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¿Es rentable gestionar actitudes en la empresa?

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Dedico este post a mi querida colega, Marta Gómez Montero, que me lanzó un guante a través de este tweet.

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En primer lugar sería interesante conocer alguna definición consensuada de “actitud” y saber para qué sirven las actitudes o por qué las tenemos.

La mayoría de estudiosos del tema de las actitudes está de acuerdo en definir una actitud de la siguiente forma:

“Evaluación global y relativamente estable que las personas hacen sobre otras personas, ideas o cosas que, técnicamente, reciben la denominación de objetos de actitud“.

Es decir, las actitudes hacen referencia al grado positivo o negativo con que tendemos a juzgar o valorar cualquier aspecto de la realidad (tangible o intangible), incluido, claro está, el ámbito laboral.

De esta forma la actitud hacia un compañero, jefe, subordinado, equipo, clima de trabajo, departamento u organización puede ser positiva, negativa o neutra.

Además puede variar el grado de positividad o negatividad en función de la importancia que la persona otorga a cada objeto de actitud.

Aunque las actitudes residen en el interior de cada persona pueden ser inferidas a través de ciertos indicadores.

Conocer los componentes de las actitudes puede ayudar a inferir (y comprender) la actitud de una persona respecto a cualquier aspecto:

  1. Componente cognitivo (pensamientos y creencias sobre ello)
  2. Componente afectivo (sentimientos y emociones asociados)
  3. Componente conductual (intenciones y conductas en base a experiencias anteriores)

¿Cómo se forman las actitudes?

La mayoría de actitudes tienen su origen en el aprendizaje y experiencia social (salvo algunas muy concretas de raíz genética).

De esta forma las emociones se configuran y anclan por:

  • Condicionamiento instrumental (consecuencias positivas o negativas de nuestra conducta)
  • Imitación de otros (sobre todo de las figuras de referencia o autoridad)
  • Aprendizaje vicario (observación de las consecuencias de la conducta de otros).

El proceso de configuración y anclaje se produce alrededor de los tres componentes mencionados anteriormente (cognitivo, afectivo y conductual).

De esta forma, a través de las diferentes situaciones diarias que vivimos en el trabajo, vamos desarrollando pensamientos y creencias acerca de cada objeto de actitud mediante la percepción de “refuerzos y castigos” (conscientes o inconscientes) que asociamos a nuestra conducta.

Por ejemplo, si tengo iniciativa por hacer o proponer una mejora a una tarea, producto o servicio, y me ignoran o recriminan, asociaré una consecuencia negativa a mi conducta de iniciativa.

Si lo vuelvo a intentar y se repite la consecuencia, terminaré construyendo una idea o creencia negativa acerca de tener iniciativa en mi empresa, asociándolo a sentimientos muy negativos si para mí es importante obtener atención o reconocimiento.

También podemos formarnos esa idea o creencia si proviene de terceras personas, especialmente de figuras y grupos de referencia (autoridad formal e informal):

“No te molestes en aportar ideas o cualquier tipo de iniciativa en esta empresa, no sirve de nada.”

Una de las primeras actitudes que se forja entre empresa y colaborador se produce ya en los primeros contactos de la selección, generando unas ideas, creencias o expectativas de uno hacia el otro.

El impacto de la idea o expectativa en la actitud va a depender de la intensidad de la creencia y de la confianza o duda que la persona tenga sobre sus propios pensamientos.

En cuanto al componente afectivo, nuestras experiencias en el trabajo las asociamos a determinadas emociones percibidas cuando nos relacionamos con otros compañeros, departamentos, jefes, subordinados, tareas…

En función de si esas emociones las valoramos como agradables o desagradables, y según su intensidad, contribuirán a formar una actitud positiva o negativa hacia otra persona, grupo, tarea o situación.

Por último, se ha demostrado que el comportamiento (incluido posturas y gestos) produce un feedback psicológico que impacta en la formación de la actitud.

Este impacto psicológico del comportamiento en la actitud se produce a través de los propios pensamientos y sentimientos derivados automáticamente de la conducta.

Si éstos vienen a validar el comportamiento y/o nos producen una sensación cognitivo-afectiva agradable, contribuirán a formar una actitud positiva.

De lo contrario, un malestar psicológico que relacionemos con nuestro comportamiento (o el de los demás) forjará una actitud más negativa.

A todo ello hay que añadir que los tres componentes (cognitivo, afectivo y conductual) se influyen mutuamente y, por tanto, pueden regular las actitudes en un sentido u otro, teniendo distintos pesos específicos en la actitud global.

Aunque el componente de mayor peso específico a medio y largo plazo es el afectivo, a corto plazo puede imponerse el cognitivo (siento injusticia hacia la conducta de mi jefe pero pienso o creo que no debo quejarme, hasta que un día “exploto”).

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¿Para qué sirven las actitudes?

Básicamente, son 3 las funciones:

  1. Organización del conocimiento (estructurar o dar “coherencia” a la sobrecarga informativa del entorno)
  2. Función instrumental (nos ayuda a alcanzar los objetivos deseados)
  3. Expresión de valores (nos permite conocer y mostrar nuestros principios y valores)

De esta forma las actitudes nos van a guiar en la búsqueda de información que las refuerce o valide, ignorando la información que no coincida con ellas.

