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En el “Paro”, no paro.

Parado2Hace 27 días que entré a formar parte de esa gran familia que llamamos “parados” (aunque este adverbio no es correcto técnicamente. El termino correcto sería “desempleado”, es decir, sin empleo o trabajo remunerado).

Porque el “Parado” no tiene empleo, pero tiene trabajo: buscar empleo.

Pero ¡ojo!, hay que salir a buscar empleo, no a pedir trabajo. Es cuestión de actitud hacia nuestros conocimientos, competencias y habilidades. Es decir, del valor que otorguemos a nuestra historia laboral, y por lo tanto, del valor que nos otorgamos a nosotros mismos como profesionales. Si crees que tus conocimientos, competencias o habilidades no están desarrolladas como para ponerlas en valor, fórmate, desarróllate. Hoy tienes montones de oportunidades en este sentido. ¡No las desperdicies!

Como decía Martin Luther King Jr., en su discurso más famoso de 1963, ¡I have a dream!. Tener un sueño es lo primero que debemos plantearnos para ponernos en marcha cada día con energías renovadas. Después, convertirlo en una meta, y ésta en objetivos progresivos que nos acerquen a él, al sueño. Y lo más importante, ¡acción, acción, acción!

Hace tiempo escribí un post sobre el bienestar psicológico que proporciona tener metas. Gracias a la Psicología, hoy sabemos que tener metas proporciona dirección y significado a nuestra vida; y esto nos proporciona bienestar, felicidad, motivación.

El autoempleo también puede ser una meta. En mi caso, me he inclinado por esta opción. Tras estudiar informática y estar 23 años trabajando por cuenta ajena, 2 años como empresario en sociedad, una licenciatura en Psicología del Trabajo y las Organizaciones, y muchas horas de formación adicional (y las que me quedan), ahora decido ser profesional indenpendiente o freelance, que en inglés parece más importante, ¿verdad?

Por supuesto, abierto a las colaboraciones justas, coworking (fair cooperation). Es por ello que ya me considero “Psicólogo Consultor, Formador y Speaker” con capacidad para ayudar a empresas, profesionales, asociaciones, colegios profesionales y particulares, impartiendo talleres, seminarios y conferencias de desarrollo personal y profesional con el objetivo de mejorar un poquito la vida, el rendimiento y la productividad de mis clientes.

Pues eso, que desde el día 1 de julio no he parado. Llevo más de 7 reuniones presenciales, montones de mails, varias llamadas telefónicas, redacción de documentos, etc.

Lo más importante, aterrizar en la realidad. Esto es lo que me está suponiendo toda esta actividad durante estas 4 semanas. Amigo mío, amiga mía, es fundamental que nuestro sueño tome contacto con la realidad, es decir, que cuentes tu sueño a la gente, a cuanta más mejor, sabiendo de antemano que vas a poder recibir “golpes”.

Sabiendo discernir entre “regalos envenenados” y “regalos con criterio”. ¿Por qué?, porque deberás desechar los primeros y tomar los segundos. Éstos te van a ayudar a “pulir” tu sueño, a adaptarlo a la realidad, a vestirlo con ropas de calle (marketing y publicidad), a adaptar tu discurso comercial, a aprender a rebatir posibles objeciones, etc.

En definitiva, a poner a punto tu flamante “deportivo” para ponerlo en la pista de competición. Porque no lo olvides, entramos en competición con más deportivos y tenemos que estar preparados. Claro que también debemos tener en cuenta algunos “inconvenientes” del autoempleo.

¿Y tú? ¿Estás parado/a, o solo desempleado/a?

Hasta pronto!

Viñeta de Forges.

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Magneto, Miedo y Productividad

miedo en el trabajoHistóricamente, el miedo ha sido una “técnica” utilizada por algunas personas para conseguir que otra persona haga algo en contra de su voluntad. Y tradicionalmente, en un porcentaje muy elevado de empresas, también se ha usado el miedo (y se usa) para que los empleados trabajen más horas, asuman más tareas de las que pueden asimilar, etc. (sustituye tú el “etc.” por lo que quieras), siendo el castigo en caso de no aceptar, el despido, obviamente.

