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¿LO NEGATIVO ES MÁS “PODEROSO” QUE LO POSITIVO?

Hace poco tuve el privilegio de asistir a una clase del Dr. en psicología, Enrique García Fernández-Abascal, referente actual de la investigación sobre emociones positivas.

En un momento de su intervención dijo:

El pensamiento positivo no es eficaz. Lo negativo “se come” a lo positivo.

Y continuó

El pensamiento positivo solo es eficaz cuando está bien cimentado sobre afecto positivo.

negativepower

 

¿Qué quiere decir esto?

Que si nos basamos única y exclusivamente en la disyuntiva “pensar en positivo” Vs “pensar en negativo”, se termina imponiendo el pensamiento negativo, porque:

  1. Si pienso que las cosas van a ir mal, no soy capaz de ver las cosas buenas e interpreto todo como negativo, lo que me lleva a emociones negativas que me impedirán pensar en positivo.
  2. Es ingenuo pensar que basta con pensar en positivo para que vaya todo fenomenal. Más pronto que tarde la realidad de la vida me va a hacer “aterrizar”.

Sin embargo, cuando hablamos de emociones positivas frente a emociones negativas es más poderoso el “afecto positivo”, entendiendo por “afecto” un término amplio que comprende emoción (sensación corporal intensa pero corta), sentimiento (experiencia mental de la emoción, de más duración pero menos intensidad) y estado de ánimo (sentimiento de larga duración sin causa concreta y muy baja intensidad).

De forma que si ese pensamiento positivo se deriva de un afecto positivo no será un pensamiento ingenuo, “sin fuerza o potencia”.

Porque para que el pensamiento positivo sea robusto y eficaz (es decir, que nos lleve a comportamientos positivos) es necesario desarrollar y ampliar nuestro afecto positivo recurriendo a todas las fuentes posibles.

Lo que ocurre es que esto no viene dado “de fábrica” o “tan estructurado” como las fuentes del afecto negativo, que son digamos “más abundantes” en cualquier contexto (personal, familiar y laboral).

Las fuentes del afecto positivo hay que trabajarlas mediante la voluntad.

Si nos tomamos en serio lo de ampliar nuestro afecto positivo estaremos “dotándonos” de recursos personales para hacer frente a posibles eventos o situaciones difíciles o problemáticas, fuente de emociones negativas.

Esto es así porque las emociones positivas amplían nuestras tendencias de pensamiento y acción, tal como explica el modelo científico de la Dra. Fredrickson.

TeoríaFredricksonEste proceso secuencial produce una transformación en la persona al ser capaz de vivir nuevas situaciones con mayor número de emociones positivas. No sé si me explico.

Y esta nueva capacidad de disfrutar vuelve a generar más recursos personales, creándose un bucle que va generando nuevas formas de afecto positivo.

Dicho de otra manera, si tratamos de “forzar” un pensamiento positivo pero nuestro estado de ánimo predominante es negativo, cualquier situación o acontecimiento negativo “nos va a dar tal bofetada” que se llevará de golpe ese pensamiento positivo.

Sin embargo, si trabajamos un estado de ánimo positivo (alegría, amor, humor, serenidad, calma…) podemos comunicar habitualmente de forma más agradable y asertiva, ayudar, colaborar, buscar soluciones creativas aportando valor (ampliamos nuestro repertorio de conductas) y al mantener ese estado hay menos posibilidades de que gritemos, insultemos, peguemos o cualquier otro tipo de hostilidad y agresión (restricción del repertorio negativo).

El pensamiento positivo junto al afecto positivo permiten construir recursos personales que, a su vez, nos permitirán afrontar las situaciones negativas de la vida de otra manera más satisfactoria.

Es decir, no se trata de denostar, evitar y neutralizar las emociones negativas (que son tan necesarias como las positivas) sino de saber afrontarlas y extraer su información correctamente.

De hecho, en los talleres sobre inteligencia emocional que imparto lo que hacemos es aprender a regular las emociones negativas y darle salida inteligente “decodificando” la información que nos envían (evitando que no se queden “enquistadas” y nos perjudiquen), potenciando además las emociones positivas como recurso de afrontamiento, disfrute y salud.

¿Dónde están esas fuentes de afecto positivo?

