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Mejora tu efectividad mejorando tu afectividad (I)

15 diciembre 2016 1 comentario

mejoraefectivdadEn este post para la plataforma prevencionar hablaba de integrar de manera consciente, como fórmula de trabajo inteligente, las funciones del cerebro derecho.

Esa parte intuitiva, metafórica, global y afectiva que, aunque siempre está activa, solemos obviar por considerarla solo útil o necesaria el fin de semana.

Si embargo, una sana e inteligente gestión integral de razón y emoción es lo que nos va a permitir, con creces, aumentar nuestra efectividad en el trabajo y en la vida.

Pero además es importante porque en su ausencia es muy fácil caer en un comportamiento reactivo en lugar de “responsivo” frente a los numerosos estímulos y retos laborales.

Ello nos lleva a trabajar en piloto automático la mayor parte del día, con el agravante de caer repetidamente en la trampa de nuestros propios errores cognitivos, sesgos y creencias irracionales que arrastramos desde quién sabe cuánto tiempo.

Con el consiguiente desgaste de nuestra motivación y el contagio a los que nos rodean.

Y como cualquier rol que practicamos en el día a día se sustenta en la persona que somos, nuestro nivel de bienestar físico, mental y emocional tiene consecuencias también en nuestro trabajo, aunque no nos guste o no queramos.

Voy a intentar describir, de forma somera y sencilla, cómo funciona el proceso que provoca la mayoría de nuestras creencias irracionales y errores cognitivos que nos llevan a sentir y actuar desafortunadamente.

El germen suele estar en la falta de reconocimiento y apoyo (especialmente en la infancia y adolescencia), junto a una protección o exigencia desmedida por parte de las figuras de autoridad (padres, profesores y, más tarde, jefes), donde se nos ha señalado siempre solo fallos y errores.

Si además esa señalización iba/va acompañada de un pseudocomponente pedagógico (castigo, recriminación o ridiculización) “para que aprendas”, existe la probabilidad de que fomente en mí el efecto contrario.

Y lo que es peor, si el mensaje no diferencia entre comportamiento e identidad (lo que hago de lo que soy), una sensación de no ser valioso y aceptado me puede atravesar, ya que me puede inundar el pensamiento “nunca soy lo suficientemente bueno”.

Así voy instalando e interiorizando un sentimiento de poca valía y una necesidad creciente de satisfacer los deseos de los demás con la finalidad de ser aceptado.

Mi ego se va construyendo con andamios y materiales de baja calidad (creencias erróneas), fofos o poco resistentes (pensamientos trampa), no desarrollándose saludablemente y, por tanto, quedándose inmaduro e insatisfecho emocionalmente (autoestima poco realista -por defecto o por exceso-).

De esta forma, cuando mi ego se sienta vulnerable (cosa que ocurrirá a menudo) se agarrará a un miedo “irracional” tratando de “protegerse” contra la inseguridad percibida.

El miedo y la ansiedad irracional de mi ego inmaduro suele ser a:

  • No triunfar
  • No ser el mejor
  • Equivocarse
  • Que le señalen
  • Qué dirán
  • Que le excluyan
  • Que no le acepten
  • Comprometerse
  • Que no le hagan caso

Estos miedos refuerzan a su vez las creencias y los pensamientos erróneos, automáticos, negativos, frecuentes e improductivos que vuelven a reforzar el miedo, derivando en otras emociones desagradables (enfado, tristeza, asco).

Todas estas emociones desagradables nos envían información muy valiosa (sobre nosotros y cómo vivimos las situaciones), pero si no la gestionamos inteligentemente nos predisponen a:

  • Victimizarnos
  • Desvalorizarnos
  • Resignarnos
  • Ensimismarnos

O bien a:

  • Agredir  (verbal o fisicamente incluso)
  • Culpar a otros de nuestros problemas
  • Actuar con prepotencia
  • Magnificar o exagerar cualquier cosa

Pero, en realidad, lo que mi ego está buscando es:

  • Aceptación
  • Atención
  • Respeto
  • Apoyo
  • Afecto

Lo que ocurre es que lo busca de manera errónea y desmedida fuera de sí mismo (las redes sociales son un medio extraordinario para ello), sin darse cuenta que debe empezar por proporcionárselo él mismo.

En la edad adulta eso me puede llevar a una auto-exigencia desmedida y una autocrítica dañina, aislándome o refugiándome en conductas desadaptativas (comer y/o trabajar en exceso, evitar nuevos aprendizajes, estropear relaciones positivas, intoxicar el clima de mi equipo u organización y que huya el talento, etc.).

Y de ahí hay un paso muy corto al estrés perjudicial o crónico que termina provocando irritabilidad, insomnio, problemas de atención, preocupación excesiva, dolores musculoesqueléticos, contracturas, desconfianza, hipervigilancia…

De esta manera nuestros resultados y relaciones laborales se pueden ver perjudicados seriamente, especialmente si tenemos responsabilidad sobre otras personas o somos emprendedores, ya que vamos a actuar de una forma ilógica o disfuncional.

Eso sí, trataremos siempre de justificar o racionalizar inconscientemente nuestras conductas, paradójicamente, para “auto-protegernos”.

