Doctor, me duele la mente.
Si la mente fuera física, iríamos con toda normalidad al médico de cabacera, y le diríamos: “Doctor, llevo varios días que me duele mucho la mente, no puedo ni moverme”, a lo que podría seguir una conversación parecida a esta:
-Doctor (D): “¿Desde cuándo le duele?”
-Paciente (P): “Desde hace mucho, unos 20 años más o menos, lo que pasa es que nunca me ha dolido tanto como ahora”.
-D: “Déjeme que le ausculte”. El doctor saca su fonendoscopio, lo aplica en la cabeza del paciente, y dice: “Vaya, vaya, oigo un sonido extraño, debe tener inflamado algún pensamiento. Le voy a recetar “Ibupropienso” para atenuar los síntomas. No obstante, le voy a enviar también al especialista, al psicofisiólogo“.
El paciente va al psicofisiólogo(E), y la conversación transcurre más o menos así:
-E: “Tengo el informe de su médico y después de leer todo el documento, creo que podría usted tener “pensamientitis”, o “emocionitis”, así que le vamos a hacer unas pruebas. Le voy a pedir un EEG, una RMf, un EOG, y una MEG“.
Pasados unos días…
-E: “Bien, ya tenemos los resultados”. El doctor saca un sobre del archivador. “Mire, tiene usted varios pensamientos negativos recurrentes atravesados, ¿los ve? aquí, son estas manchitas que aparecen. Además, tiene la autoestima muy pequeñita, se ha reducido un 20% por debajo de su tamaño natural, es esta bolita que se ve aquí en el centro de la mente. Pero lo que más me preocupa es que el indicador de los pensamientos negativos recurrentes lo tiene a 250, cuando lo normal es 80. ¿Tiene usted antecedentes en su familia de hipernegativismo?. Espero que no suba más, porque podrían obstruir la arteria inmunitaria, reducir sus defensas, y aumentar las posibilidades de infecciones graves”.
-P: ”No me asuste, Doctor. ¿Tan mal estoy?”.
-E: “Bueno, tiene usted “pensamientitis”, “hipoautoestima”, “hipernegativismo”, y “empatrosis” (desgaste de la empatía). Una cosa le ha llevado a la otra. Tenía usted que haber venido antes. Vamos a intentar reconducir la situación, aunque ya le he dicho que si se inflaman más los pensamientos negativos, baja la autoestima, y la empatrosis se extiende, podrían aparecer creencias irracionales, fobias, ansiedad extrema, necesidad de control exacerbado, u otras alteraciones fisiológicas. Entonces habría que operar, pero no adelantemos acontecimientos. Por lo pronto, la “piensamientitis hipernegativa” le está bloqueando el conducto emocional, y obstruyendo las arterias de las relaciones sociales. ¿Ha notado algo raro en sus relaciones con los demás?”
-P: “Sí, la verdad es que ahora que lo dice, últimamente no saludo a nadie, desconfío y me irrito con facilidad”.
-E: ”Le voy a dar un tratamiento farmacológico para paliar lo síntomas, pero la verdadera solución para sanar y que todo vuelva a la normalidad es hacer rehabilitación a diario: tiene usted que saludar a las personas (al verse y al despedirse), escuchar empáticamente y dejar de ver a los demás como una amenaza. Esto hará que pueda confiar un poquito más en los demás, y sobre todo en usted mismo, para no aferrarse a un control exacerbado que le desequilibra, y le hace demasiado perfeccionista. También practicará no hacer nada todos los días durante al menos 20 minutos (nada fácil, pero lo conseguirá si es perseverante). Además, no dejará de aprender todos los días, tiene usted que prepararse bien, porque viene una epidemia de nuevos virus llamados “nuevaeconomiaglobal” y “eltrabajoseguroseacabó”, que van a dejar fuera de combate a los que no se adapten a nuevas situaciones”.
Si la mente fuera física, todo el mundo iría al psicólogo con total normalidad. Y es que, en realidad, la mente es física puesto que no es ni más ni menos que la actividad del cerebro. Así que, debemos ir dejando de lado la creencia irracional de que ir al psicólogo es porque uno está loco, y teniendo la certeza de que el psicólogo es un especialista de la mente y la conducta, que puede mejorar nuestra adaptación a los cambios inevitables que ocurren en nuestra vida personal, laboral, académica, y social.
