haberme reido), dejé que el resto del día fuera negativo para mí.

¿Y qué conclusión saco de esto? Bueno, pues ya que no supe actuar correctamente ese día, me ha servido para reflexionar y escribir este post. Lo cual es dar un pasito en mi desarrollo personal y emocional. La próxima vez que me pase (que me pasará) algo parecido, y tras sentir y reconocer la emoción, primero la aceptaré como natural, y después la “neutralizaré” con una emoción positiva (respiraré hondo 3 veces, y reiré, cantaré, o bailaré).

Este ejemplo nos debería servir a todos para saber que los accidentes, los problemas, y los contratiempos están a la orden del día, son “naturales” y ocurren. También debemos saber que las emociones alteran, modulan, o filtran nuestra razón, nuestra parte cognitiva, y por lo tanto no vamos a “ver” las cosas igual que cuando estamos fuera de la influencia de las emociones. Además, debemos saber que bajo una emoción “negativa” intensa (ira, rabia, miedo) o “positiva” intensa (euforia) no debemos tomar decisiones que nos comprometan a posteriori, personalmente o socialmente, ya que podríamos comprometer nuestra estabilidad (física, económica, y/o mental) innecesariamente.

Para finalizar, solo decir que es inevitable que nos inunden las emociones, ya que evolutivamente están diseñadas para “ponernos en guardia” en pocos milisegundos y poder defender nuestra supervivencia, aunque actualmente en muchas ocasiones esto nos traiga más perjuicio que beneficio. Sabiendo esto, y tras detectar “el subidón” de una emoción, en especial si es “negativa” o desagradable, es mejor respirar hondo 2 ó 3 veces, para dejar paso a la razón, algo más lenta que la emoción, pero con la tranquilidad de que es la que pone orden y control en la mente y la conciencia.

Espero que te haya podido servir mi experiencia.

Hasta pronto!

El depósito de la vida.

La moderna neurociencia ha demostrado que, René Descartes, hace unos 400 años, se equivocó al pensar que mente y cuerpo son independientes. Si no se hubiera equivocado, los estimulos negativos a los que estamos sometidos a diario, hoy en día, tendrían escaso o nulo impacto en nuestro cuerpo.

Pero la realidad no es esa. Hoy sabemos que las noticias que escuchamos a diario en radio, televisión o prensa, y que luego son repetidas constantemente por las personas que nos rodean y por nosotros mismos, y que suelen ser un 90% negativas (crisis, paro, corrupción, violencia, enfermedad, terrorismo, etc.), provocan un impacto emocional negativo crónico (tristeza y ansiedad) a través de los mecanismos del estrés, que es repercutido a nuestro cuerpo, o somatizado.

Nuestras emociones influyen en nuestro cuerpo mediante la activación de la glándula pituitaria, o hipófisis, bajo la influencia del hipotálamo. La hipófisis segrega diversas sustancias, entre ellas, una hormona llamada ACTH, que una vez vertida en el torrente sanguíneo, alcanza su objetivo, las glándulas suprarrenales. Éstas a su vez, segregan otras hormonas, como la adrenalina, noradrenalina, y cortisol, que provocan un aumento en nuestros niveles de presión sanguínea, de glucosa en sangre, del ritmo cardiaco,  de la tensión arterial, y lo que es peor, una reducción o limitación del funcionamiento del sistema inmunitario. Todo ello, porque nuestro cerebro entiende que estamos enfrentándonos físicamente a algún peligro para nuestra supervivencia y necesitamos el máximo de energía en nuestras extremidades para poder enfrentarnos con éxito (o huir).  Parece ser, que nuestro organismo funciona así desde hace unos 100.000 años, ya que nuestro sistema nervioso no entiende (todavía) de asfalto, hipotecas, paro, prisas, etc., para poder emitir otro tipo de respuesta más adaptativa.

Como vemos, la conexión mente-cuerpo, no es “mágica”. Hay una conexión física entre pensamientos, sentimientos y el resto de órganos internos. Los siento, los incrédulos, tendrán que hacerse a la idea de que sus pensamientos negativos, provocan sentimientos negativos, con repercusiones negativas en su cuerpo. Vale, pero ¿cómo podemos saber si esto nos está ocurriendo a nosotros o a quienes tenemos cerca? Pues para saberlo,  podemos observar situaciones bastante reveladoras.

Cuando vamos al médico porque nos sentimos mal, tenemos dolor de estómago, eccemas, lumbalgias, colitis, etc. por poner solo algunos ejemplos, y después de hacernos varias pruebas médicas (y cuidado que digo hacer pruebas, no solo observar y ya está), nos dicen que los resultados no indican nada, es decir, que no hay una causa física u orgánica, podemos empezar a sospechar que nuestros estados de ánimo negativos nos pueden estar afectando. Es momento de empezar a sustituir las noticias negativas (radio, TV, prensa) por música divertida, videos de humor, lecturas motivadoras, y sustituir las relaciones con personas negativas o “vampiros energéticos” que nos dejan exhaustos, por relaciones con personas alegres (“personas medicina”) que nos van a inyectar ilusión y optimismo (¡ojo!, optimismo inteligente, no tonto).