Pero como está mal visto socialmente reconocer explícitamente que se usa esta “técnica”, muy pocos directivos o líderes se atreven a verbalizarlo públicamente, pero no por ello deja de ser, por desgracia, algo muy presente en las organizaciones actuales (ahora más, con la excusa de la crisis).

El desastre viene cuando los denominados “líderes” se convierten (yo creo que de manera inconsciente) en “súper héroes” en pro de una causa justa (la empresa), al estilo Magneto.

Al igual que este malvado súper héroe, los directivos que asumen esta forma de actuar tienen síntomas evidentes de su “locura”:

  • Megalomanía
  • Un objetivo loable: “Salvar” la empresa.
  • Always on. Están las24h. “al servicio” de la empresa.
  • No valoran al que es diferente a ellos.
  • Ensalzan al que les sigue la corriente, no dándose cuenta de que les toma el pelo en muchas ocasiones.
  • Monitorizan los movimientos de los simples mortales (los empleados).
  • “Interpretan” negativamente con frecuencia, los gestos, comentarios, o conductas habituales de los demás, como llegar tarde 10 minutos (aunque después se acabe trabajando más horas -en la oficina o en casa-).
  • Desconfían de casi todo el mundo (no están “a su nivel”), por lo que no pueden delegar tareas (por eso son “always on”)

Pero ahora viene lo grave. A pesar del miedo que inyectan en la mayoría de empleados (afortunadamente hay quien sabe afrontar esta emoción), y que a corto plazo supone un incremento de horas de trabajo de los empleados, su conducta es totalmente dañina para la empresa, aumentando las posibilidades de que los empleados sufran estrés en niveles peligrosos para la salud, ansiedad, burnout, desmotivación, provocando un aumento de absentismo, bajas laborales, fugas de talento, etc. Es decir terminan consiguiendo justo lo contrario.

Es la paradoja del héroe organizacional. Cree que si no está él, la empresa no produce. Pero precisamente, lo que ocurre es, que si está él, la empresa produce menos. Y esto es especialmente grave en las empresas cuyo motor de producción es la creatividad de su gente, la imaginación, la puesta en marcha de ideas. En definitiva, cuando la herramienta principal de trabajo es la mente, el intelecto.

La Neurociencia ha demostrado con imágenes, que cuando hay una emoción poderosa en nuestro cerebro, como es el miedo, el riego sanguíneo en la corteza prefrontal (sede del pensamiento complejo, la creatividad, la planificación y la atención, entre otras funciones de orden superior) disminuye en favor de áreas más profundas del cerebro, sede de funciones más primarias, con el objetivo de poner en marcha acciones que “salven” la vida del individuo. Pero claro, esto en la selva, en las cavernas, nos venía fenomenal. En la empresa es nefasto para la productividad.

Si los directivos del siglo XXI, en especial de este tipo de empresas cuyo motor de negocio es el capital intelectual de sus empleados, conociesen el funcionamiento psicológico de las personas ante determinadas emociones, seguro que cambiarían la estrategia de liderazgo.

Basarían su estrategia en potenciar las emociones positivas, para promover un clima organizacional positivo, provocando un aumento del riego sanguíneo en la corteza prefrontal del cerebro de sus empleados. Esto ampliaría el pensamiento, la creatividad, las buenas ideas, la planificación y la ejecución de calidad, consiguiendo el tan ansiado aumento de la productividad y de los resultados económicos. Además focalizarían su estrategia en aumentar la calidad de las horas trabajadas, y nunca la cantidad de las mismas. ¿Por qué? Porque sobrepasadas las 8 horas de trabajo intelectual, la productividad baja, no sube, incrementándose también la posibilidad de cometer errores que cuestan dinero.