También sabemos que pueden guiar nuestra memoria, de forma que tendemos a distorsionar recuerdos para ajustarlos a las actitudes actuales que tengamos.

Esto explicaría porque somos reacios a aceptar y digerir información que vaya en sentido contrario a alguna de nuestras actitudes ya formadas (función defensiva del yo).

Siendo ese rechazo directamente proporcional a la intensidad o importancia que tenga esa actitud para nosotros.

A través de las actitudes podemos conseguir lo que queremos y evitar lo que no nos gusta, contribuyendo a crear sensación de libertad y competencia.

Por ejemplo, adoptar una actitud positiva hacia la empresa con la que trabajamos y/o nuestros clientes nos permitirá ofrecer un mejor servicio (que puede ser recompensado con otros beneficios).

De todo ello se desprende que no solo es importante que contratemos personas con actitudes alineadas con la empresa sino que, además, generemos contextos de trabajo que contribuyan a fortalecer dichas actitudes.

No digamos ya del extremo cuidado a tener en cuenta para no destruir actitudes positivas y contribuir a generar actitudes negativas.

Ello nos terminaría llevando a tener que despedir un/a colaborador/a (o que se vaya) con los consiguientes costes económicos directos e indirectos.

Por eso es una estrategia inteligente (y muy rentable) gestionar las actitudes de forma proactiva en la empresa, no dejando al azar los componentes que influyen en las mismas.

En un próximo post abordaré algunos de los indicadores que podemos usar para medir actitudes y predecir conductas. Veremos también cómo la comunicación interna de la empresa puede influir en el cambio de actitudes.

Para mí, todo ello se puede resumir en un concepto:

“inteligencia socio-emocional aplicada a la empresa”.

¿Crees que es rentable gestionar actitudes en la empresa?

Fuente imágenes: #1: StartUpPhotos, en StockSanp.io | CC0; #2: Viktor Hanacek

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Contratar por ‘aptitud’ y despedir por ‘actitud’: 7 claves para evitar este coste

18085206866_8ba369bf01_oLa empresa con una cultura muy cartesiana, o de hemisferio cerebral izquierdo, casi siempre (y de manera inconsciente) pone el foco solamente en las capacidades y cualidades técnicas, o aptitudinales, a la hora de seleccionar personas para su proyecto o negocio.

Eso es lo habitual en una empresa que cree que las personas somos, principalmente, pura lógica y raciocinio.

Y no digo que eso sea erróneo sino que es claramente insuficiente (el comportamiento está muy guiado también por emoción y motivación).

El síntoma principal que demuestra dicha insuficiencia es tener que realizar despidos por malas actitudes respecto al trabajo, con el alto coste que ello conlleva.

Y no me refiero a sufrir personas con mala fe o poco éticas sino a actitudes de bajo compromiso, desinterés o incluso cinismo, que merman el rendimiento, contagian a los demás e impiden desplegar el talento que se supone habíamos contratado.

Sin embargo, aunque sabemos que lo que llamamos “actitud” es algo vital junto a los conocimientos técnicos, volvemos a caer en el error una y otra vez de no valorar la actitud de nuestros candidatos.

Y no vale la excusa de decir que la actitud es muy difícil de detectar, porque la aptitud también lo es, ya que el mero hecho de poseer títulos académicos o haber trabajado en otras empresas no es garantía de un know how de calidad o de tener otras habilidades.

Si bien el tema es lo suficientemente complejo como para poder generalizar con “claves maestras” en un post, sí podemos dar alguna pincelada orientativa a tener en cuenta cuando vayamos a contratar un colaborador/a.

Me focalizaré en la parte de actitudes, o habilidades “blandas” (hoy núcleo duro), que es mi especialidad (al menos en esa dirección trabajo hace años).

Respecto a la parte aptitudinal decir simplemente que estoy muy de acuerdo con Pilar Gómez-Acebo al respecto del curriculum: éste debe ser vitae (de vida presente) y no mortem (de vida pasada) como la mayoría.

De modo que en el curriculum, más que leer la experiencia pasada, tendríamos que leer qué cosas valiosas puede aportar esa persona en el presente gracias a lo que ha aprendido en el pasado. No sé si me explico.

Porque como en toda inversión, rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras.

Nuestro contexto, cultura, equipo, clientes, ambiente, etc. no van a ser iguales que el que tuvo ese profesional en otra organización.

Entrando ya en los aspectos actitudinales, me gustaría marcar una línea divisoria en el tiempo para tratar de clarificar mejor, diferenciando si despedimos (o se van) antes de 6 meses o después de 6 meses de su contratación.

Tener que despedir a alguien antes de 6 meses (o que se vaya) por su actitud es un claro síntoma de que debemos mejorar, radicalmente, nuestro proceso de selección (no digamos ya si es por falta de aptitud).

