Elegancia.

Vengo observando que a muchas personas les preocupa bastante su imagen (lo cual me parece genial). Incluso buscan con frecuencia la elegancia. Vestir de forma “conjuntada”, llevar ropa nueva con cierta frecuencia, llevar complementos adecuados (bolso, reloj, corbata, pañuelo, joyas, etc.), maquillarse, y si puede uno permitírselo, conducir una buena moto o un buen coche, vivir en una buena casa, etc. etc.

Claro, y ¿que pasa con esto?, ¿donde está el problema?,  si a todos (o casi todos) nos gusta la elegancia. Pues mi reflexión pasa, en esta ocasión, por que  esta elegancia comentada tiene el denominador común de que es… ¡SOLO EXTERNA!. Y resulta “muy fácil” ponerse ropas elegantes y complementos (“solo hay que comprarlos”). Es algo rápido, que transforma en segundos, minutos o muy pocas horas, nuestra imagen y nos hace sentirnos bien.

Pero, ¿qué pasa con la elegancia interna? No solo me refiero al nivel cultural (que también), sino a la forma de hablar, las habilidades sociales, la entonación,  el trato, la elección de las palabras adecuadas para que el otro se sienta bien y a gusto con nosotros. Me refiero también al respeto de las diferencias, al respeto de la opinión de la otra persona, a la mirada cálida, no agresora ni agresiva. En definitiva, a la armonía mental, al manejo suave de las emociones, a dejar una huella dulce de nuestro paso por cualquier sitio (tan sencillo como un bautizo o una comunión, que ahora es la época del año).

Pues me temo que la respuesta está relacionada con el manejo del esfuerzo, lo que en psicología se llama autorregulación de la conducta o procesos volitivos (querer hacer). Es decir, queremos aquello que nos transforme de manera rápida, sin esfuerzo, casi mágicamente. No queremos dedicar  mucho tiempo y esfuerzo al cambio, a la mejora, porque eso cuesta mucho y no se ve resultado a corto plazo. ¡Vaya! Ya salió la cultura del cortoplacismo. ¡Todo para ya, para ayer, urgente, rápido, que mañana tengo una boda y no tengo nada que ponerme!.

En mi opinión, estar elegante solo por fuera no sirve absolutamente para nada, quizás solo para un breve contacto personal (y quizás ni eso), si no va acompañado de forma equilibrada por “estar elegante por dentro”. En cuanto abrimos la boca, es decir, empezamos a conversar con otra persona, empieza la cuenta atrás. Cuanto más tiempo estemos hablando, más posibilidades tenemos de transmitir lo que realmente somos por dentro. Si uno es un hábil observador, en seguida se percata de esa “elegancia interior” o carencia de ella en nuestro interlocutor. Si es esto último, se va al traste toda la elegancia externa, porque la verdadera esencia de un ser humano está dentro, y no fuera.

Lo mismo ocurre en una empresa. Cuando “convives” con una persona o varias, conoces su verdadera naturaleza interior. Sobran las corbatas, joyas, y demás aderezos. Que aunque necesarios para el engranaje social que hemos montado, se desvirtua cuando los “aderezos interiores” no son de calidad,  y son bisuteria. La bisutería precisamente, tiene más efecto en el exterior que en el interior. Pues pongamos bisutería en el exterior y joyas auténticas en el interior. Será infinitamente más rentable.

Hasta pronto!

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