El profesor Fernández-Abascal nos proponía poner el foco en las siguientes fuentes de emociones positivas (en todas):

  1. Cosas u objetos (y su significado)
  2. Actividades
  3. Uno mismo
  4. Otras personas

1) Adquirir cosas es fuente de emociones positivas, así como el significado que represente para nosotros su adquisición.

2) Más interesante que lo anterior es realizar actividades. No solo por el mero hecho de hacerlas sino también por las capacidades o habilidades que adquirimos (aprender un idioma, tocar un instrumento, hacer deporte…).

3) Otra fuente de emociones positivas es lo referente a superarse a sí mismo afrontando un problema, dificultad o reto (inicialmente puede ser incómodo pero después es muy satisfactorio).

4) Por último, se considera la fuente más importante de emociones positivas lo referente a las relaciones sociales, realizando actividades de ocio conjuntamente o ayudando a otras personas. Regalando amor y alegría es más probable que recibamos amor y alegría.

Pero insisto, todas las emociones son necesarias, de lo contrario no estarían ahí. Lo saludable es saber manejar unas y otras para “que no se nos vayan de las manos”.

¿Y tú, ya trabajas todas las fuentes de las emociones positivas?

Si te interesa el tema, te dejo un vídeo del profesor Abascal, de unos 20′ de duración. Es de hace unos años, pero me ha parecido interesante.

Fuente imágenes: comunicaciónyrrhh.com

EMOCIONES “POSITIVAS”, ¿UNA PANACEA?

Desde que se habla por todas partes de la psicología positiva, del pensamiento positivo (que no es lo mismo que psicología positiva), de optimismo, etc., parece como que hemos caído en el “buenrollismo” que dicen algunos o el “don’t worry be happy” de otros, ignorando de forma tonta o ilusoria los problemas que nos afectan a todos y cada uno de nosotros, en mayor o menor medida.

emociones-positivas

Y es cierto que desde algunos foros pseudocientíficos, lamentablemente, se proyecta esta imagen surrealista (y digo lamentablemente porque hay mucha gente que se la cree e intenta pensar en positivo sin hacer nada más, frustrando sus esperanzas).

Pero quiero aclarar que desde la visión realista y científica de la psicología no hay nada más lejos de la realidad, ya que ésta es poliédrica y tanto lo que etiquetamos de “bueno” o “malo” forma parte de la vida y por tanto es susceptible de estudio científico.

Y esto es, precisamente, lo que hace la psicología; estudiar tanto la parte “buena”, salud o bienestar, como la parte “mala”, enfermedad o malestar del ser humano y su ambiente.

Lo que ocurre es que esta parte “buena” o del bienestar, al no haber sido estudiada hasta ahora y como casi todo lo nuevo, genera recelos, confusiones, y por qué no, atrae a charlatanes e intrusos para vender lo que la gente quiere oír. Pero es cuestión de tiempo el que cada cosa vaya al sitio que le corresponde, estoy seguro.

En un taller de Inteligencia Emocional y ventas, un alumno me decía: “es que yo me he separado de mi mujer hace poco y estoy cabreado, no puedo estar contento porque no puede ser, porque lo que me ha pasado es muy gordo”. Y en esto tenía razón porque un suceso vital como una separación o divorcio es un evento altamente estresor en algunos casos (en otros puede ser motivo de celebración), y necesita un periodo de “duelo” para aceptar y digerir la situación. Ahora bien, una vez pasado este periodo es conveniente potenciar las emociones “positivas” o agradables para dar un “empujón de energía” a nuestra vida.

Es decir, las emociones “negativas” o desagradables son necesarias, están ahí por una razón evolutiva y adaptativa. Y su reconocimiento, expresión y uso es necesario porque de lo contrario podemos enfermar. Recordemos que las emociones negativas de cierto impacto, no expresadas, realizan una “imprimación” en nuestro interior provocando en muchos casos enfermedades que pueden ir de leves (un catarro, alergia o eccema) a moderadas (una cistitis o prostatitis) y/o graves (un ictus o cáncer).

emociones positivas y negativas

Y aunque la inteligencia emocional es una habilidad que se estudia desde el prisma de la psicología positiva, ésta solo estudia la parte positiva o la dimensión de bienestar del ser humano. Sin embargo, la habilidad emocional incluye tanto el uso y manejo de las emociones “positivas” o agradables como las “negativas” o desagradables, porque ambas son necesarias.