Desde mi punto de vista, una buena forma de predecir el comportamiento de un candidato es averiguar cuáles son sus valores y su forma de entenderse a él y los demás, comprobando si todo ello está alineado con nosotros.

Para ello podemos utilizar, por ejemplo, la entrevista de incidentes críticos donde un candidato expresa, de manera inconsciente, sus valores (fortalezas) y su pauta explicativa (positiva o negativa) a través de su lenguaje.

Si han pasado ya 6 meses, y habiendo observado una actitud positiva que luego va mermando hasta minimizarse, es importante averiguar qué ha pasado por el camino y preguntarse qué parte de responsabilidad tenemos nosotros.

Porque es muy habitual centrarnos solo en objetivos y tareas olvidándonos de las personas y sus necesidades (que no caprichos).

Y no se trata de que hagamos de “animadores” de nuestros colaboradores, sino solo cuidar algunos detalles que evitarán la desmotivación laboral, siendo beneficioso, incluso, para mantener el nivel de compromiso.

Tampoco significa que haya que dejar de ser exigentes sino que lo seamos de forma adecuada sabiendo diferenciar una máquina de una persona.

Mucho cuidado con esto porque si se termina instalando un clima de desmotivación, desconfianza, desesperanza o indefensión en el equipo, es muy difícil revertir la situación a corto plazo.

Es como si tenemos un depósito de agua limpia y cristalina (proyectotalento y competencias) y solo nos preocupamos de extraer agua (resultados) sin cuidar el propio depósito (salud física y psicosocial), permitiendo que se oxide y se agriete.

Con el tiempo el agua será tóxica y nos preguntaremos qué ha podido pasar, echándole la culpa al depósito o a la mala suerte, menos preguntarnos qué parte de responsabilidad tenemos nosotros.

Algunos de estos pequeños detalles que debemos cuidar, por muy simples que nos parezcan, son:

  1. Dirigir los estados emocionales de forma inteligente para que éstos no nos dirijan a nosotros
  2. Comunicar regularmente propósito, visión, roles y tareas
  3. Fomentar el trabajo en equipo dando ejemplo con nuestro apoyo
  4. Agradecer el trabajo bien hecho aunque creamos que es una obligación
  5. Fomentar la iniciativa no castigando el error sino aprendiendo de él
  6. Celebrar hitos y metas volantes, de forma austera pero no “piojosa”
  7. Equilibrar los esfuerzos de trabajo con descansos reparadores

En definitiva, si te has fijado se trata de cuidar tu actitud hacia los demás como líder, director o responsable de un proyecto para que los demás lo hagan hacia ti.

Siempre habrá un 15% o 20% de personas que da igual lo que hagas porque seguirán con una mala actitud (amargators).

En ese caso, seguramente, tendrás que despedir pero habrás mejorado ampliamente los porcentajes y con ello los beneficios.

¿O quieres seguir pagando el coste de no cuidar las actitudes?

Autor imagen: Anton Ittlinger, en Unsplash.com | CC0

5 hábitos que destrozarán tu proyecto o empresa de forma inconsciente

ferrari-quemado3Ha llovido mucho desde el taylorismo y su organización científica del trabajo (más de cien años), sin embargo en muchas empresas todavía se arrastra esta “cultura”.

El taylorismo es un sistema de trabajo orientado a mejorar la productividad a través del análisis pormenorizado de todos los aspectos relacionados con el trabajo operativo.

Y eso está bien, pero no podemos olvidar el contexto en el que se produjo: la segunda revolución industrial a finales del siglo XIX.

Es por ello que, tomando como referencia la “perfección” de las máquinas, surgió el interés por organizar el trabajo de forma que los elementos técnicos y humanos se integrasen perfectamente.

Se trataba de generalizar la forma de trabajar de las máquinas a la conducta de las personas.

La contribución de Frederick Taylor fue complementada con la de Henri Fayol, más centrado en la administración y funciones de la empresa (técnica, comercial, financiera, seguridad, directiva…).

En cualquier caso no podemos olvidar que se trata de una organización del trabajo muy pensada para el sector industrial.

El modelo taylorista ha sido (y es) imitado en cualquier tipo de organización no industrial, incluyendo los servicios (cualificados o no), con la “feliz idea” de pensar que estamos contratando solo brazos y manos que funcionarán de forma automática e independiente del aspecto psicosocial.

Si además tenemos en cuenta que esta forma de trabajar estaba pensada en una época de mayor estabilidad laboral (con planificaciones a 5 ó 10 años vista) sin globalización ni necesidad imperiosa de flexibilidad, reinvención, formación, innovación o diferenciación continua como ahora…

Podemos entender así que actuar de la misma manera en un contexto laboral diferente, con una (multi) culturalidad diferente y unas necesidades físicas y psicosociales diferentes, es de poco sentido común y mucha inconsciencia por nuestra parte.

Es como tratar de conducir un vehículo de la misma manera por autopista que por montaña, nos vamos a dar la torta antes que después. Eso sí, le echaremos la culpa al terreno o al vehículo.