A su vez, ello nos lleva a mayor sensación de insatisfacción, preocupación, ansiedad, falta de valía, etc, volviendo a empezar en una espiral negativa, sin fin, que se refuerza a sí misma una y otra vez.

¿Cómo solucionarlo? En el próximo post publicaré el camino contrario hacia una espiral positiva de satisfacción que se refuerce a sí misma.

Acompañar en el proceso de mejora y adquisición de competencias emocionalmente inteligentes es lo que hago con emprendedores, profesionales, directivos y docentes para que consigan mejorar resultados en su día a día.

Te dejo este post resumido en una infografía interactiva (pasa el puntero por cada elemento del camino).

Si quieres saber más sobre esto y otros contenidos relacionados también puedes leer “La Palanca del Éxito, SL: activa tu inteligencia emocional y relánzate” (Kolima, 2016) en el que te propongo vivir una aventura amena y muy reflexiva de la mano del “Genio del Smartphone”.

¿Y tú y tu empresa, todavía os creéis tan lógicos y racionales?

 

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3 PASOS PARA GESTIONAR TU ENFADO CON INTELIGENCIA

23 noviembre 2016 1 comentario

iraPara gestionar inteligentemente cualquier emoción, el enfado en este caso, el primer paso es asumir que soy yo el que me enfado.

Es decir, no me enfadan otras personas, ni las cosas, ni las situaciones. Me enfado yo al realizar una evaluación automática de lo que sucede.

El enfado, en concreto, se produce cuando no conseguimos alcanzar un objetivo deseado o no se produce una expectativa que teníamos.

En ese caso nos frustramos y, acto seguido, nos enfadamos y dirigimos nuestra rabia hacia lo que, o a quien, consideramos que ha sido el causante.

Pero el problema no es la emoción en sí, cuya intención es positiva porque envía información sobre tus necesidades y cómo vives las situaciones.

Se convierte en problema cuando la activación emocional es demasiado alta, de tal forma que puede resultar inmanejable.

A mayor intensidad emocional menor capacidad de razonamiento y más posibilidades de reaccionar impulsivamente.

También es un problema la duración. A mayor duración menos posibilidades de responder inteligentemente, ya que se suele producir una reiteración de pensamientos improductivos focalizados en lo acontecido.

La intensidad emocional se puede gestionar de dos formas pacíficas. A corto plazo, ralentizando de forma consciente nuestra respiración, realizando el ciclo inspirar-espirar de forma más pausada, profunda y armoniosa.

Lo podemos hacer sentados, de pie o dando un paseo, dependiendo de lo que mejor te funcione.

A medio y largo plazo, practicando mindfulness o atención plena, a diario. Ello nos hará más conscientes de por qué y para qué se produce nuestro enfado, proporcionándonos mayor espacio y claridad para responder en lugar de reaccionar.

Lo que ocurre habitualmente es que…

[Tweet “desde que salió el orfidal muy poca gente usa la respiración normal”]

Porque es más fácil “tirar de píldora” que desarrollar la habilidad de gestionar emociones.

Pero esto no soluciona el problema de base sino que “anestesia la emoción” y, además, tiene efectos secundarios poco beneficiosos para la salud.

Respecto a la duración de la emoción, podemos gestionarla dirigiendo nuestra atención al objetivo real que queremos conseguir, buscando una solución.

Lo que ocurre es que nos solemos focalizar en lo que percibimos como obstáculo.

Si es un objeto lo podemos golpear o incluso lanzar.

Si es una persona solemos gritar, insultar, recriminar, despreciar, desacreditar y, en general, herir de una u otra forma.

Estamos reaccionando a nuestro enfado, no gestionándolo. Y mucho menos respondiendo inteligentemente.

Con la posibilidad añadida de entrar en un bucle de ataques recíprocos que pueden tener consecuencias desfavorables para ambos.

De esta forma, el siguiente paso es preguntarme por el “para qué” de mi comunicación. ¿Qué es lo que quiero conseguir?

Si lo que quiero conseguir es mi objetivo, necesidad o expectativa, será muy poco inteligente dedicar tiempo y energía en atacar la cosa o persona.

Será muchísimo más productivo focalizarme en lo que quiero y plantearme soluciones alternativas, incluso tratando que la otra persona me ayude una vez le explique, sosegadamente, lo que necesito.

Y si ya quiero rizar el rizo y aprovechar mi enfado para conocerme un poco mejor, puedo indagar en qué filtro mental puede estar activando mi enfado.

Ello me dará pistas sobre posibles creencias irracionales, mapas mentales poco útiles o errores cognitivos que quizá necesiten un ajuste más realista y saludable.

Trabajar eficazmente en estos ajustes cognitivos me producirá bienestar personal y una mejor relación con mi entorno próximo. Es lo que llamamos, en líneas generales, inteligencia emocional.

Resumiendo, los 3 pasos que propongo para gestionar mi enfado de manera inteligente, son:

  1. Aceptar que no me enfadan los demás, que me enfado yo.
  2. Regular mi intensidad emocional, si es muy alta, antes de responder.
  3. Preguntarme qué quiero conseguir con mi respuesta y buscar soluciones prácticas, no hirientes.