Una vez dicho esto me gustaría enumerar, desde un punto de vista científico-práctico, algunos aspectos ya investigados de las emociones agradables o “positivas” (aunque todavía falte mucho por hacer):

  1. Favorecen la atracción social, la empatía y el apego
  2. Generan pensamiento flexible y creativo
  3. Favorecen la búsqueda de información y la curiosidad
  4. Generan más repertorios de conducta y productividad
  5. Favorecen la percepción de reto y la perseverancia
  6. Generan juicios más positivos hacia los demás y hacia uno mismo
  7. Mejoran la salud cardiovascular e inmunológica
  8. Reparan o contrarrestan estados de ánimo negativos

emociones-positivas-abascal

Ahora bien, ya decía Aristóteles en su obra “Ética a Nicómaco”, que en el término medio está la virtud. Un exceso de emociones “positivas” o agradables también puede ser perjudicial dependiendo del contexto (ya hemos visto los excesos de los créditos hipotecarios fruto de la euforia, por ejemplo). Por eso es clave desarrollar la inteligencia emocional, para conocer y reconocer nuestras emociones a corto y largo plazo, adaptándolas de la forma más inteligente posible a las situaciones y estímulos de nuestro día a día.

Hasta pronto!

Fuente imágenes: intervencion-psicoterapeutica.com; magazine.es
                 psicologia-positiva.com

Gestionar emociones en la empresa, ¿de verdad sirve para algo?

Cuando hablamos de emociones en las organizaciones, muchos empresarios y directivos “se tiran un poco para atrás” diciendo (o al menos pensando) que es una tontería hablar de emociones en el trabajo, puesto que el trabajo en la empresa es algo racional, muy racional. Se viene, se trabaja, se cobra y vuelta a empezar.

Y en cierto modo, llevan razón. Así es, o mejor dicho, así era, pero el mundo ha cambiado. Cuando una persona firma un contrato de trabajo por cuenta ajena con una empresa donde se estipula el trabajo que tiene que realizar y el salario que va a recibir a cambio, no debería haber más impedimentos para que empleador y empleado cumplan su objetivo, si fuéramos tan racionales como creemos.

Pero resulta que hemos descubierto, gracias a la ciencia, que el ser humano no es racional, sino que somos seres emocionales con capacidad para razonar. Y esto explica por qué no basta con tener un contrato racional firmado y con razonar cada vez que surge un problema para que todo vaya sobre ruedas en las organizaciones.

Es decir, es biológicamente imposible dejar las emociones a un lado y utilizar solo la parte racional. Somos un todo integrado. No vale eso de aquí se entra (y se sale) del trabajo en el horario pactado, se trabaja, se cobra y vuelta a empezar. Todo mecánico, racional, frío y calculado. No somos robots.

Pero claro, cuando además el trabajo que hay que realizar es poco “manual” y muy “mental” (comunicación, marketing, ventas, consultoría, dirección de proyectos, soluciones tecnológicas complejas, software, etc.) es más complicado definir de manera tácita las tareas concretas, la función, el rol, o el horario de trabajo (sobre todo si hay que cumplir objetivos).

Entonces entran en acción habilidades cognitivas, como la gestión inteligente de las emociones en nosotros mismos y en los demás, que es clave para llegar a los objetivos propuestos, para adaptarse a los cambios que suceden de manera imparable, para adaptarse a la realidad de cada día, para lidiar con la incertidumbre y para liderar equipos de trabajo muy cualificados. Es cuando se hace imprescindible la gestión de los estados emocionales, ya que éstos son el chasis que dará soporte a todo el engranaje organizacional, para que éste no se venga abajo.

Para entendernos, la gestión inteligente de los estados emocionales es tan imprescindible como la gestión inteligente de los estados financieros. Y cuando hablo de estados emocionales no me refiero a emociones puntuales, esporádicas y extremas, como explosiones de ira, rabia o tristeza (que también hay que prestarles la debida atención porque son signo evidente de problemas).