Las empresas inteligentes del siglo XXI que sobrevivirán a la crisis serán las que quieran convertirse en Organizaciones Saludables (tal como nos muestra la Psicología Positiva), dotando a sus empleados de los recursos organizacionales, grupales e individuales para prevenir los riesgos psicosociales que tanto azotan sus cuentas de resultados con continuas bajas, faltas al trabajo, bajo rendimiento, desmotivación, burnout, fugas de talento, etc.

¿Te suena de algo todo esto?

¿Vas a hacer algo para que tu organización sea más saludable y positiva? ¿O vas a obligar a tus empleados a trabajar más horas y a que vengan “motivados” de casa?

Hasta pronto!

Foto obtenida de http://www.cnnexpansion.com/mi-carrera/2009/09/30/controla-tu-miedo-a-perder-el-trabajo

Tú sí que vales

¿Te sientes culpable, o al menos afligido o afligida cuándo te dicen que has hecho algo mal, o cuando no haces algo que deberías hacer, o cuando te sale algo mal? ¡Pues bienvenido al club! A mí me pasa lo mismo (aunque ahora estoy  en proceso de mejora), especialmente cuando me lo dice una persona significativa y que yo considero de autoridad (padre, madre, jefe, profesor, etc.), siendo además la clave del “disparo” del malestar el lenguaje no verbal usado o percibido (entonación culpabilizadora de la voz, enfoque recriminatorio, con sentido agresivo, o irónico, etc.), incluso cuando no haya sido ese el propósito de la otra persona.

El problema es que ese sentimiento de culpabilidad no es un sentimiento positivo en el sentido de que nos impulsa a reparar y compensar el daño hecho (si es que lo ha habido), ya que no hay otro daño psicológico que reparar que el nuestro propio, con lo cual, el sentimiento añadido de impotencia y no saber qué hacer produce un malestar que va minando nuestra autoestima,  convirtiéndonos en personas con poca esperanza de llegar a destacar en nuestros talentos naturales, que bien seguro, todos tenemos al menos uno.

¿Y por qué nos sucede esto? Bueno, pues puede haber varias causas o factores relacionados. En general, se debe al autoconcepto que hemos desarrollado por el aprendizaje (experiencias) que hemos tenido, sobre todo en nuestra infancia y adolescencia. Si hemos recibido todos los días mensajes, de personas significativas para nosotros, en tono recriminativo o cupabilizador del tipo “¿no te da vergüenza lo que has hecho?”, o “eres un inútil, todo lo haces mal”, o “quita, ya lo hago yo, que tú eres muy torpe”, etc., hemos incorporado a nuestro conjunto de creencias que somos un ser “monolítico” o unidimensional, que hagamos lo que hagamos, estamos reflejando siempre lo que somos en esencia (“self” de William James), sin tener en cuenta para nada que estamos interactuando con un contexto determinado, en una situación dada, en una actividad o acción determinada, que pudiendo salirnos mal o no teniendo una aptitud o talento natural para esa actividad (o simplemente falta de hábito o experiencia) es algo totalmente independiente de otra situación, en otro contexto, con otra actividad o acción  que sí sabemos hacerla de maravilla. Es decir, que estamos atribuyendo a nuestro valor como persona, lo que hacemos; si hacemos algo bien, somos valiosos; si hacemos algo mal, no valemos un pimiento. Ignorando que no es ni lo uno ni lo otro. Nuestro valor como persona es totalmente independiente de lo que hagamos.

Y esto que nos dicen las personas que nos aprecian, lejos de la intención de hacernos daño, hace un daño tremendo, brutal, devastador para la persona que lo recibe. Si las personas que nos quieren supieran el impacto de esos mensajes, no lo harían, seguro que no, ya que ese tipo de experiencia, erosiona y malforma nuestro autoconcepto y nuestra autoestima, y va a obligarnos a luchar ferozmente en nuestra edad adulta contra los estímulos que nos van a llegar de un modo u otro desde otras personas en otros contextos (universidad, empresa, asociaciones, grupo de amigos, etc.), y que aunque sean más suaves y no tan explícitos, van a disparar en nosotros por asociación, ese malestar cognitivo y afectivo, y lo vamos a pasar mal, muy mal, sin necesidad.