Parece que hemos consensuado en llamar a la época actual VUCA (volátil, incierta, compleja y ambigua), donde necesitamos que los trabajadores den lo mejor de su talento sin pedirlo, vayan más allá de su mera función, sean embajadores de marca y se dejen la piel para conseguir los objetivos.

La principal esquizofrenia (escisión mental) que sufrimos en las organizaciones actuales es querer que las personas se comporten en modo “Era VUCA” mientras organizamos y administramos la empresa en modo “Era Industrial”.

Es algo que he podido experimentar, directa e indirectamente, a lo largo de mis 25 años de experiencia trabajando en empresas y desempeñando todo tipo de roles.

Por supuesto yo también he cometido estos errores en mi época de empresario (el MBA más caro y enriquecedor que he podido realizar en mi vida).

Así que, desde este conocimiento y experiencia, aquí van 5 hábitos (hay más) que destrozarán tu proyecto o empresa poco a poco y de forma inconsciente:

  1. Sigue haciendo lo mismo de siempre, no te plantees alternativas o mejoras.
  2. Aprende todo lo que puedas sobre aspectos técnicos y poco o nada sobre ti mismo/a.
  3. Obvia los sentimientos y trata a las personas como si fueran máquinas.
  4. Anima a tu equipo a tener iniciativa y si se equivoca alguien pon mala cara y repróchaselo (en público mejor).
  5. Repite a diario que quieres gente entusiasmada y comprometida mientras tú vas al trabajo con muy mal humor y no te interesan los problemas.

1 ) Hacer lo mismo de siempre en un contexto diferente no traerá los resultados que quieres. Por mucho que insistas no lo sabes todo.

2 ) Los más motivados o curiosos invierten mucho en formarse sobre aspectos técnicos y poco o nada en autoconocimiento. Si no te conoces a ti mismo o vas en “piloto automático” no podrás auto-gestionarte y auto-regularte de forma inteligente cuando las cosas vengan torcidas (que vendrán).

3 ) Las personas, por mucho que lo deseemos, no somos máquinas. Emoción y motivación terminan haciendo mella en el comportamiento, si se dejan de lado. Es muy rentable para la empresa o proyecto atender y gestionar estos aspectos básicos y claves del ser humano.

4 ) Por mucho que nos empeñemos, es más potente lo que hacemos que lo que decimos. Si mostramos incoherencias romperemos la confianza y la motivación de nuestro equipo para seguir dejándose la piel.

5 ) Más de lo mismo. Lo que hacemos se contagia, y las emociones, humores o sentimientos todavía más. Además, el contagio se produce a nivel inconsciente por lo que, aunque no lo creas, terminarás contagiando tu mal humor a tu equipo.

Seguro que conoces más hábitos que terminan destrozando una empresa o proyecto. Si te apetece puedes dejarlo en un comentario.

¿Y tú, sigues en piloto automático o quieres entrenar tu consciencia a partir de hoy?

*Fuente imagen: diablomotor.com

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De la afectividad a la efectividad laboral, ¿cómo empezar?

28 diciembre 2016 Los comentarios están cerrados

24075590440_9dfd0a8f93_k_dEn el post anterior vimos la espiral negativa en la que nos metemos cuando caminamos de forma inconsciente a través de ideas, sensaciones e interpretaciones erróneas o no muy racionales.

Hoy quiero recorrer el camino complementario.

El camino del desarrollo personal y profesional que se recorre de forma más consciente para ir ajustando o flexibilizando nuestras ideas, sensaciones y mapas mentales en caso de que no nos ayuden a progresar.

Por supuesto lleva trabajo, paciencia y perseverancia. Recuerda que para adquirir algo valioso tenemos que pagar un precio, aunque el esfuerzo vale su peso en oro.

¡Empecemos!

Al igual que a nadar se aprende nadando y desarrollar músculo se consigue levantando peso, para desarrollar la consciencia hay que entrenarla.

La consciencia es el contenido mental del que podemos dar cuenta, describiéndolo verbalmente o por escrito.

La puerta de entrada a la consciencia sobre la cual tenemos control personal para mover hacia una dirección u otra se llama “atención”.

Además de mover la atención, hacia donde queramos, también tenemos otra facultad: sostener o mantener la atención en un punto concreto.

A esta capacidad le llamamos “concentración” y, aunque no dure mucho, es básica para la reflexión y la toma de decisiones.

Bien, pues atención y concentración es lo que vamos a entrenar diariamente, de manera formal e informal.

De manera formal reservando unos minutos al día (5′ para empezar), preferiblemente antes de comenzar la jornada.

Nos sentamos tranquilamente con la espalda recta, la cabeza ligeramente alzada (como si nos estuviesen tirando suavemente con un hilo desde la coronilla) y las manos descansando encima de las piernas.

En esta posición llevaremos la atención a nuestra respiración observando cómo entra y sale el aire por nuestra nariz, sin tratar de alterar de ningún modo la respiración, solo observándola sin emitir críticas ni reproches.

Como mucho describimos objetivamente lo que observamos.

De manera informal poniendo atención a cualquier experiencia que estemos viviendo a lo largo de la jornada, tratando de describirla de forma objetiva, sin adjetivos, juicios o reproches.