Hasta pronto!
La Palanca del Éxito 2011
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.
Aqui es un extracto
Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 2.700 veces en 2011. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 45 viajes para llevar tantas personas.
Clima Organizacional Positivo
Hace unos días he participado en una discusión creada por Carlos Figuero, dentro del grupo “Productividad del Talento” en la red social Linkedin. El objeto del grupo es dar a conocer algunas herramientas tecnológicas que facilitan la productividad de las personas dentro de la organización. Algunas de estas herramientas son “El portal del empleado“, “Escritorio del empleado“, “Autoservicio del empleado“, “Hemeroteca virtual“, o “Sharepoint TV“.
En esta discusión, la pregunta inicial era “¿Cómo recomendarían medir la productividad en una empresa de servicios?”. Después de varias intervenciones, incluidas las del Director Ejecutivo de ENCAMINA, Hugo de Juan, la conversación se ha orientado hacia medir la productividad mediante el uso de indicadores de actividad, y aumentar la productividad a través de herramientas como las mencionadas anteriormente, ya que favorecen la satisfacción del empleado. Si además, creamos un buen clima dentro de la empresa, estaremos alineando la organización con las premisas de la Teoría de los Sistemas Sociotécnicos (SST), enfoque en el que se basan las organizaciones de alto rendimiento y que postula básicamente, que todo proceso de mejora organizacional debe pasar por la optimización y ajuste entre el sistema técnico (dimensión tecnológica), y el sistema social (dimensión humana), requiriendo una alta participación de todas las personas de la empresa (empleados, supervisores, y alta dirección).
Todos estábamos de acuerdo (y así lo demuestran las investigaciones) que con un clima óptimo, los empleados están más satisfechos, aumenta su productividad, aumentan las conductas de ciudadanía organizacional, se reduce el absentismo, se reduce la intención de abandonar la empresa, etc. Después surgió la pregunta de “¿Y qué hacemos cuando a pesar de tener un buen clima, nos encontramos con personas que “no suman”? ¿Cómo se les puede integrar para que sumen, y sobre todo para que no den un mal ejemplo, y no “contagien” a los demás?
Yo decía que dentro de un clima favorable, de atención a las necesidades de empleados y empleadores, de buen trato bidireccional, la gente que “no suma” queda “fuera de lugar”, vamos, que “se le ve el plumero”. A partir de aquí, pienso que habría que mantener una entrevista con esa persona, y si su comportamiento es por falta de habilidades o competencias, se subsanaría impartiendo formación para dotar de esas habilidades, por ejemplo. Pero si aun así su modus operandi es “reptar” y esquilmar ese buen clima, pues habría que, en mi opinión, sacarlo de la organización, porque hay veces que nuestro perfil no encaja en una determinada cultura de empresa.
¿Qué opinas?
Feliz 2012!
¡No es lo mismo trabajar que calentar la silla!
La cultura del presentismo (trabajar más allá del horario laboral tipificado) está todavía muy arraigada en las empresas, acentuándose en el momento actual con la situación económica que estamos viviendo. Incluso en las organizaciones en las que se alardea de apertura mental y flexibilidad, existen nítidos comportamientos (que al fin y al cabo es lo que cuenta, no las declaraciones de cara a la galería) del “si no te veo en la oficina, es que no estás trabajando”.
Esto, que aparentemente no tiene nada de malo, esconde una trampa destructiva para los individuos y para la organización. Me explico. Cuando se hacen más horas de lo que marca una jornada laborar estándar, porque sí, porque está mal visto irse cuando se ha cumplido el horario (a no ser que ya se haya ido el jefe), pero no se tiene nada urgente que hacer, se puede ir deteriorando el equilibro mental del empleado (sobre todo si esta cultura es contraria a sus valores) que termina simplemente “calentando la silla” porque realmente no está produciendo nada, al contrario, está desmotivandose, erosionando su satisfacción y por lo tanto su productividad de los próximos días.
Y esto no es bueno para el empleado ni para el empleador, al que realmente lo que le interesa son los resultados, y no las horas que se dediquen a trabajar en la oficina. Es más, en otros paises europeos está mal visto trabajar más allá de tu jornada laboral normal, ya que significa que no has hecho tu trabajo en el intervalo de tiempo en el que debías haberlo hecho.