A partir de aquí, tenemos dos opciones: “tirar la toalla” y asumir que “somos así”, o iniciar un proceso de “limpieza interior” para sustituir esas creencias por otras más positivas que nos ayuden a desarrollarnos correctamente como persona. Este proceso autorreparador, dependiendo de nuestra fortaleza psicológica de base,  lo vamos a poder hacer de forma casi autónoma, o nos tendremos que poner en manos de un profesional de la Psicología.

De momento, y para nuestra tranquilidad, decirte que no somos seres “monolíticos y unidimensionales”. De este modo, el autoconcepto tiene una estructura multidimensional. Es decir, que si yo me defino por numerosos aspectos de mi vida, como los roles que mantengo (padre/madre, trabajador(a), esposo(a), socio(a), maestro(a), amigo(a), tio(a), estudiante, etc.), las actividades que hago, mis relaciones con la gente, intereses, metas, etc., de forma que la imagen global que tengo de mí mismo (mi autoconcepto) tiene todos estos aspectos bien diferenciados, puedo comprender que en unos ámbitos de mi vida lo haga mejor y en otros peor, no teniendo nada que ver con mi valor como persona. Además, cuanto mayor sea mi capacidad de diferenciar cada aspecto de mi vida, más inmune seré a los “fracasos” en una actividad determinada, puesto que no haré una generalización al resto de mi vida y de mi persona, y por lo tanto no pensaré que “soy” un desastre como persona, sino que simplemente tengo que mejorar en ese aspecto de mi vida. Y esto me hará sentirme bien y me facilitará la mejora.

De esta forma, puedes “cagarla” en el trabajo, y ser un padre fenomenal. O te pueden ir mal las matemáticas y ser un crack en filosofía, o en los trabajos manuales. O puedes ser un desastre como vendedor y un fuera de serie com profesor. Y no por ello va a variar tu valor como persona, que sigue siendo incalculable (mientras no le hagas daño a nadie, por supuesto). De esta forma, podrás mejorar la actividad en la que obtienes peor resultado, mejorando tus competencias en ese sentido, si así lo deseas. Y todo ello sin sentirte mal, sin sentirte culpable, ni afligido o afligida.

En definitiva, que tú sí que vales.

Espero haberte ayudado. Para mí, la escritura de este artículo ha sido una experiencia catalizadora y terapéutica.

Hasta pronto!

Doctor, me duele la mente.

Si la mente fuera física, iríamos con toda normalidad al médico de cabacera, y le diríamos: “Doctor, llevo varios días que me duele mucho la mente, no puedo ni moverme”, a lo que podría seguir una conversación parecida a esta:

-Doctor (D): “¿Desde cuándo le duele?”
-Paciente (P): “Desde hace mucho, unos 20 años más o menos, lo que pasa es que nunca me ha dolido tanto como ahora”.
-D: “Déjeme que le ausculte”.  El doctor saca su fonendoscopio, lo aplica en la cabeza del paciente, y dice: “Vaya, vaya, oigo un sonido extraño, debe tener inflamado algún pensamiento. Le voy a recetar “Ibupropienso” para atenuar los síntomas. No obstante, le voy a enviar también al especialista, al psicofisiólogo“.

El paciente va al psicofisiólogo(E), y la conversación transcurre más o menos así:

-E: “Tengo el informe de su médico y después de leer todo el documento, creo que podría usted tener “pensamientitis”, o “emocionitis”, así que le vamos a hacer unas pruebas. Le voy a pedir un EEG, una RMf, un EOG, y una MEG“.