Debemos tomarnos muy en serio el cuidado de nuestras emociones, tanto, como los niveles de colesterol, triglicéridos, no fumar, hacer ejercicio, etc. Es responsabilidad nuestra cuidar nuestro “depósito de vida”. Esto significa cuidar lo que entra (que sea lo más limpio posible) porque, aunque en principio no se note la suciedad que entra (emociones negativas, mala alimentación, poco ejercicio, fumar, etc.), con el paso del tiempo el contenido del depósito será el reflejo de nuestra conducta, y si el agua está sucia, las posibilidades de enfermar irán in crescendo.

Y tú ¿cómo quieres tener tú deposito de vida? ¿Limpio o sucio?

Emociones y Trabajo

Está mal visto socialmente “ser una persona emocional”, es decir, a alguién que se deja guiar (que no llevar) por sus emociones se le tilda de “blando”, y despectivamente yo he oido decir: “es un nenazas”, “un padrazo” o cosas peores.  No digamos ya en el ámbito empresarial. La persona que muestra sus emociones en el trabajo,  “pareciendo humano”, dicen que no tiene futuro como jefe, comercial, lider, mando, o como queramos llamar a un puesto de responsabilidad, donde el desempeño incluye la interacción con muchas personas (dentro y/o fuera de la empresa). Pero claro, pensando un poco y dejándonos de tonterías, si somos producto de la evolución y adaptación al medio ambiente, y gracias a ello estamos hoy aquí y ahora, digo yo que las emociones tendrán alguna función importante, ¿no? Porque si fueran una chorrada, algo nimio, banal, seguro que no habrían evolucionado porque el ser vivo que hiciera uso de ellas habría desaparecido de la faz de la tierra hace unos cuantos miles de años.

Vamos a ver, a nivel básico, las emociones nos salvan la vida, y/o nos la pueden facilitar. El miedo nos previene ante una amenaza para nuestra supervivencia, el enfado (ira) nos ayuda a superar lo que obstaculiza nuestro objetivo o lo amenaza, la tristeza nos hace retrotraernos hacia nuestros propios pensamientos y reflexionar, la alegría sirve para potenciar nuestras relaciones y nuestro bienestar físico y mental, y para facilitar la conducta en dirección a nuestras motivaciones, por ejemplo.  Además sirven para comunicar a las demás personas nuestro estado afectivo para que sepan si se tienen que alejar o acercar. A nivel social y laboral, las emociones nos facilitan (u obstaculizan) las relaciones, y por lo tanto también el desempeño de nuestro trabajo. La persona que solo muestra emociones negativas (sobre todo ira, enfado), sobre todo en su lenguaje no verbal, va a provocar rechazo, alejamiento, repulsión, y también ira y enfado en las personas de su alrededor. Si es un mando o jefe, la gente le obedecera mientras esté presente, normalmente al principio de la relación. Cuando ya se hartan, terminan marchándose, o peor, quedándose y dejando de producir. En definitiva, las emociones tienen una función cognitiva, fisiológica, conductual, y social. Es más, se ha demostrado reiteradamente los efectos disfuncionales de la inhibición de la expresión emocional tanto en el ámbito fisiológico como en el bienestar de la persona. Quiere esto decir que hay que sentir, percibir y expresar las emociones, pero de manera controlada, equilibrada, y ordenada. De esto se encarga la inteligencia emocional. Podríamos llamar entonces, a todos aquellas personas que piensan que no hay que mostrar las emociones o lo hacen de manera descontrolada, en especial con las negativas, analfabetos emocionales. Y desgraciadamente hay muchos, y lo peor en puestos de alta responsabilidad. Por lo tanto debería ser obligatoria la formación emocional de estas personas.

Los neuropsicólogos y neurocientíficos están demostrando que las emociones tienen una función vital en la toma de decisiones, es más, sin las emociones sería imposible tomar una decisión porque nunca terminaríamos de analizar “pros” y “contras” de las situaciones. También hemos visto mediante técnicas de neuroimagen estructural y funcional, que están interconectadas las áreas cerebrales que predominan en las funciones racionales y emocionales, activándose ambas a la vez cuando evaluamos y decidimos. Y ya, para aquellas personas que se piensan seres principalmente racionales por encima de todo, la neurociencia ha demostrado empíricamente cómo las emociones negativas “toman el control” cerebral y reordenan el riego sanguíneo hacia las capas más internas del cerebro, dejando con menos riego las capas corticales de los lóbulos frontales del cerebro que son las que piensan en colores, planifican, crean y solucionan. De esta manera, y en un momento de “secuestro emocional”, es materialmente imposible pensar racionalmente. Por eso en una reunión en la que nos sentimos heridos emocionalmente por los demás, es imposible “pensar con lucidez”, por mucho que nos pidan ideas en ese momento.  Hay que dejar pasar la emoción y esperar que vuelva el riego sanguíneo a nuestro cortex prefrontal para pensar la solución, siguiente paso, o contestación. Y para restaurar nuestro riego sanguíneo hay que generar emociones positivas, que neutralizan las negativas, y generan bienestar subjetivo.