Imagínate qué potente y útil puede resultar esta habilidad aplicada al mundo laboral.

¿Cuántas frustraciones se producen en el día a día de un emprendedor, directivo o profesional?

Si desarrollas esta habilidad conseguirás mejorar tus resultados y tu bienestar, pudiendo desconectar por la noche y dormir plácidamente hasta el día siguiente. Ello te permitirá volver a estar al 100% en la nueva jornada.

Por ejemplo, en un taller que impartimos sobre “cómo optimizar tu reclamación de cobros con resultados saludables”, esta habilidad es un tema de capital importancia que trabajamos.

También es algo que explico con detalle y ejemplos en el libro “La Palanca del Éxito, S.L.: activa tu inteligencia emocional y relánzate”. Abajo te dejo un vídeo explicativo.

¿Y tú, respondes o reaccionas a tus enfados?

Fuente imagen: google

EGOÍSMO ALTRUISTA: DE LA ESCASEZ A LA ABUNDANCIA

21 septiembre 2016 1 comentario

altruismo_egoismo“Egoísmo altruista” es un oxímoron atribuido al Dalai Lama que creo que resume a la perfección el proceso de crecimiento y madurez de una persona, sociedad u organización.

Viene a significar algo así como que no es posible hablar de egoísmo y altruismo por separado cuando ambos conceptos son bien entendidos y aplicados ya que, en este caso, son dimensiones complementarias y relativas a una misma cosa:

El bienestar físico, mental, emocional y social del ser humano.

Yo añadiría, por tanto, “egoísmo altruista saludable”, o también “altruismo egoísta saludable”.

Es decir, cuando el motivo que me lleva a ayudar a otra persona es la sensación de bienestar y plenitud que siento al hacerlo, lo podríamos llamar altruismo egoísta saludable.

O bien, cuando yo quiero ser el primero en sentir bienestar, satisfacción y/o plenitud por que sé que solo así es como puedo ayudar de verdad y aportar valor a otras personas (egoísmo altruista saludable).

Lo que ocurre es que la educación que recibimos (familiar y académica), a lo largo de nuestros primeros años de vida, nos va inoculando una serie de filtros mentales que estrechan la capacidad de ver más allá de nuestras narices con perspectiva y amplitud.

Esta visión estrecha y miope de la realidad nos puede llegar a instalar en una percepción de tal escasez que llegamos a creernos de verdad que para que yo gane algo tiene que haber otro que lo pierda, o que mi bienestar depende de que otros estén peor que yo.

No voy a hablar de severas deformaciones de un ego que podíamos llamar patológico, ni tampoco de un altruismo patológico (cuando ayudo a alguien con la obsesión u obcecación de obtener algo a cambio).

En este último caso estaríamos hablando entonces de puras transacciones instrumentales, eso sí, bien maquilladas.

Tampoco voy a entrar en si a determinados poderes fácticos les interesa que la inmensa mayoría de personas tenga esta visión tan miedosa del mundo para que sea más fácil su control y “aborregamiento” (ya que en tal caso existiría un ministerio de “educalienación y miedo ambiente”).

Lo que si está claro es que esta forma de ver tan obtusa y escasa nos lleva a provocar lo que llamamos en psicología “profecía autocumplida“, una especie de espejismo que nos lleva a comportarnos como si lo bueno estuviese limitado a unas pocas concesiones que hay que “pillar como sea” antes de que las “pille” otro y nos quedemos sin nada.

Resumiendo, que nuestro ego se va quedando ci-ego tras ir apagando luces durante el proceso de “educación”. Y claro, así termina viviendo de forma miedosa en un “zulo mental” de 2×1 que proyecta a su entorno, inoculando de nuevo a aquellas personas más inmaduras con su comportamiento defensivo.

Por supuesto también vamos a proyectar este ego ciego en el mundo laboral a todos los niveles (individual, grupal y organizacional) dependiendo de la posición que ocupemos, haciendo saltar alarmas por todas partes:

  • El jefe que no se fía de su colaborador y lo vigila constantemente llegando a “estrangularlo” psicológicamente (burn out).
  • El colaborador que cree que su jefe quiere “explotarlo” y se pone en modo “cumplir mínimos”.
  • Lo que quieren obtener el reconocimiento de la dirección a toda costa y hacen el máximo “ruido y poses” que pueden (en detrimento de sus compañeros a menudo).

Algo así como los infantes cuando dicen a sus papás “¡¡mira lo que hagoooooo!!”, tratando de conseguir el aplauso de sus progenitores.

juega

Otras veces es peor, cuando la forma de reclamar atención y reconocimiento es mediante la agresividad (mobbing, bullying, recriminaciones sistemáticas, demostraciones de poder, etc.).

En cualquier caso, es la consecuencia de egos por desarrollar necesitados del amor y la luz que nos permita ver y reconocer nuestra propia magnitud y grandiosidad como algo satisfactorio per se, y que podemos poner a nuestro servicio y al de los demás como fuente de abundancia y felicidad.

En la base de todo ello suele haber carencias de afecto y reconocimiento en la niñez no intencionadas, sino proyectadas desde las propias carencias del educador, pero que terminan hiriendo nuestra autoestima.