Pasados unos días…

-E: “Bien, ya tenemos los resultados”. El doctor saca un sobre del archivador. “Mire, tiene usted varios pensamientos negativos recurrentes atravesados, ¿los ve? aquí, son estas manchitas que aparecen. Además, tiene la autoestima muy pequeñita, se ha reducido un 20% por debajo de su tamaño natural, es esta bolita que se ve aquí en el centro de la mente. Pero lo que más me preocupa es que el indicador de los pensamientos negativos recurrentes lo tiene a 250, cuando lo normal es 80. ¿Tiene usted antecedentes en su familia de hipernegativismo?. Espero que no suba más, porque podrían obstruir la arteria inmunitaria, reducir sus defensas, y aumentar las posibilidades de infecciones graves”.
-P: “No me asuste, Doctor. ¿Tan mal estoy?”.
-E: “Bueno, tiene usted “pensamientitis”, “hipoautoestima”, “hipernegativismo”, y “empatrosis” (desgaste de la empatía). Una cosa le ha llevado a la otra. Tenía usted que haber venido antes. Vamos a intentar reconducir la situación, aunque ya le he dicho que si se inflaman más los pensamientos negativos, baja la autoestima, y la empatrosis se extiende, podrían aparecer creencias irracionales, fobias, ansiedad extrema, necesidad de control exacerbado, u otras alteraciones fisiológicas. Entonces habría que operar, pero no adelantemos acontecimientos. Por lo pronto, la “piensamientitis hipernegativa” le está bloqueando el conducto emocional, y obstruyendo las arterias de las relaciones sociales. ¿Ha notado algo raro en sus relaciones con los demás?”

-P: “Sí, la verdad es que ahora que lo dice, últimamente no saludo a nadie, desconfío y me irrito con facilidad”.

-E: “Le voy a dar un tratamiento farmacológico para paliar lo síntomas, pero la verdadera solución para sanar y que todo vuelva a la normalidad es hacer rehabilitación a diario: tiene usted que saludar a las personas (al verse y al despedirse), escuchar empáticamente y dejar de ver a los demás como una amenaza. Esto hará que pueda confiar un poquito más en los demás, y sobre todo en usted mismo, para no aferrarse a un control exacerbado que le desequilibra, y le hace demasiado perfeccionista. También practicará no hacer nada todos los días durante al menos 20 minutos (nada fácil, pero lo conseguirá si es perseverante). Además, no dejará de aprender todos los días, tiene usted que prepararse bien, porque viene una epidemia de nuevos virus llamados “nuevaeconomiaglobal” y “eltrabajoseguroseacabó”, que van a dejar fuera de combate a los que no se adapten a nuevas situaciones”.

Si la mente fuera física, todo el mundo iría al psicólogo con total normalidad. Y es que, en realidad, la mente es física puesto que no es ni más ni menos que la actividad del cerebro. Así que, debemos ir dejando de lado la creencia irracional de que ir al psicólogo es porque uno está loco, y teniendo la certeza de que el psicólogo es un especialista de la mente y la conducta, que puede mejorar nuestra adaptación a los cambios inevitables que ocurren en nuestra vida personal, laboral, académica, y social.

Hasta pronto!

El depósito de la vida.

La moderna neurociencia ha demostrado que, René Descartes, hace unos 400 años, se equivocó al pensar que mente y cuerpo son independientes. Si no se hubiera equivocado, los estimulos negativos a los que estamos sometidos a diario, hoy en día, tendrían escaso o nulo impacto en nuestro cuerpo.

Pero la realidad no es esa. Hoy sabemos que las noticias que escuchamos a diario en radio, televisión o prensa, y que luego son repetidas constantemente por las personas que nos rodean y por nosotros mismos, y que suelen ser un 90% negativas (crisis, paro, corrupción, violencia, enfermedad, terrorismo, etc.), provocan un impacto emocional negativo crónico (tristeza y ansiedad) a través de los mecanismos del estrés, que es repercutido a nuestro cuerpo, o somatizado.