Por lo tanto, si las emociones son inevitables para el buen desempeño profesional y personal, para una buena salud física y mental, en definitiva para nuestra felicidad, hagamos un buen uso de ellas. Tratemos de generar emociones positivas (alegría, humor, felicidad, amor), que además de fortalecer nuestro sistema inmunitario (mediante su función tranquilizadora), favorecen el aprendizaje y la memoria, nos permiten manejar más abiertamente el abanico de posibilidades a la hora de enfrentarnos a los retos que la vida nos presenta constantemente, y como somos seres sociales,  también nos predispone a ayudar a los demás, a integrarnos con otras personas adecuadamente, facilitar la amistad, y sobre todo a hacerles sentir bien a ellos y favorecer así el quid pro quo.  Si alguién me soluciona un problema y además me hace sentir bien, si la experiencia es positiva, agradable, satisfactoria, seguro que querré estar cerca de esa persona lo antes posible.

Hasta pronto!!

Emociones y Salud

Ya desde los griegos, Hipócrates, nos decía que las  “pasiones” influyen en el cuerpo. Le siguieron, Teofrasto y Galeno. En fin, que no es nada nuevo la relación que existe entre nuestra mente y nuestro cuerpo. Sin embargo, así como las culturas orientales sí han sido conscientes de la importancia de dichas relaciones y lo han tenido en cuenta a la hora de cuidar la salud, nosotros, las culturas occidentales, no terminamos de creérnoslo. Sin embargo, gracias al trabajo en equipo de la medicina moderna, de la psicología y de la neurociencia, hoy sabemos que esta relación emoción-cuerpo es real e interacciona de forma importante (aunque todavía nos queda mucho por descubrir), influyendo en el bienestar físico y psicológico (la correlación es bidireccional).

Una prueba fehaciente de esta correlación y de que todavía nos queda camino por recorrer en la aceptación de la total integración entre mente y cuerpo, emoción y fisiología, se hace evidente cuando vamos al médico por alguna dolencia física (seguro que conocemos algún caso muy cercano), y después de hacernos las pruebas pertinentes (que es lo primero que hay que hacer, por supuesto) nos comunica el doctor que los resultados de las pruebas  son todos correctos, es decir, se descarta el origen físico del malestar. Entonces, nos dan tratamiento farmacológico para los síntomas, y dependiendo de éstos, se nos da una serie de recomendaciones (comer con moderación, no fumar, hacer ejercicio, no preocuparse…), todas ellas muy acertadas, pero muy genéricas (válidas para todo el mundo). Y aquí acaba la intervención, es decir, la salud pública no ha incorporado todavía la intervención del psicólogo (salvo casos extremos) cuando persisten los síntomas y las causas físicas han sido descartadas. Creo que es cuestión de tiempo, tranquilos, llegará.

Sin ánimo de asustar a nadie, pero sí de que seamos más conscientes de la importancia de su influencia (todavía desconocemos sí es causa o no, pero se ha demostrado que las emociones “negativas” participan decisivamente en el inicio y/o curso de un gran número de trastornos) aquí os dejo una pequeña lista de las influencias de estas mal llamadas “emociones negativas” (miedo, ira, ansiedad, tristeza) cuando éstas se dan de forma crónica, extrema o persistente, ya que de forma puntual o episódica, nos ayudan a prevenir peligros (inminentes y futuros) facilitando información muy útil al intelecto de la corteza cerebral. Se ha demostrado y se sigue investigando así mismo, que las emociones “positivas” (alegría, orgullo, gratitud, humor, amor, felicidad) influyen de forma positiva en el cuerpo (a éstas últimas dedicaré otro post):

  • Trastornos cardiovasculares: enfermedad coronaria, hipertensión esencial.
  • Trastornos respiratorios: asma bronquial, síndrome de hiperventilación.
  • Trastornos gastrointestinales: dispepsia funcional, úlcera péptica (gástrica o duodenal), síndrome de colon irritable, síndrome de intestino irritable, colitis ulcerosa, esofagitis.
  • Trastornos endocrinos: hipertiroidismo, hipotiroidismo, hipoglucemia, diabetes, enfermedad de Addison, síndrome de Cushing.
  • Trastornos dermatológicos: prurito, hiperhidrosis, urticaria, eccema, dermatitits atópica, psoriasis, alopecia areata.
  • Trastornos musculares: tics, temblores musculares, contracturas, alteración de reflejos musculares, lumbalgias, cefalea tensional, dolor miofascial, bruxismo.
  • Alteraciones del sistema inmunológico, como cáncer, evolución clínica del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, artritis reumatoide (actualmente la hipótesis inmunitaria es la que tiene más fuerza).

Vuelvo a insistir, en que lo primero que debemos hacer es ir al médico y descartar causas físicas. Cuando esto haya ocurrido, pensemos en la influencia de las emociones negativas, y tratemos de contrarrestar con emociones positivas (solos o con ayuda de otras personas). Se trata de tener un balance favorable a las emociones positivas cuando acabe el día (igual que debería haber un balance favorable al gasto energético frente al consumo de calorías).

Hasta pronto!