Es algo mucho más tenue pero muy potente y tremendamente devastador para la empresa si no se gestiona adecuadamente y a tiempo: los sentimientos de fondo, el estado de ánimo colectivo, el clima organizacional, que no es otra cosa que la percepción general que tienen los empleados de la empresa (de su cultura, su gestión, su rumbo). Cuando la organización detecta que la mayoría de empleados no tiene interés en asumir retos, adaptarse a los cambios, estando sumidos en una especie de resignación colectiva, quizá es demasiado tarde. No obstante, como en cualquier problema, lo importante es detectarlo, aceptarlo y hacer algo al respecto para solucionarlo. Y aquí toma protagonismo la alta dirección de la organización o la gerencia en caso de una pequeña empresa.

Hoy sabemos que las emociones “se contagian” como si fueran un virus. ¿Y por qué se contagian? Pues porque somos seres sociales y hemos desarrollado la capacidad adaptativa de detectar emociones en los demás a través de circuitos neuronales que facilitan la empatía y activan esas mismas emociones en nosotros mismos. El primer trabajo a realizar por parte de la dirección de la empresa es tratar de detectar el origen del virus. Puede que esté en un empleado (o más de uno), pero puede también que el virus lo tenga el propio directivo. Después hay que aplicar el tratamiento correspondiente, que puede ser una simple conversación para averiguar el problema de fondo de la persona origen del virus y resolverlo, o puede llegar a ser un problema de analfabetismo emocional, siendo en este caso necesario, un proyecto de desarrollo en esta línea (tanto para directivos como para empleados, sobre todo los que están en contacto con clientes).

En realidad, las necesidades emocionales de las personas son “muy sencillas”. Básicamente necesitamos que se nos tenga en cuenta, necesitamos un poco de afecto, un poco de reconocimiento (y un sueldo justo sin agravios comparativos). Si el jefe, líder, directivo, gerente, o responsable de equipo, solo pone encima de la mesa los objetivos de la empresa sin tener en cuenta qué piensan y que sienten las personas que tienen que conseguirlos, ya partimos de una base errónea que obstaculizará la consecución de los objetivos.

Si preguntamos a las personas cuáles son sus objetivos particulares (incluso sus sueños) y en qué medida la empresa les puede ayudar a conseguirlos a través del trabajo y dentro de la estrategia corporativa, la cosa cambia radicalmente. Si además vamos dando feedback sobre el desempeño (sin recriminar a la persona y centrándonos en la conducta) y dejamos que cada empleado tome decisiones (que se sienta responsable de verdad), estaremos creando las circunstancias para que surja la motivación intrínseca, la más poderosa que existe. Después, una vez llegado a un acuerdo, ambas partes tendrán que respetarlo mutuamente, ya que cualquier violación del mismo supondrá la ruptura de esa vinculación psicológica o engagement recíproco entre empleado y empleador, directivo o responsable.

Esta es una de las posibles razones por la que, paradójicamentemuchas empresas punteras en su sector, innovadoras, creativas, fuertemente capacitadas técnicamente, con gente muy responsable, disminuye su rendimiento y sus resultados. El estado anímico y la motivación de su gente está a niveles excesivamente bajos. Las personas clave de la organización hacen su trabajo, cumplen, pero sin pasión, y eso se nota y pasa factura en los resultados, porque sus emociones (que son la gasolina que las impulsa) no han sido tenidas en cuenta durante mucho tiempo.

Como vemos, la gestión de los estados emocionales en la empresa, no solo sirve para algo, sino que ya es imprescindible en el siglo XXI. No tenerlo en cuenta es historia, es jugar en desventaja, es dejar coja la organización, es conducir con un ojo tapado, es no ver más allá de las narices. Como nos cuenta  Antoine Saint Exupery, en “El Principito”, lo esencial es invisible a los ojos.

Hasta pronto!

Resumen charla-taller “La crisis desde la Psicología Positiva”

En la charla-taller del pasado jueves 20 de octubre, tenía principalmente tres objetivos:

1) Pasármelo bien, básicamente porque si yo no me lo pasaba bien, no conseguiría que los demás lo hiciesen 🙂

2) Que los asistentes disfrutaran

3) Que todos aprendiésemos algo para llevárnos a casa

Yo me lo pasé genial y aprendí mucho. Y muchos de los asistentes creo que también. Aquí teneis las diapostivas que usé para este evento.

El mensaje que quise transmitir era en primer lugar, que la psicología positiva es psicología científica, que retoma el estudio de algo que ya era su objetivo a principios del siglo XX: mejorar la vida de las personas “normales” potenciando aquellos aspectos de su conducta, pensamientos, y emociones, que interactuando con el entorno, le sirven para adaptarse y desarrollarse como persona, contribuyendo a su bienestar físico, mental, y social (y puede inspirar a la gente que le rodea). Esta perspectiva de la psicología es impulsada por Martin Seligman en sus inicios.

