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¿A quién se parece la criatura?

A quién se parece la criatura¿Por qué nos empeñamos siempre en buscar el parecido de un niño o niña? Cuando viene un nuevo ser humano a este mundo, tenemos la ocasión de oír este tipo de comentarios: “el bebé se parece a su padre”, “no, el bebé se parece a su madre” “bueno, tiene de los dos”. ¡Coño!, claro que tiene de los dos, como que comparte el 50% de los genes. Disculpas por el taco, es que me irrita mucho oír estas obviedades.

Ahora bien, que tenga un parecido físico no tiene nada que ver con que su personalidad vaya a ser la del padre, madre, abuelo, abuela, y así hasta rastrear todo el árbol genealógico. Porque seguro que siempre encontramos algún tipo de parangón en la estirpe. Cuando nació mi hijo y escuchaba este tipo de comentarios, yo le decía a la gente: “lo importante no es que se parezca al padre, lo importante es que se parezca al marido”. ¡Hombre!, ya está bien de tanta comparación.

Vamos a ver, cuando se forma el cigoto del embrión humano, se produce un proceso llamado meiosis, en el que entre otras cosas, tiene lugar la recombinación genética de los cromosomas, que da lugar a uno genes únicos e irrepetibles en ese ser humano. Por lo tanto, ese niño o niña no va a ser como su padre, tío, abuela, etc. Va a ser ÚNICO. ¡Hala!, ya está, ya lo he dicho. Uf! qué descanso.

Si además tenemos en cuenta que la personalidad no viene determinada en exclusiva por la genética, sino que influye también la epigenética, es decir, el entorno o ambiente, y sobre todo la interacción entre ambos, ya tenemos la seguridad al 100% de que nuestro hijo o hija no va a “ser” como su padre, madre, abuelo o abuela, sino como él mismo.

Si al comparar a un niño, o niña, estamos refiriéndonos solo a sus rasgos físicos, siempre que no sea en sentido peyorativo, no vamos a influir sensiblemente en su personalidad. Pero cuando hacemos comparaciones de conductas o comportamientos, le estamos haciendo un flaco favor a esa criatura. Si las personas de su alrededor lo supieran, seguro que no lo harían con tanto ímpetu y perseverancia como lo hacen normalmente.

Porque si le decimos repetidamente a un niño o niña, “eres torpe como tu abuelo”, “no sirves para las matemáticas, igual que tu madre”, o el tan manido “es que mira que eres malo”, estamos convenciéndolo de que esa es la realidad de su ser. Por lo tanto, ya no se esforzará en mejorar, en cambiar algo. Pensará “para qué voy a estudiar matemáticas si soy como mi madre, que no sirve para eso”. Esto hará que no estudie y por lo tanto suspenda. Y lo peor de todo es que cuando llega a casa con las notas, van y le sueltan “ya te lo decía yo, que tú no valías”. Estamos provocándole la profecía autocumplida.

Pues ya que dicha profecía o efecto pigmalión funciona a las mil maravillas, vamos a hacerlo en sentido positivo. Vamos a animar al niño o niña a decirle “tú eres único e irrepetible, igual que todos los seres humanos, y con esfuerzo y tesón puedes conseguir lo que te propongas”. Cuando vea que es capaz de aprobar las matemáticas y le digamos “enhorabuena por tu trabajo, como ves ha dado resultado” le vamos a insuflar una energía positiva inmensa que servirá para que no ceje en el esfuerzo.

Afortunadamente estos comentarios que hago, están avalados por la investigación reciente en psicología. Fijémonos en lo que pasó cuando el Dr. Robert Rosenthal, de la Universidad de California (otros dicen que es de Harvard), engañó (para demostrar el llamado efecto del experimentador) a un profesor al inicio del nuevo curso, diciéndole que los estudiantes de su clase habían sido seleccionados con un cociente intelectual y creatividad muy por encima de la media, y que no se dejara engañar por las apariencias, aunque algunos se mostrarán torpes o con poco interés. Lo mismo hizo con otro profesor, pero al revés, le informó que sus estudiantes estaban por debajo de la media en inteligencia y creatividad, y que no se dejara llevar por las apariencias. La realidad era que los estudiantes habían sido elegidos al azar en ambos casos.

El resultado fue que la clase de estudiantes en la que el profesor creía que eran genios, y por lo tanto los trataba como tales, y con los que tuvo mucha paciencia, obtuvo unos resultados superiores al resto de clases, además de salir fortalecidos en su autoestima. Todo lo contrario que la clase de “torpes”, que fueron tratados como tales, y con muy poca paciencia. Esto es debido a que el ser humano es muy sensible a las sugerencias de lo que se espera de él.

Así que, si tenemos  niños y niñas cerca, no busquemos parecidos con otras personas (al menos negativos) y tratémosles como lo que pueden llegar a ser, y lo lograrán. Con paciencia, esfuerzo y perseverancia, pero lo lograrán. Además de que crecerán con la autoestima y  la autoeficacia muy robustas. Creo que es la mejor herencia que podemos dejar a otro ser humano.

Hasta pronto!

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