Nuestras emociones influyen en nuestro cuerpo mediante la activación de la glándula pituitaria, o hipófisis, bajo la influencia del hipotálamo. La hipófisis segrega diversas sustancias, entre ellas, una hormona llamada ACTH, que una vez vertida en el torrente sanguíneo, alcanza su objetivo, las glándulas suprarrenales. Éstas a su vez, segregan otras hormonas, como la adrenalina, noradrenalina, y cortisol, que provocan un aumento en nuestros niveles de presión sanguínea, de glucosa en sangre, del ritmo cardiaco,  de la tensión arterial, y lo que es peor, una reducción o limitación del funcionamiento del sistema inmunitario. Todo ello, porque nuestro cerebro entiende que estamos enfrentándonos físicamente a algún peligro para nuestra supervivencia y necesitamos el máximo de energía en nuestras extremidades para poder enfrentarnos con éxito (o huir).  Parece ser, que nuestro organismo funciona así desde hace unos 100.000 años, ya que nuestro sistema nervioso no entiende (todavía) de asfalto, hipotecas, paro, prisas, etc., para poder emitir otro tipo de respuesta más adaptativa.

Como vemos, la conexión mente-cuerpo, no es “mágica”. Hay una conexión física entre pensamientos, sentimientos y el resto de órganos internos. Los siento, los incrédulos, tendrán que hacerse a la idea de que sus pensamientos negativos, provocan sentimientos negativos, con repercusiones negativas en su cuerpo. Vale, pero ¿cómo podemos saber si esto nos está ocurriendo a nosotros o a quienes tenemos cerca? Pues para saberlo,  podemos observar situaciones bastante reveladoras.

Cuando vamos al médico porque nos sentimos mal, tenemos dolor de estómago, eccemas, lumbalgias, colitis, etc. por poner solo algunos ejemplos, y después de hacernos varias pruebas médicas (y cuidado que digo hacer pruebas, no solo observar y ya está), nos dicen que los resultados no indican nada, es decir, que no hay una causa física u orgánica, podemos empezar a sospechar que nuestros estados de ánimo negativos nos pueden estar afectando. Es momento de empezar a sustituir las noticias negativas (radio, TV, prensa) por música divertida, videos de humor, lecturas motivadoras, y sustituir las relaciones con personas negativas o “vampiros energéticos” que nos dejan exhaustos, por relaciones con personas alegres (“personas medicina”) que nos van a inyectar ilusión y optimismo (¡ojo!, optimismo inteligente, no tonto).

Debemos tomarnos muy en serio el cuidado de nuestras emociones, tanto, como los niveles de colesterol, triglicéridos, no fumar, hacer ejercicio, etc. Es responsabilidad nuestra cuidar nuestro “depósito de vida”. Esto significa cuidar lo que entra (que sea lo más limpio posible) porque, aunque en principio no se note la suciedad que entra (emociones negativas, mala alimentación, poco ejercicio, fumar, etc.), con el paso del tiempo el contenido del depósito será el reflejo de nuestra conducta, y si el agua está sucia, las posibilidades de enfermar irán in crescendo.

Y tú ¿cómo quieres tener tú deposito de vida? ¿Limpio o sucio?

¿El dinero no da la felicidad?

16 noviembre 2010 1 comentario

Me gustaría desgranar un poco  en este post la frase tan repetida que dice: “El dinero no da la felicidad”, y por supuesto utilizar alguna perspectiva desde la psicología positiva (SeligmanCsikszentmihalyi, 2000).

En primer lugar,  me parece una frase tan manida como ambigua, ya que se está hablando de dinero, pero no de una cantidad concreta. Si estamos hablando de 100 ó 200 euros, pues la mayoría dirá que efectivamente, el dinero no da la felicidad (a no ser que haya carencias básicas de alimentación y cobijo). Si no se sufre tanta penuria, pero se tiene deudas (p.e., una hipoteca), cien euros no nos iban a dar gran alegría, pero cien mil, o  trescientos mil sí (si con ello cancelamos nuestra hipoteca, y además sobra algo).