Pienso que en el origen de esta cultura laboral de “calentamiento de sillas”, está al menos, el hábito inconsciente (porque siempre se ha hecho así) de trabajar sin los medios adecuados, sin planes de acción bien definidos, y sin la formación o el conocimiento pertinente, es decir, se trabaja “a salto de mata”, y esto suele genera ansiedad y estrés debido a la incertidumbre de no saber si se alcanzarán los resultados deseados.
¿Y por qué no se ponen los medios adecuados, se definen las acciones a realizar, y se adquiere el conocimiento necesario para el día día? Pues porque muchas personas (empleados y empleadores) no se han desarrollado personal y profesionalmente, adecuando su preparación al tiempo presente, y han seguido haciendo las mismas cosas de siempre. Es decir, no se han adaptado, entrando en una explicación circular a sus problemas, basada en la cantidad y no en la calidad del trabajo realizado; si no obtengo los resultados que quería, es que la gente no ha trabajado lo suficiente y hay que trabajar más, y claro, no puedo contratar a más empleados hasta que no obtenga los resultados que quiero o necesito, minando poco a poco la energía de las personas de la organización, que si no encuentran significado a la situación, puede que terminen por resignarse a calentar la silla más horas, pero sin producir. Y si no se encuentra significado a la situación laboral, y ésta se va deteriorando cada vez más, puede desembocar en un síndrome de burnout, o en la rotura del contrato psicológico, debilitando la satisfacción del empleado y por tanto su productividad (correlación ampliamente demostrada en las investigaciones). A su vez, esto puede implicar un aumento del absentismo laboral (justo el efecto contrario al presentismo), un aumento de las bajas por ansiedad o depresión, e incremento del sentimiento de abandonar la empresa. En definitiva, el presentismo es una nefasta cultura organizacional.
¿Solución? Desarrollar nuestras capacidades adaptándolas al tiempo presente, con orientación al cliente y a la solución de problemas, no siendo tan importante dónde se realiza el trabajo (en la oficina, en casa, en el monte, en la playa o subidos en un árbol). Por ejemplo, si yo me he comprometido a entregar un producto o servicio a un cliente (interno o externo) en una determinada fecha, lo cumpliré, pero no necesariamente lo haré trabjando en la oficina, ya que gracias a la tecnología puedo hacer el trabajo en cualquier lugar, teniendo las herramientas necesarias. Y esto es lo que cuenta (o lo que debería contar para la empresa), que yo consiga el resultado esperado por la otra persona (el cliente) que va a pagar por el producto o servicio.
En definitiva, no debemos trabajar como animales sino como alemanes.
Hasta pronto!!
Tirar el desayuno y arruinarte el día.
Puede parecer una tontería, pero un pequeño accidente nada más comenzar la jornada puede arruinarte el día, sin apenas darte cuenta. Me explico.
El pasado jueves, cuando estaba preparando mi desayuno matutino, al ir a descongelar mi bocadillo de pan integral (tras una sesión de 35 minutos en bicicleta elíptica), empujo la taza de leche que estaba dentro del microondas y la tiro al completo. Una vez sido consciente de esto, y concienciado del trabajo de limpieza y vuelta a empezar, con el consiguiente retraso en el comienzo laboral, me inunda un sentimiento de frustración que se convierte en rabia incontrolada por unos segundos. A partir de aquí, se me va complicando la jornada debido a la emoción negativa que he generado.
Las investigaciones científicas han averiguado que las emociones mal llamadas negativas (porque toda emoción es adaptativa) tienen una duración mayor que las positivas o agradables, teniendo las primeras un alcance medio de 110′ frente a los 40′ de las positivas. Además, sabemos que las emociones modulan o filtran los pensamientos de manera que nos “cerramos” al mundo exterior ante una emoción “negativa”. Entonces lo más probable es que al interactuar con el mundo exterior, volvamos a experimentar más emociones “negativas”, pudiendo “arruinar” nuestra jornada con 2 ó 3 emociones “negativas”.