¿Cómo se inicia un proceso de mejora ascendente y positivo a nivel personal y profesional?

Pues justo haciendo lo contrario que el proceso educativo. Si este apaga luces y daña la autoestima, el proceso de mejora pasa por encender luces y recuperar una sana autoestima.

Para mí, una de las mejores herramientas que hay es el desarrollo de la inteligencia emocional como habilidad transversal que sustenta al resto de habilidades (tanto técnicas como actitudinales).

La inteligencia emocional es la habilidad de ir encendiendo luces en la consciencia para poder ver nuestros “códigos de conducta” o “mapas mentales” y desmontar o flexibilizar aquellos que nos perjudiquen o limiten, tal como explicaba en el post anterior.

Lo ideal es empezar a la mayor edad temprana posible (si puede ser en el vientre materno, mejor), aunque en la adultez también es posible desarrollar esta habilidad.

Tiene cuatro pilares básicos que son:

Los dos primeros corresponden a área de la inteligencia intrapersonal y los dos últimos a la inteligencia interpersonal.

En todas las áreas subyace una herramienta común: la comunicación, el lenguaje que usamos para comunicarnos con nosotros mismos y con otras personas.

El lenguaje no solo sirve para describir la realidad, sino para crearla. Primero en nuestra mente y después en el mundo material.

“Lo que creemos es lo que creamos”, Alex Rovira.

Cuando vamos encendiendo luces en la consciencia somos capaces de ver nuestras fortalezas y las de los demás, poniendo el foco en lo positivo de cada uno de nosotros.

Empezamos a vislumbrar que todos podemos ganar, que hay de sobra y en abundancia para satisfacer las necesidades de todos.

De esta visión más amplia de la realidad parten, por ejemplo, algunos métodos de resolución de conflictos (como el de Harvard) que se centra en los intereses comunes y no en las posiciones defensivas:

Cuando transcendemos la posición del ego y ponemos encima de la mesa los verdaderos intereses de cada uno,

[Tweet “La tarta se puede ampliar para todos de forma creativa”]

Para llegar a este punto el desarrollo de nuestra inteligencia emocional es básica, necesaria y urgente.

¿Y a ti, te apetece ir “encendiendo luces”?

Fuente imágenes: glosariodigital.wordpress.com; panorama.com.ve

palanca_alta*Puedes ampliar información sobre cómo desarrollar tu inteligencia emocional leyendo “La Palanca del Éxito, S.L.: Activa tu inteligencia emocional y relánzate”. Aquí puedes ver las primeras páginas para que compruebes si te gusta.

 

¿JUEGAS A GANAR, O A NO PERDER?

12 septiembre 2016 1 comentario

play-to-win-words-determination-concept-green-marker-hand-42255629A todas las personas nos gusta mejorar y ganar (o al menos eso creo).

Lo que pasa es que para ganar o conseguir lo que queremos es necesario realizar acciones o comportamientos motivados, dirigidos y sostenidos hacia el objetivo en cuestión.

Pero claro, a no ser que participes en un juego en el que sorteen lo que quieres ganar (donde el esfuerzo a realizar es tan bajo como las posibilidades de ganar el premio), conseguir algo diferente a lo que ya estás consiguiendo supone realizar conductas diferentes a las que estás realizando, durante el tiempo necesario.

Y comportarse de manera diferente y duradera a cómo lo hacemos requiere, además de motivación (motivos para la acción), un reenfoque en la forma de interpretar y sentir determinados aspectos de nuestra realidad que irán apareciendo en forma de obstáculos y excusas.

Por ello hay muchas personas a las que les gustaría jugar a ganar o mejorar, pero su forma de enfocar las circunstancias junto a sus arraigados hábitos de comportamiento les impide ver con claridad que están inmersas en una dinámica de jugar a no perder o no empeorar.

Y créeme, así la vida se vive mucho más amenazante y, por tanto, mucho menos satisfactoria porque tu leit motiv será “cuidao, cuidao, cuidao”.

Por supuesto me refiero a jugar a ganar de forma ecológica, ética, desde un modelo ganar-ganar.

Y es que cambiar, ampliar o adaptar conocimientos, actitudes y paradigmas obsoletos requiere “soltar” aquellas estrategias, formas de ver y sentir que nos han servido para sobrevivir hasta el momento, lo cual nos genera un miedo atenazante ante las consecuencias inciertas.

Ya en la primera mitad del siglo XX, el gran psicólogo Burrhus F. Skinner demostró cómo el entorno y las consecuencias de la conducta podían modular la misma incorporando nuevos comportamientos, incrementándolos o disminuyéndolos incluso hasta extinguirlos.

Por otro lado, en PNL (programación neurolingüística) se introduce el concepto de “mapa mental” a la forma en que cada persona interpreta la realidad, aspecto al que Skinner no dio importancia alguna (quizá por trabajar habitualmente con animales).

La buena noticia es que es posible “redibujar” ciertos aspectos de nuestro mapa mental con el objetivo de ampliar nuestro rango de posibilidades de acción, influyendo en el entorno y nuestro bienestar.