El entrenamiento requiere que cada vez que nos demos cuenta que la atención se ha apartado del punto elegido (estamos pensando en el pasado, en el futuro o haciendo un juicio) volvamos a dirigir la atención al objeto inicial de atención.

Este tipo de entrenamiento sistematizado y mejorado, llamado mindfulness o atención plena, tiene múltiples beneficios.

Además de desarrollar la habilidad de estar más atentos y concentrados a lo que está ocurriendo dentro y fuera de nosotros, nos permitirá mantener una mayor estabilidad emocional y un pensamiento más orientado a aportar soluciones.

Esta mayor claridad mental nos va a facilitar una mayor percepción, uso, comprensión y regulación de los estados emocionales que se vayan activando a lo largo de nuestra jornada.

De esta manera estaremos en situación de responder en lugar de reaccionar, tal como decíamos en el post anterior.

Y entre responder y reaccionar no hay color.

Responder significa poder parar, observar y decidir conscientemente dentro del espacio que se genera entre la situación y nosotros.

Reaccionar significar emitir un comportamiento no pensando (aprendido e incorporado cómo hábito) ante situaciones similares.

Responder significa poder elegir y cambiar nuestra respuesta de manera inteligente y adaptativa.

Reaccionar significar no elegir la respuesta de forma inteligente y, por tanto, quizá emitir palabras o comportamientos que nos perjudiquen o de los que nos arrepintamos en cuanto aparezca una chispa de consciencia.

No voy a entrar en cómo usar las emociones para facilitar el pensamiento o en su comprensión razonada porque eso escapa del alcance de este post (y requeriría unos cuantos más).

En cuanto a la regulación emocional, la amplitud de miras que da una mayor consciencia te va a permitir ver con claridad que tú tienes la emoción pero no eres la emoción, ni tampoco ella te tiene a ti.

Al no estar “atrapado” por la emoción vas a poder responder de una forma más beneficiosa para ti y tu contexto.

Podrás decidir si expresarla de forma saludable, bajar su intensidad primero si lo crees necesario o generar otra emoción mediante la acción adecuada.

Si quieres saber más sobre este tema y disfrutar de una historia inspiradora para emprendedores, puedes leer “La Palanca del Éxito, SL: activa tu inteligencia emocional y relánzate” (Kolima, 2016), en papel o ebook.

lapalancaregaloCreo que es uno de los mayores y mejores regalos que nos podemos hacer para este próximo 2017:

[Tweet “Desarrollar consciencia e inteligencia emocional para disfrutar trabajando y trabajar disfrutando”]

¿Vas a correr el riesgo de no hacer nada diferente?

Te deseo, de corazón, una muy fantástica entrada en el nuevo año.

*Fuente imagen: imagenesgratis.eu; autor: Viktor Hanacek

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Mejora tu efectividad mejorando tu afectividad (I)

15 diciembre 2016 1 comentario

mejoraefectivdadEn este post para la plataforma prevencionar hablaba de integrar de manera consciente, como fórmula de trabajo inteligente, las funciones del cerebro derecho.

Esa parte intuitiva, metafórica, global y afectiva que, aunque siempre está activa, solemos obviar por considerarla solo útil o necesaria el fin de semana.

Si embargo, una sana e inteligente gestión integral de razón y emoción es lo que nos va a permitir, con creces, aumentar nuestra efectividad en el trabajo y en la vida.

Pero además es importante porque en su ausencia es muy fácil caer en un comportamiento reactivo en lugar de “responsivo” frente a los numerosos estímulos y retos laborales.

Ello nos lleva a trabajar en piloto automático la mayor parte del día, con el agravante de caer repetidamente en la trampa de nuestros propios errores cognitivos, sesgos y creencias irracionales que arrastramos desde quién sabe cuánto tiempo.

Con el consiguiente desgaste de nuestra motivación y el contagio a los que nos rodean.

Y como cualquier rol que practicamos en el día a día se sustenta en la persona que somos, nuestro nivel de bienestar físico, mental y emocional tiene consecuencias también en nuestro trabajo, aunque no nos guste o no queramos.

Voy a intentar describir, de forma somera y sencilla, cómo funciona el proceso que provoca la mayoría de nuestras creencias irracionales y errores cognitivos que nos llevan a sentir y actuar desafortunadamente.

El germen suele estar en la falta de reconocimiento y apoyo (especialmente en la infancia y adolescencia), junto a una protección o exigencia desmedida por parte de las figuras de autoridad (padres, profesores y, más tarde, jefes), donde se nos ha señalado siempre solo fallos y errores.

Si además esa señalización iba/va acompañada de un pseudocomponente pedagógico (castigo, recriminación o ridiculización) “para que aprendas”, existe la probabilidad de que fomente en mí el efecto contrario.

Y lo que es peor, si el mensaje no diferencia entre comportamiento e identidad (lo que hago de lo que soy), una sensación de no ser valioso y aceptado me puede atravesar, ya que me puede inundar el pensamiento “nunca soy lo suficientemente bueno”.