En cuanto a la referencia a la felicidad, habría que definir qué es la felicidad, si es que se puede definir de manera objetiva. Porque seguramente para cada persona, la felicidad supone una cosa diferente. Para mí, ser feliz puede suponer no tener deudas, y para otra persona ser feliz puede suponer tener 4 hijos, o ser Director General de una gran empresa. Con lo cual, la felicidad sería algo subjetivo, y por lo tanto dependería de cada persona.

Si echamos un vistazo a lo que dicen los expertos sobre la felicidad, y en especial desde el enfoque de la psicología positiva, observamos que la felicidad tiene en su origen dos componentes o dimensiones. Un enfoque hedonista (Kahneman y cols., 1999) retomado de la filosofía de Aristipo y Epicuro, que equipara la felicidad al placer de los sentidos y al éxito social (básicamente, dinero y poder). El segundo enfoque o paradigma sería el eudaimónico, retomado del pensamiento aristotélico, que considera que no todo el éxito social trae placer o bienestar, sino que la auténtica felicidad únicamente se alcanza con la autorrealización personal (Maslow, 1943). Finalmente, los datos derivados de varias investigaciones (Compton y cols., 1996) sugieren que ambos paradigmas (hedónico y eudaimónico), se solapan. De esta forma, la felicidad quedaría definida en la interacción de lo placentero y la realización personal.

Si tomamos esta última definición de felicidad como buena (yo estoy bastante de acuerdo), entonces podríamos decir que cantidades importantes de dinero pueden traer “un trozo” de felicidad, la relacionada con lo placentero, al poder realizar adquisiciones que de otra manera no alcanzaríamos. Pero claro, esto se queda cojo, porque otro buen trozo, el relacionado con la autorrealización personal no depende de dinero, sino de nosotros directamente (de detectar nuestros talentos genuinos, definir metas alineadas con nuestros sueños personales, “remangarse” y ponerse a ello). Por lo tanto, tener mucho dinero no es garantía de felicidad (aunque tener poco dinero, tampoco).

Si lo miramos al revés, y vemos una persona autorrealizada (se dedica a aquello que realmente le apasiona),  muy probablemente también habrá conseguido mucho dinero (en especial, si sigue desarrollando sus talentos y desplegando productos y servicios alrededor de ellos). Finalmente, parece ser, que para completar la felicidad hace falta algo más que autorrealización y dinero  (Argyle, 1987), y son las relaciones interpersonales y sociales con amigos, familia, y compañeros. Yo añadiría además para “cerrar el círculo”, que ayuda también tener alguien a quién querer y alguien que te quiera.

¿El dinero no da la felicidad? Si tenemos grandes problemas económicos y ya tenemos buenas relaciones interpersonales y autorrealización, sí. En caso contrario, sumar dinero a tu bolsillo provoca alegría, que como toda emoción, puede ser intensa pero corta en el tiempo, volviendo a tu estado mental inicial.

Hasta pronto!

¿Reto o Amenaza?

A menudo, las situaciones que se nos plantean (o planteamos) ante nosotros, da igual del tipo que sean (personales, profesionales, académicas) y que tienen la característica común de poseer cierta complejidad, a unas personas nos provoca la percepción de amenaza, y a otras, la percepción de reto o desafío.

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué a unas personas se nos dispara “la alarma” del miedo primero y después de la ansiedad (proceso de estrés), y en otras personas se pone en marcha un mecanismo de adaptación que dispone a la persona a planificar y regular su conducta para superar “el obstáculo”?