Porque la forma en que cada persona vemos y percibimos el mundo, no coincide exactamente con la realidad (de hecho ni siquiera un mapa o GPS lo hace), sino que es una interpretación que cada uno “fabricamos” en base a nuestra predisposición genética en interacción con el entorno, la educación y los aprendizajes adquiridos.

Todo ello va dando forma en nuestra mente a una serie de categorías, suposiciones y generalizaciones que asumimos como “verdades indiscutibles”, esculpiendo nuestra forma de ver, sentir e interpretar la realidad, lo que nos lleva a actuar de una determinada forma.

A este proceso mental selectivo y personal, el psicólogo Chris Argyris lo llamó “escalera de inferencias”.

escalera-de-la-inferencia

Como se aprecia en el gráfico, este proceso mental inconsciente y automático nos induce una percepción selectiva de la realidad (atendemos unos detalles y obviamos el resto), lo cual va reforzando en un bucle sin fin nuestro modelo de interpretación o mapa mental del mundo. ¿Me explico?

¿Y cómo se cambia esto? ¿Es doloroso?

Em primer lugar decir que no todos los mapas mentales de una persona necesitan cambios. Puede que la mayoría sean válidos en general, si bien puede que haya alguno incompleto, erróneo o poco útil en ciertos aspectos.

La señal inequívoca de que necesitamos revisar alguno de nuestros mapas mentales será el sufrimiento sentido ante situaciones cotidianas.

Aclarar que me refiero a la cotidianeidad en territorios libres de guerras y/o hambrunas donde salvar la vida sería el único objetivo de cada día.

Dicho esto, vemos cómo muchas personas querrían mejorar su vida pero les resulta imposible o extremadamente doloroso, especialmente a aquellas personas que están rígidamente aferradas a su forma de ver actual.

Es decir, para aquellos que creen que su forma de ver la realidad “es la forma de ver” (no creen que exista otra diferente ni mejor), es especialmente inviable provocar un cambio o mejora motivada porque no son conscientes que su forma de ver “es solo una forma de ver” dentro de múltiples posibilidades.

Esto último supondría aceptar y reconocer que puede que estemos equivocados en nuestra mirada. Y eso podría herir un ego inmaduro.

Aceptarlo sería una forma de auto-proclamar que no se tiene “la razón” y eso genera incertidumbre al soltar la verdad a la que estábamos aferrados como si fuese una tabla de salvación, certidumbre y seguridad.

Esa incertidumbre hace, ante esa forma de ver estrecha, que nuestro ego active un miedo y lo ponga como escudo defensivo para evitar soltar lo conocido.

Quedarse anclado en el miedo a la incertidumbre es vivir la vida desde una posición de escasez (jugar a no perder o “a ver qué puedo obtener”).

Sin embargo, ensanchar o actualizar nuestros mapas mentales supone ampliar nuestra capacidad de acción y eso es vivir la vida desde la abundancia (jugar a ganar o “a ver qué puedo aportar”).

Por supuesto gestionaremos los posibles riesgos que haya pero será desde la capacidad de acción múltiple y no desde la paralización.

¿Cómo hacer la transición desde una visión de escasez a una de abundancia?

Esto lo voy a tratar en un siguiente post para no hacer demasiado extenso este (que ya lo es).

Trataré de desarrollar una respuesta lo más sencilla y útil que sea capaz en mi estado evolutivo actual.

Aunque si eres suscriptor o te apetece serlo lo recibirás en tu bandeja de correo mucho antes (la semana próxima).

¿Y tú, estás jugando a ganar, o a no perder? ¿Te gustaría ampliar esa visión?

Fuente imágenes: dreamstime.com; aprencytimagenes.blogspot.com

 

palanca_alta*Puedes aprender más de forma sencilla leyendo “La Palanca del Éxito, S.L.: activa tu inteligencia emocional y relánzate”.  Aquí puedes leer las primeras páginas del libro, una reseña aquí y una entrevista en “Libros de Management”.

**Además, si te suscribes al blog recibirás gratuitamente el ebook “Consejos para un liderazgo saludable en la nueva era empresarial”.

GENIO Y FIGURA…, ¿HASTA LA SEPULTURA?

refran2Es bien sabido que el refranero español tiene un gran repertorio de locuciones para enviarnos el mensaje petrificado “una persona es lo que es y no puede ser otra cosa”:

  • Quien nace lechón muere cochino
  • El hijo de la gata ratones mata
  • La cabra siempre tira al monte
  • De tal palo tal astilla
  • La bodega huele al vino que tiene

El problema de fondo es que este tipo de refranes, al aludir a la identidad de la persona, transmite la idea de que es imposible un cambio o mejora.

Y cada vez que se produce en la persona una conducta que confirma la identidad atribuida, se le suelta el refrán de turno a modo de axioma.

A veces también se añade la coletilla “¿lo ves? ¡ya te lo decía yo!”, obviándose por supuesto cualquier comportamiento que falsaria la hipótesis de identidad.

Cada vez que ocurre esto supone una vuelta de tuerca más sobre la persona, que termina por creerse la atribución e impedirse cualquier posibilidad de mejora.

Esto es también lo que venía a decirnos hace muchos años (quizá estos refranes deriven de aquí) las teorías genetistas:

La vida de una persona está determinada por sus genes y no tiene nada que hacer.