Así voy instalando e interiorizando un sentimiento de poca valía y una necesidad creciente de satisfacer los deseos de los demás con la finalidad de ser aceptado.

Mi ego se va construyendo con andamios y materiales de baja calidad (creencias erróneas), fofos o poco resistentes (pensamientos trampa), no desarrollándose saludablemente y, por tanto, quedándose inmaduro e insatisfecho emocionalmente (autoestima poco realista -por defecto o por exceso-).

De esta forma, cuando mi ego se sienta vulnerable (cosa que ocurrirá a menudo) se agarrará a un miedo “irracional” tratando de “protegerse” contra la inseguridad percibida.

El miedo y la ansiedad irracional de mi ego inmaduro suele ser a:

  • No triunfar
  • No ser el mejor
  • Equivocarse
  • Que le señalen
  • Qué dirán
  • Que le excluyan
  • Que no le acepten
  • Comprometerse
  • Que no le hagan caso

Estos miedos refuerzan a su vez las creencias y los pensamientos erróneos, automáticos, negativos, frecuentes e improductivos que vuelven a reforzar el miedo, derivando en otras emociones desagradables (enfado, tristeza, asco).

Todas estas emociones desagradables nos envían información muy valiosa (sobre nosotros y cómo vivimos las situaciones), pero si no la gestionamos inteligentemente nos predisponen a:

  • Victimizarnos
  • Desvalorizarnos
  • Resignarnos
  • Ensimismarnos

O bien a:

  • Agredir  (verbal o fisicamente incluso)
  • Culpar a otros de nuestros problemas
  • Actuar con prepotencia
  • Magnificar o exagerar cualquier cosa

Pero, en realidad, lo que mi ego está buscando es:

  • Aceptación
  • Atención
  • Respeto
  • Apoyo
  • Afecto

Lo que ocurre es que lo busca de manera errónea y desmedida fuera de sí mismo (las redes sociales son un medio extraordinario para ello), sin darse cuenta que debe empezar por proporcionárselo él mismo.

En la edad adulta eso me puede llevar a una auto-exigencia desmedida y una autocrítica dañina, aislándome o refugiándome en conductas desadaptativas (comer y/o trabajar en exceso, evitar nuevos aprendizajes, estropear relaciones positivas, intoxicar el clima de mi equipo u organización y que huya el talento, etc.).

Y de ahí hay un paso muy corto al estrés perjudicial o crónico que termina provocando irritabilidad, insomnio, problemas de atención, preocupación excesiva, dolores musculoesqueléticos, contracturas, desconfianza, hipervigilancia…

De esta manera nuestros resultados y relaciones laborales se pueden ver perjudicados seriamente, especialmente si tenemos responsabilidad sobre otras personas o somos emprendedores, ya que vamos a actuar de una forma ilógica o disfuncional.

Eso sí, trataremos siempre de justificar o racionalizar inconscientemente nuestras conductas, paradójicamente, para “auto-protegernos”.

A su vez, ello nos lleva a mayor sensación de insatisfacción, preocupación, ansiedad, falta de valía, etc, volviendo a empezar en una espiral negativa, sin fin, que se refuerza a sí misma una y otra vez.

¿Cómo solucionarlo? En el próximo post publicaré el camino contrario hacia una espiral positiva de satisfacción que se refuerce a sí misma.

Acompañar en el proceso de mejora y adquisición de competencias emocionalmente inteligentes es lo que hago con emprendedores, profesionales, directivos y docentes para que consigan mejorar resultados en su día a día.

Te dejo este post resumido en una infografía interactiva (pasa el puntero por cada elemento del camino).

Si quieres saber más sobre esto y otros contenidos relacionados también puedes leer “La Palanca del Éxito, SL: activa tu inteligencia emocional y relánzate” (Kolima, 2016) en el que te propongo vivir una aventura amena y muy reflexiva de la mano del “Genio del Smartphone”.

¿Y tú y tu empresa, todavía os creéis tan lógicos y racionales?

 

¡OLVÍDATE, NADA GARANTIZA TUS RESULTADOS!

17 noviembre 2016 Los comentarios están cerrados

garantizadoUna de las obsesiones de la mente humana es la necesidad de seguridad y control, con la finalidad principal de asegurar y mantener la supervivencia.

Lo que ocurre es que estos mecanismos de supervivencia, que se siguen activando hoy en día, están muy preparados para un mundo que prácticamente no existe (al menos en los países “desarrollados”):

“Vivir en medio de la naturaleza, salir a cazar para poder comer y procurar no ser devorado por algún depredador”.

Se trata de mecanismos de supervivencia dirigidos, principalmente, a activar nuestro cuerpo para actuar de forma inmediata y contundente atacando o huyendo (o camuflándose hasta que pase el peligro).

Sin embargo, en nuestro mundo actual del human business, vivimos un entorno cultural radicalmente distinto al que vivían nuestros antepasados, ya que los peligros a los que nos enfrentamos son más ambiguos.