Dije también que la psicología positiva no tiene soluciones mágicas para las crisis, y que de hecho esta crisis la ve como lo que es, una crisis galopante que está deteriorando la vida de muchas personas que no estaban preparadas (intelectual y/o emocionalmente) para esta situación, pero que la psicología positiva nos brindaba una serie de herramientas que usadas correctamente, con paciencia y perseverancia, nos sirven para mejorar nuestra situación poco a poco (y siempre en la dirección que elijamos).

Hablamos en esta ocasión, de optimismo inteligente y emociones positivas. Con respecto al optimismo, dije que tanto el optimismo como el pesimismo es una “distorsión” cognitiva de la realidad, puesto que ningún ser humano puede ver la realidad tal como es, sino a través de la construcción analógica que realizan nuestros cerebros, y filtrando además por creencias, valores, expectativas, experiencias, cultura, ilusiones, etc. Para mí no existe la persona “realista” sino el “constatador de hechos” puesto que una vez ponemos valoración subjetiva a esos hechos estamos distorsionando la realidad con nuestra perspectiva, que por supuesto desde ella, tendremos razón, nuestra razón.

La psicología positiva ha descubierto que la “distorsión” optimista inteligente (la que es consciente de los problemas y los obstáculos que vivimos, y aun así espera lo mejor) es la más eficaz de cara a una vida más satisfactoria para la persona, puesto que el optimismo inteligente nos dispone a ACTUAR (con mayúsculas) para prevenir y superar los obstáculos antes y después de que aparezcan, activándonos para perseverar hacia nuestro objetivo o meta. Para ello, hablamos de que debemos tener metas alineadas con nuestro estilo personal, con nuestro talento natural, el cuál hay que descubrirlo trabajando intensamente sobre nosotros mismos (reflexión y autoconocimiento) si es que lo desconocemos (que suele ser lo habitual).

Hablamos de felicidad un poco por encima, diciendo que la felicidad es un concepto amplio, global, que supone una valoración positiva de nuestra vida, en general, y a pesar de los problemas y vicisitudes que vivimos todos en mayor o menor medida. Para contribuir a este bienestar subjetivo que supone la felicidad, una de las cosas que podemos hacer es fomentar las emociones positivas (aunque no hay emociones buenas o malas, ya que todas tienen una función adaptativa). Hablamos en primer lugar de eliminar estados de ánimo negativos crónicos (ira, ansiedad, tristeza, pesimismo, etc.), así como los estímulos negativos que provocan o facilitan esos estados de ánimo negativos (evitar a las personas tóxicas o no darles conversación, no ver el telediario -solo dan las peores noticias del día-, evitar el lenguaje negativo, etc.).

Seguimos hablando de cómo facilitar las emociones positivas, cuidando el cuerpo y la mente -todo es uno-. Debemos hacer ejercicio físico aeróbico, al menos media hora, casi a diario. Nuestra alimentación debe ser equilibrada, evitando aquellos alimentos desnaturalizados industrialmente. Descansar, escuchar música, sonreir mucho, usar un lenguaje positivo, etc.

Finalmente hablamos que para conseguir algo debemos poner en marcha el método MTC (¡Mueve Tu Culo!), es decir, actuar, llevar a la práctica (no olvidemos que acumular conocimiento y no ponerlo en práctica sirve de bien poco). Para ello yo recomendaba empezar teniendo un PEP (Plan Estratégico Personal). El PEP es como un mapa de ruta, en el que marcamos un camino. ¿Cuál? El nuestro, el que está alineado, relacionado, y encaja con nuestro talento natural, con aquello que se nos da bien hacer sin esforzarnos demasiado. Esto no es fácil de descubrir en la mayoría de las veces, pero merece la pena el esfuerzo (a mí me costó una año, por ejemplo). Debemos ponernos plazos de consecución, pero sin agobiarnos, sin presionarnos excesivamente para no generarnos ansiedad, y con licencia para hacer cambios o algunas modificaciones por el camino. Algunos de esos objetivos deben ser desarrollar ese talento natural, porque una cosa es tenerlo y otra exprimirlo y sacarle jugo para nuestro beneficio y el de los demás, claro está.