Afortunadamente, se ha descubierto que los genes predisponen pero no determinan la vida de una persona.

De forma que el ambiente y el contexto interactúan con nuestros genes (epigenética), teniendo la capacidad de activarlos o desactivarlos.

O sea, que el que yo tenga un gen o conjunto de ellos (genotipo) no significa que su impacto físico y conductual sobre mí (fenotipo) esté 100% determinado.

El impacto final va a ser regulado por aspectos como:

  • El grado de pureza o contaminación del aire que respiramos
  • El nivel de contaminación acústica que nos rodea
  • La naturaleza de los alimentos que ingerimos a diario
  • El ejercicio físico que hacemos semanalmente
  • Los estados emocionales que vivimos habitualmente
  • El tipo de pensamientos que “masticamos” la mayor parte del día
  • El número de horas que dormimos plácidamente
  • La calidad de nuestras relaciones personales
  • El nivel de estrés percibido en nuestro día a día
  • El tipo de lenguaje que usamos al hablar(nos)

Si te fijas, la mayoría de estos aspectos epigenéticos son susceptibles de mejora usando nuestra voluntad para cambiar comportamientos y, por tanto, hábitos de vida.

Por supuesto no es instantáneo, no se hace con un simple chasquido de dedos o en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier proceso de mejora lleva su tiempo debido a la forma en que funciona nuestro sistema nervioso.

Y aquí es donde tenemos un serio problema actualmente en los llamados países “desarrollados”. Parece que todo es fácil de conseguir, rápido y sin esfuerzo.

Vivimos lo que yo llamo “la falacia de la urgencia”: si no conseguimos lo que queremos, rápido y fácil, lo descartamos privándonos de una mejora sustancial a medio y largo plazo.

Poner el foco solo en el corto plazo (sin equilibrar con el largo plazo) se vuelve en nuestra contra porque muchas veces estamos cambiando, inconscientemente, bienestar inmediato por ansiedad y estrés tóxico a medio y largo plazo.

De ahí el tremendo “éxito” (sobre todo para el que lo vende) de las “dietas milagro”, de la “gimnasia pasiva”, de cursos tipo “aprenda inglés mientras duerme” y negocios estilo “hágase millonario en 10 días”.

Bueno, pues lamento decirte que cualquier proceso de mejora evolutiva “se cocina a fuego lento”, lo cual requiere un periodo inicial de incomodidad, paciencia y perseverancia para mantenerlo.

La buena noticia es que cuando introducimos cambios saludables en nuestro comportamiento diario y éste se convierte en un hábito, podemos mantenerlo el resto de nuestra vida de forma automática y, ahora sí, sin esfuerzo.

En la base de todo ello está la gestión de nuestros estados emocionales, ya que son nuestras emociones las que más fuerza tienen a la hora de dirigir el comportamiento.

Pero lo que realmente nos autoriza a hablar de todo este proceso de mejora en nuestro comportamiento es haber vivido un proceso de crecimiento y transformación en primera persona.

La Palanca del ÉxitoEsto, y mucho más, se explica con detalle en “La Palanca del Éxito, S.L. Activa tu inteligencia emocional y relánzate”.

Un libro ameno en el que a través de una historia real inspiradora con un diálogo con el genio del smartphone y mediante una guía práctica de inteligencia emocional, podrás iniciar tu propio proceso evolutivo de mejora (si quieres, claro está).

Para terminar, propongo modificar los refranes iniciales de esta manera:

  • Quien nace lechón muere cochino (en tu mano está llegar a reserva, ibérico recebo o cinco jotas)
  • El hijo de la gata ratones mata (de ti depende la calidad del ratón que caces)
  • La cabra siempre tira al monte (y puedes elegir subir a uno árido o con vegetación y frutales)
  • De tal palo tal astilla (pero se hereda el ADN, no el comportamiento. Éste se aprende y re-aprende)
  • La bodega huele al vino que tiene (con paciencia y trabajo se transforma en crianza, reserva o gran reserva)

¿Y tú, vas a hacer algún esfuerzo inteligente para mejorar?

¿O te vas a la sepultura tal cual crees que eres?

*También puedes leer “El ego pueda matar la empresa. ¿Quién lo gestiona?”

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AUTOLIDERAZGO PARA UN ÉXITO SALUDABLE

Esta semana he estado en la radio tratando de aportar mi granito de arena a todas aquellas personas que se encuentran “perdidas” en esta vorágine de mundo que hemos co-creado entre todos (con mayor o menor responsabilidad).

OndaCeroOctubre2015

Es un mundo que describe muy bien el acrónimo (en inglés), VUCA, acuñado parece ser por el ejercito estadounidense:

  • Volátil
  • Incierto
  • Complejo
  • Ambiguo

Y yo le decía a Palmira Benajas, la excepcional periodista que guiaba el espacio radiofónico, que a pesar de parecer imposible navegar en un mundo así sin “naufragar”, es perfectamente viable (y más necesario que nunca) tomar las riendas de nuestro viaje (autoliderazgo).

Porque es muy triste hacer un viaje vital que pertenezca a otra(s) persona(s) (padres, amigos, profesores o sociedad en general) para descubrir hacia el final de nuestra vida que hemos estado trabajando en algo que no era “nuestro” y que, en realidad, nunca nos gustó mucho (o nada).