Ahora vivimos en una jungla de asfalto, en un mundo globalizado y digitalizado, con una alta competitividad empresarial que necesita diferenciarse para sobrevivir.

Con trabajos cada vez más cualificados donde no se requiere gran esfuerzo físico sino intelectual y socio-emocional, algo que nuestro ego no ha aprendido a manejar muy bien.

Si bien, en lo más profundo, se trata de lo mismo: salir “a cazar” para poder comer y procurar “no ser comido”.

Pero la realidad empresarial o mercantil es mucho más compleja.

Sabemos que el éxito de una organización o proyecto es multifactorial. Es decir, los resultados buscados no vienen determinados por algo único o concreto, y hay que trabajar en múltiples aspectos para poder acercarse a ellos.

Teniendo en cuenta que, además, hay factores en los que tenemos poco, bajo o ningún control (p.ej., fenómenos económicos, políticos, sociales, decisiones de clientes, proveedores, colaboradores, etc.) la ansiedad de un ego controlador está servida.

Además, toda actividad empresarial o profesional conlleva tomar decisiones constantemente, afrontar cambios vertiginosos y alta incertidumbre, que es todo lo contrario a lo que necesita nuestra mente para estar serena y clara.

Sin embargo, a pesar de que no te estoy descubriendo nada nuevo (o eso pienso), una creencia errónea en empresas y emprendedores es pensar que los resultados buscados están garantizados de manera precisa por realizar una u otra acción.

Por ejemplo, hay empresas que contratan a un determinado profesional o directivo con la expectativa de obtener resultados concretos y garantizados.

O que creen que por tener una web atractiva y/o participar en eventos “marketinianos” van a conseguir garantía de las ventas que necesitan.

networkingRecuerdo algún directivo que cada vez que participaba su empresa en un evento o acción de este tipo, no podía esperar al día siguiente y llamaba a sus colaboradores para comprobar los resultados obtenidos, creyendo que el resultado estaba garantizado o era inmediato.

Pero la realidad nos dice que no, que no existen fórmulas mágicas, acciones o recetas que aplicadas de manera individual garanticen los resultados buscados (al menos, yo no las conozco):

  • Tener títulos académicos no te garantiza el resultado que tú quieres.
  • Saber mucho no garantiza que lo apliques de forma práctica.
  • Invertir en marketing y publicidad no garantiza un determinado ROI.
  • Conseguir financiación no garantiza la viabilidad de tu empresa a medio o largo plazo.
  • Dotar constantemente de nuevos contenidos tu web y tu blog no garantiza que atraigas los clientes que quieres.
  • Contratar a los mejores profesionales no garantiza que desplieguen todo su talento en la empresa.
  • Realizar practicas saludables, respecto a las personas, no garantiza un determinado ROI.
  • Ejercer un estilo de liderazgo transformacional o positivo no garantiza el incremento de ventas o productividad.
  • Generar climas de felicidad y satisfacción en los equipos no garantiza un determinado ROI.
  • Pagar bien a tus colaboradores no garantiza que trabajen más y mejor.
  • Tener una amplia red de contactos no garantiza que obtengas la ayuda deseada.
  • Asistir a eventos y reuniones no garantiza un incremento de ventas concreto.

Es decir, nada ni nadie en su sano juicio puede garantizar resultados precisos con estas acciones de manera aislada.

Por ello, si encuentras una empresa o profesional que te ofrece un servicio concreto con resultados precisos garantizados, empieza a sospechar.

Sin embargo, que no cunda el pánico (tampoco me crucifiques antes de terminar de leer el post 😉 )

Ya que cuanto mejor y más inteligentemente trabajemos en los factores mencionados más arriba, y en otros seleccionados dependiendo de nuestro modelo de negocio, estaremos ampliado las posibilidades de lograr los resultados esperados. Eso sí, sin garantías.

Se trata de trabajar en el mayor número de factores que puedas de manera alineada con tus “para qué” (misión, visión y valores) ya que, volviendo al principio, el éxito de una empresa o proyecto es multifactorial, no debiéndose habitualmente a causas aisladas.

Y me refiero a resultados sostenibles, no a pelotazos o resultados explosivos cuyo desplome también suele ser explosivo.

Por todo ello, una de las necesidades más urgentes que tenemos en la empresa actual es domesticar, calmar o serenar a nuestro incansable buscador de seguridad, control y resultados instantáneos, que es el ego.

No para eliminarlo (puesto que es de mucha utilidad) pero sí para gestionarlo de forma emocionalmente inteligente.

En este sentido, alguna de las herramientas más potentes que tenemos a nuestro alcance es desarrollar nuestras competencias emocionales.

Nuestra inteligencia emocional permitirá, entre otras cosas, desarrollar una sólida autoestima y autoconfianza para trabajar con paciencia y perseverancia en la dirección correcta.

Con mayor consciencia de la falacia que supone buscar constantemente seguridad, control y resultados inmediatos.

Con la suficiente claridad para ser capaces de “soltar” al final de cada jornada, dormir con sueño reparador y seguir trabajando inteligentemente y con confianza, al día siguiente.

¿Y tú, todavía esperas “resultados garantizados”?