Para finalizar, leimos todos en pie, al mismo tiempo, y con mucha energía,  la famosa frase de Albert Eisntein (con una pequeña adaptación que hice): “La verdadera locura es hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes”.

Antes de despedir este Post, quiero agradecer la asistencia a todos los que vinísteis (entre 25 y 30 personas), y a los que no pudistéis asistir deciros que no os preocupéis, haremos más y mejores eventos. La foto que aparece en la cabecera de este post es cortesía de Paco Bolós, y fue tomada unos minutos antes de comenzar. Como dice la gran Maty Tchey (se te echó de menos, amiga) convertí el miedo escénico en vértigo alucinante.

Hasta pronto!

Ejercicio físico, autopista al cerebro emocional.

Hasta hace pocos años, sabíamos que hacer ejercicio físico de manera habitual era muy bueno para nuestro cuerpo, y a lo sumo, sabíamos que hacía “sentirse bien” a la persona que lo realizaba.

Hoy, gracias a la colaboración de la psicología, la medicina, y las neurociencias, sabemos que el ejercicio físico impacta de forma directa sobre nuestro cerebro, y por lo tanto, nuestra mente.

Esta “gap” entre la investigación de los efectos del ejercicio sobre el cuerpo y la mente, viene en parte derivado del “error de Descartes” al creer que cuerpo y mente eran dos entidades separadas e independientes. Todavía hoy nos cuesta un poco creer que cuerpo y mente sean dos caras de una misma realidad, pero así lo ha demostrado la investigación científica,  y por lo tanto esa imbricación entre mente y cuerpo provoca inevitablemente que se influyan mutuamente.

De esta manera, sabemos por ejemplo, que el ejercicio físico es una conexión directa a nuestro cerebro emocional o cerebro límbico. Por un lado, los hipocampos (estructuras del cerebro emocional) se ven afectados positivamente por el efecto del ejercicio, y dado que algunas de sus funciones son regular el aprendizaje (memoria) y la orientación espacial, éstas se ven mejoradas. Y por otro lado, aunque queda investigación por realizar, la estimulación de los hipocampos se asocia al incremento de la segregación de endorfinas, que es una especie de opiáceo natural que generan nuestras neuronas y que se relaciona con el bienestar psicológico. Ésto, a su vez, influye postivamente en las estructuras amigdalinas del cerebro, claves en el aprendizaje emocional, así como en la regulación del miedo y sus derivados (ansiedad, distrés, etc.).

Se ha demostrado que las emociones positivas y el bienestar psicológico también mejora nuestra capacidad de pensar, al “ceder el control” al lóbulo frontal (encargado entre otras cosas, de la imaginación y el pensamiento), por parte del cerebro emocional. La investigación realizada hasta el momento, aunque se deben realizar más esfuerzos en ello, también ha demostrado la relación entre sentimiento positivo o bienestar y la potenciación de la eficacia de nuestro sistema inmunitario ante agentes infecciosos, virus y cáncer.

Por todo ello, es “obligatorio” si queremos mejorar nuestra calidad de vida (presente y futura), hacer al menos media hora de ejercicio aeróbico al día (andar rápido, correr, nadar, pedalear…), al menos 3 ó 4 días por semana. También es excelente sustituir el ascensor por las escaleras, cuando no vayamos muy cargados.

Yo nunca había hecho ejercicio físico de manera regular. Llevo haciéndolo desde hace 3 años, y la verdad es que “NO HAY COLOR”.  El bienestar físico y mental no tiene precio. Lo recomiendo encarecidamente. Si no terminas de convencerte, te invito a hacer un ejercicio de observación y reflexión durante una semana: observa lo que hacen y lo que dicen las personas de tu entorno que no hacen ejercicio físico (sobre todo a partir de los 35 ó 40 años) y compáralo con lo que hacen y dicen personas que conozcas que sí hacen ejercicio a diario (si no conoces, será buen momento para crear nuevas relaciones). Deberás comprobar que las personas que hacen ejercicio físico regularmente, por lo general son más vitales, más optimistas, tienen mejor humor, y parece incluso que le van mejor las cosas, o al menos no se quejan tanto a todas horas. Pero saca tus propias conclusiones. Y si quieres me lo cuentas.

Hasta pronto!