Por eso hablaba de “éxito” como el logro de mi objetivo (auténtico, no de cartón piedra), y “saludable” en su más amplio significado (a nivel físico, mental y social).

Porque un éxito que produce “daños colaterales”, que hiere a uno mismo y/o a otras personas, que hace trampas, que miente, que toma impulso “pisando cabezas” o que, en general, va dejando “personas en la cuneta” a su paso, sería un “éxito tóxico” y por tanto punible.

Para mí, un éxito saludable es el único que puede ser sostenible y duradero en el tiempo, aunque tarde más en llegar y no esté garantizado al 100%.

“Si los malos supieran qué buen negocio es ser honrado, serían buenos aunque solo sea por negocio”, Facundo Cabral.

Y daba 3 claves para iniciar el camino de tomar las riendas de la propia vida:

  1. Autoconocimiento (implica una gestión racional y emocional equilibrada)
  2. Formación (prepararse para potenciar nuestro talento)
  3. Acción (los resultados tangibles no llegan si no hacemos cosas)

1) Para conocernos es importante saber cuál es nuestro talento natural (predisposición genética hacia un tipo de inteligencia -o más de una-). Para ello proponía responder el cuestionario de inteligencias múltiples de Howard Gardner.

Además decía también que es importante conocer nuestras fortalezas, influyendo esto en nuestra autoestima y autoeficacia pudiendo llevarlas a la práctica de una manera más intencional y consciente.

Para esto proponíamos realizar el cuestionario “VIA” (Values in Action), de la Universidad de Pensilvania.

Test Via

Por último, para desarrollar un autoconocimiento maduro es necesario “hurgar” en nuestros miedos y creencias irracionales, o limitantes, para reajustarlas.

Esto requiere un trabajo de paciencia, reflexión, humildad y valentía, algo que enseño a trabajar en mis talleres sobre inteligencia emocional.

2) Una vez que conocemos talento y fortalezas, es muy potente formarse en áreas relacionadas con ello.

Por ejemplo, si uno de mis talentos es la inteligencia lingüística e interpersonal (soy bueno en letras y me gusta trabajar con personas), estando entre mis fortalezas la paciencia, la perseverancia o la justicia probablemente potenciaré mi perfil estudiando Derecho, Psicología o Magisterio.

En cambio si entre mis talentos se encuentra la inteligencia espacial y entre mis fortalezas está la creatividad y el aprecio de la belleza quizá sea mejor para mí estudiar Bellas Artes o Arquitectura.

En cualquier caso es altamente recomendable ver los planes de estudio de cada carrera para ver si nos sentimos identificados en, al menos, el 80% de sus asignaturas, así como preguntar a alguien que ya se dedique a eso cómo es su día a día (comprobando que también nos identificamos).

3) Una vez formados (e incluso antes de terminar) es imprescindible la acción inteligente para que lleguen resultados. Acción en forma de colaboración con organizaciones sin ánimo de lucro relacionadas con nuestro ámbito, escribiendo un blog, asistiendo a eventos…

De esta forma te van conociendo otras personas, vas adquiriendo experiencia en el mundo real y construyendo tu marca personal.

[Tweet “Si nos formamos eternamente y no hacemos nada con ello, seremos unos “ilustres fracasados”.”]

Ya finalizando mi intervención en la radio, decíamos que hay también 3 factores moduladores del éxito saludable:

  1. Objetivos realistas
  2. Las personas de las que nos rodeamos
  3. Nuestro colchón financiero

En cuanto a los objetivos realistas comentábamos que hay algunos que no lo son muy claramente (p.ej., querer ser policía local a los 50 años) y otros que parecen no ser realistas pero que emergen de falsas creencias (p.ej., estudiar una carrera a los 40 años), de ahí que haya que desarrollar el autoconocimiento.

En cuanto a los otros dos factores, pueden servir como aceleradores o ralentizadores de nuestro camino, aunque siempre dependerá de nosotros perseverar y llegar a nuestro destino no dejando que nada, ni nadie, nos haga desistir.

Podemos ir despacio, hacer zigzag, tomar un respiro…, no importa. Sin desistir llegaremos dónde queremos estar.

Por esto precisamente es imprescindible que sepamos realizar una inteligente gestión emocional, porque los obstáculos, los problemas y los vaivenes del camino influirán en nuestras emociones y por tanto en nuestras decisiones (conscientes o no) que darán lugar a comportamientos.

Para despedirme proponía un acrónimo que nos permita recordar las claves del autoliderazgo para un éxito saludable:

GEFA (Gestión Emocional, Formación y Acción).

Te dejo el podcast por si te apetece escucharlo:

http://www.ivoox.com/player_ek_9190920_2_1.html?data=mpamkp6WdI6ZmKiak5mJd6KllpKSmaiRdo6ZmKiak5KJe6ShkZKSmaiRjtbVz5C9x8nWs4zHhqigh6aVssTcxt%2BYj5CludXjzc7Rx9fFvsjjjKra0cjNs8%2FVzZKSmaiRk8%2FYwpCwx9fTb7TVyNrb1tSRaZi3jpk%3D&

 

¿Y tú, ya has decidido tomar las riendas o sigues a merced de las olas?