En primer lugar, efectuamos una primera valoración de las demandas de la situación, según el modelo transaccional de estrés (Lazarus y Folkman, 1984), y decidimos si nos resulta irrelevante, benigna-positiva, o estresante. De ésta última, a su vez, podemos extraer si implica daño o pérdida, amenaza, o desafío. Después, efectuamos una segunda valoración en la que hacemos una apreciación del repertorio de comportamientos o habilidades que tenemos para hacer frente a la situación estresante. Por último existe una fase de selección de la respuesta, que es la elección que la persona realiza, de acuerdo con las valoraciones previas.

Si esto es así, ¿por qué unas personas tenemos la sensación de disponer de los recursos (internos y externos) necesarios para superar la situación, y otras no?

Pues parece ser que influyen diversos factores; estructurales por un lado, como la personalidad; y ambientales por otro, como la experiencia, el aprendizaje, nuestra educación, nuestra cultura, creencias, etc. Todo este cúmulo de factores, que interactúan entre sí de forma dinámica, da lugar a algo que llamamos autoconcepto, que es algo subjetivo. A su vez, el autoconcepto influye en los demás factores, al generar un proceso afectivo, motivándonos o desmotivándonos para mejorar y valorarnos más, o menos.

Entonces, para poder empezar a enfrentarnos a situaciones teniendo la sensación de poder hacerlo, o incluso crear nosotros mismos las metas u objetivos a alcanzar y superar, debemos aumentar nuestro autoconcepto.

¿Y cómo se aumenta el autoconcepto? Pues con paciencia y perseverancia. Como no podemos cambiar la personalidad, porque es algo muy estable y puede variar muy poquito, es mejor que trabajemos sobre los demás factores (experiencia, aprendizaje, cultura, educación, creencias). Es un proceso laborioso, que necesita trabajar todos los días un poquito. Podemos hacerlo por nuestra cuenta (muy complicado pero no imposible), o ponernos en manos de un Psicólogo, que nos pueda ayudar.

Aquí quiero solo señalar algunas tácticas o estrategias para aumentar un poquito nuestro autoconcepto y evaluar si lo hemos conseguido o no.

En primer lugar, y antes de nada, debemos hacer repaso a nuestra historia personal y comprobar si en algún momento nos hemos enfrentado a situaciones que nos han parecido difíciles y hemos conseguido superarlas. Si es así, que seguro que hay una o varias, debemos escribirlas en un papel y ponerlas en un lugar donde las podamos leer todos los días (la puerta de la nevera, o algún lugar más discreto como la puerta de nuestro armario ropero, por la parte interior).

Por otro lado, tambien nos puede ayudar a aumentar nuestro autoconcepto (complementando el párrafo anterior) nuestro nivel de conocimientos. Leer todos los días, al menos 20 minutos, nos hará más cultos (20 x 365 días son unas 122 horas al año de lectura). Aprender temas variopintos, nos ayudará a abrir nuestra mente a otros puntos de vista, y a permitirnos también ampliar nuestras conversaciones con otras personas. Ésta es otra cosa que nos ayudará a aumentar nuestra autoconcepto, conversar con otras personas (conocidas o no) de diversos temas con la seguridad y confianza en lo que decimos.

Otra cosa importante que nos ayuda a mejorar nuestro autoconcepto es tener una red de apoyo social. Para ello hay que trabajar las relaciones interpersonales, de forma que nos puedan ayudar a percibir las situaciones, con otros puntos de vista. Es importante cultivar las habilidades sociales (comunicación verbal y no verbal).

Podemos hacer más cosas, como participar en cursos y talleres de psicología positiva, pero no me quiero extender más. Creo que haciendo solo estas tres cosas que propongo, durante un año al menos, nos hará percibir que somos capaces de hacer un poco más, de sentir que hay situaciones que ahora nos parecen un reto, y antes nos parecian una amenaza. Nos ayudará mucho, muchísimo,  poner por escrito lo que queremos hacer, con fecha y hora, y tenerlo a la vista todos los días.

¿Nos atrevemos a dar el paso?