Fuente imágenes: epdm.com.mx; somospymesunidas.es

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CULTURA DEL ESFUERZO SÍ, ¡PERO NO LA DE SÍSIFO!

sisifoEl pasado 28 de octubre tuve la fortuna de poder asistir a la conferencia “Creer, crear, lograr” que impartió Alex Rovira en el Auditorio y Palacio de Congresos de Castellón con motivo del evento organizado por el CEEI “Enrédate Castellón 2016”.

A Alex Rovira le tengo una admiración especial porque, como explico en el libro “La Palanca del Éxito, SL” (Kolima, 2016), su libro “La brújula interior” (Empresa Activa, 2003) fue el detonante para que yo iniciase un proceso de reinvención.

Me encanta la claridad y riqueza verbal con la que expuso casi la totalidad de su ponencia, aunque resonó especialmente en mi interior la respuesta que dio a alguien del público cuando preguntó su opinión sobre la cultura del esfuerzo.

Y resonó porque es lo que explicamos una y otra vez desde la psicología organizacional positiva como práctica saludable y rentable en las empresas.

Básicamente se refiere a que el esfuerzo debe ir acompañado de una humanidad que permita el bienestar y la alegría, porque si solo va acompañado de sufrimiento será contraproducente.

[Tweet “”El esfuerzo es un valor instrumental, no un valor final”, Alex Rovira”]

Es decir, esfuerzo sí, por supuesto. No hay otra forma ética de acercarse a objetivos valiosos y sostenibles; pero desde el sentido, el entusiasmo y la búsqueda de resultados.

Esto parece muy de sentido común pero encontramos numerosas organizaciones donde se trabaja como valor final. Y aunque no se consigan resultados en esa línea, se insiste una y otra vez dedicando más horas.

Se trata de culturas organizacionales anquilosadas en el hacer, hacer y hacer sin parar, como si de un trastorno obsesivo compulsivo se tratase.

Es más, en algunas organizaciones no se premia al que trabaja mejor sino al que (parece) trabaja más horas. Y esto es muy serio por lo de patológico que tiene en la era empresarial actual.

Hay culturas organizacionales que nos recuerdan vívidamente el mito de Sísifo, el cuál tenía que empujar una pesada piedra montaña arriba para que después, antes de culminar el trabajo, la piedra rodase abajo volviendo a empezar una y otra vez.

Es necesario que el esfuerzo vaya acompañado de la seda que permita el espacio al relajamiento y la reflexión, decía Alex Rovira, porque a corto plazo provoca mucha exigencia pero a largo plazo desemboca en el agotamiento y el infarto.

Y culminaba su respuesta con la afirmación,

[Tweet “”El veneno está en la dosis”, Paracelso”]

manejo-inicial-del-paciente-intoxicado-3-638Y es que trabajar de esta manera puede llevarnos a caer en el llamado “síndrome de insistencia errónea“, en el que insistimos en redoblar esfuerzos en una dirección, o bajo un plan, que ya no sirve.

[Tweet “”No se trata de trabajar más sino mejor”, Jordi Vila Porta.”]

¿Cómo podemos subsanar este error de perspectiva?

Desde la psicología organizacional positiva se nos ofrecen varias posibilidades que tienen como base la

CONSCIENCIA

Consciencia para escuchar y atender las necesidades de nuestro cuerpo, mente y sentimientos (autoestima).

Consciencia para escuchar a las personas que nos rodean (sensibilidad social).

Consciencia para expresar nuestras necesidades (asertividad).

Consciencia para comprender las motivaciones y necesidades que hay detrás de las acciones (empatía).

Consciencia para observar y apreciar el valor que aportamos y el valor que recibimos (gratitud).

Cuando ampliamos la consciencia se nos ensancha la perspectiva y, en consecuencia, las opciones de acción y la vida en su conjunto.

Podemos ampliar la consciencia de varias formas:

  1. Practicando mindfulness a diario
  2. Generando espacios para la reflexión
  3. Escuchando y valorando otros puntos de vista (mentoring)

Está más que demostrado cientifica y empíricamente que practicar la atención plena (formal e informal) a diario es una potente herramienta no solo para ensanchar la consciencia sino para mejorar la salud física, mental y emocional.

En cuanto a la reflexión, es de sentido común que si no paramos para analizar las señales o feedback que recibimos del mundo real, respecto a nuestras acciones de trabajo diarias, vamos a obviar información muy valiosa.

Por último, las conversaciones con otras personas que nos ofrecen su punto de vista, junto a su experiencia, pueden permitirnos explorar miradas que de otra forma jamás se nos hubiesen ocurrido.

Son esas miradas que cuando las oímos decimos “¡claro!, ¿pero cómo no se me había ocurrido antes?”. Pues muy fácil, no habíamos mirado en esa dirección porque nuestro ancho de consciencia no nos lo permitía.

¿Y tú o tu empresa, qué clase de esfuerzo hacéis?

Fuente imágenes: google.com

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*Autor: Juan Pedro Sánchez. También me puedes encontrar en twitter y linkedin