 

¿QUIERES MEJORAR DE VERDAD O ESPERAS A “QUE TE OPEREN”?

haciendo 2Hay un chiste muy conocido del gran humorista Eugenio, que dice:

-Doctor, ¿usted cree que después de la operación podré tocar la guitarra?

– Por supuesto -contesta el doctor.

-¡Qué bien! -dice el paciente, -¡es la ilusión de mi vida!, porque no tengo ni puñetera idea…

Y esto que nos parece muy cómico, nos ocurre en nuestro día a día cuando decimos que nos gustaría aprender un idioma nuevo, comer más saludablemente, hacer deporte o aprender a gestionar el estrés.

Queremos la mejora…, pero no el proceso de mejora.

Si alguien viniese y nos dijese “te opero y ya sabes inglés”, “te opero y ya eres emocionalmente inteligente” o “te tomas esta pastilla y hablas en público como un gran orador”…

Seguramente contestaríamos “de acuerdo, ¡pero con anestesia!” (tampoco queremos notar absolutamente ningún tipo de dolor o molestia).

De ahí quizá el éxito de tratamientos o intervenciones donde no tenemos que hacer ningún esfuerzo (flores de Bach, reiki, gimnasia pasiva…).

En estos casos solo hay que tomarse unas infusiones, tumbarse o conectarse unos electrodos indoloros para adelgazar, ser más optimista, más equilibrado emocionalmente o más asertivo, autoconsciente y feliz. Algo o alguien hace el trabajo por nosotros.

Eso sí, la mejora no es sostenible y hay que seguir invirtiendo en el tratamiento.

Pero es que si nos vamos al ámbito organizacional ocurre más de lo mismo. Da igual que seamos un pequeño emprendedor, una Pyme, una gran empresa o un trabajador/colaborador.

Queremos cambios, mejoras y desarrollos significativos rápidos y con poca inversión.

Y digo yo, ¿existe en el mundo mundial algún tipo de mejora significativa, saludable y sostenible en el tiempo que sea rápida, sin esfuerzo ni obstáculos?

Desde la lógica y la razón creo que la mayoría diremos que no (el que ha vivido un proceso de cambio o mejora sostenible producido por él/ella mismo/a sabe que lleva trabajo, esfuerzo y tesón).

Pero, no me cansaré de insistir, somos (todos) más emocionales que racionales. Todos, con la única excepción de quien haya sufrido algún tipo de trastorno en el desarrollo o lesión cerebral.

Es decir, sabemos lo que hay que hacer pero nuestro sistema cerebral de aversión al dolor o la pérdida busca excusas para evitar esfuerzos sostenidos.

balsamofierabrasAndamos buscando ingenuamente, como el paciente del chiste, “fórmulas o recetas mágicas” cual bálsamo de fierabrás.

Y en el ámbito organizacional donde se supone que solo hay rigor, seriedad, profesionalidad, lógica y análisis racional, ocurre que queremos tener empresas fuertes, innovadoras y prósperas sin cambiar comportamientos.

Las organizaciones también son primero emocionales y después racionales porque las empresas son personas.

Aunque una empresa estuviese compuesta en su mayoría por máquinas, si quien dirige es una persona, esa empresa es primero emocional y después racional.

Otra cosa es que sea emocionalmente inteligente. Eso le llevará a realizar comportamientos inteligentes porque habrá integrado razón y emoción para que trabajen de forma alineada.

Pero es más habitual en las organizaciones querer realizar nuevas funciones simplemente diciendo a un colaborador “ahora te vas a encargar tú de esto” (o nosotros mismos si somos micro-empresa o freelance).

“Te lees este manual y ves estos videos” y la semana que viene me presentas resultados.

Pero no es lo mismo saber o conocer, que aprender.

Saber o conocer se limita a las bases teóricas o conceptuales. Aprender requiere un proceso experiencial que lleva meses o años.

Por eso nuestras organizaciones no mejoran sustancialmente, porque hay mucho conocimiento pero poco aprendizaje (no se dedica el tiempo suficiente a cambiar comportamientos).

Vamos a decenas de eventos, foros, charlas, talleres, cursos de especialización o incluso hacemos un MBA.

Pero como aplicar lo que sabemos cuesta un esfuerzo sostenido en el tiempo, no llegamos a mantener los cambios de comportamiento necesarios para aprender y terminar obteniendo los beneficios consecuentes.

Y no digamos nada si somos un caso aislado en la organización. Si no hay un contexto o clima colaborativo que favorezca la incorporación de nuevos comportamientos que se traduzcan en aprendizajes, jamás se llevará a cabo la mejora.

Para que exista ese clima, la cultura y el estilo directivo son fundamentales. Y si somos un pequeño emprendedor dependerá de que sepamos gestionar nuestro “clima mental”.

¿Y tú, sabes mucho o además aprendes?

 

¿Y en tu empresa, se sabe mucho pero no se aprende nada?

 

¿Quieres mejorar de verdad o estás esperando a “que te operen”?

Fuente imágenes: plataformaproyecta.org; elhidalgodonquixote.blogspot.com