En base a mi experiencia, puedo corroborar que la investigación es cierta. Cuando salí a la calle, y al estar lloviendo, fui a abrir el paragüas, no lo abrí con la habilidad normal, y lo volví del revés. Cuando fui a intentar poner en su sitio las varillas, me hice un corte en un dedo, esto me generó más emociones “negativas”, y terminé rompiendo el paragüas mientras intentaba “arreglarlo”. Estoy seguro de que esto no me hubiera pasado si hubiera estado fuera de la influencia de la emoción desagradable que “traía puesta de casa”. Lo normal en estos casos, es atribuirlo a la “mala suerte”, o a que “me he levantado con el pie izquierdo”, etc. etc. Bueno, pues lo que ocurre es que tiré el desayuno porque estaba pensando en otra cosa, y no puse atención en lo que estaba haciendo, al presente, al aquí y ahora. Tras la emoción que siguió a la frustración, y al no hacer nada para contrarrestar esa emoción “negativa” con una positiva (podría haberme reido), dejé que el resto del día fuera negativo para mí.
¿Y qué conclusión saco de esto? Bueno, pues ya que no supe actuar correctamente ese día, me ha servido para reflexionar y escribir este post. Lo cual es dar un pasito en mi desarrollo personal y emocional. La próxima vez que me pase (que me pasará) algo parecido, y tras sentir y reconocer la emoción, primero la aceptaré como natural, y después la “neutralizaré” con una emoción positiva (respiraré hondo 3 veces, y reiré, cantaré, o bailaré).
Este ejemplo nos debería servir a todos para saber que los accidentes, los problemas, y los contratiempos están a la orden del día, son “naturales” y ocurren. También debemos saber que las emociones alteran, modulan, o filtran nuestra razón, nuestra parte cognitiva, y por lo tanto no vamos a “ver” las cosas igual que cuando estamos fuera de la influencia de las emociones. Además, debemos saber que bajo una emoción “negativa” intensa (ira, rabia, miedo) o “positiva” intensa (euforia) no debemos tomar decisiones que nos comprometan a posteriori, personalmente o socialmente, ya que podríamos comprometer nuestra estabilidad (física, económica, y/o mental) innecesariamente.
Para finalizar, solo decir que es inevitable que nos inunden las emociones, ya que evolutivamente están diseñadas para “ponernos en guardia” en pocos milisegundos y poder defender nuestra supervivencia, aunque actualmente en muchas ocasiones esto nos traiga más perjuicio que beneficio. Sabiendo esto, y tras detectar “el subidón” de una emoción, en especial si es “negativa” o desagradable, es mejor respirar hondo 2 ó 3 veces, para dejar paso a la razón, algo más lenta que la emoción, pero con la tranquilidad de que es la que pone orden y control en la mente y la conciencia.
Espero que te haya podido servir mi experiencia.
Hasta pronto!
La crisis desde la psicología positiva
El próximo jueves 20 de octubre de 2011, impartiré una charla-taller titulada “La crisis desde la psicología positiva”. Será en el Centro Cívico, de Puerto de Sagunto (Valencia), en el “Aula Multiusos B”.
El guión de la charla-taller es el siguiente:
-¿Qué es la psicología positiva?
- Optimismo inteligente
- Emociones
- Felicidad
- PEP
- MTC
Estais todos invitados, pero para el que no pueda ir, y para el que vaya y le guste, desarrollaré en un próximo post el contenido resumido del evento.
Hasta pronto!
T.A.G.
Motivado por algo que me ha afectado a mí personalmente durante mucho tiempo (aún hoy a veces persiste), y que percibo afecta a muchas personas (más de lo que imaginamos), me he decidido a escribir este artículo.
Se trata del Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG), que si bien para considerarse un trastorno psicológico debe cumplir una serie de criterios que ahora después veremos, muchas veces sin llegar a ser un trastorno claramente diagnosticable, se convierte en algo bastante molesto para la persona que lo vive.
Básicamente, se trata de experimentar ansiedad (activación mental agotadora, junto a una activación del sistema nervioso autónomo) sin tener una causa concreta aparentemente. Y digo aparentemente, porque sabemos que es debido a la incertidumbre que nos provoca la anticipación de una situación venidera (próxima o lejana, real o imaginaria). Puede ser la transición de las vacaciones al trabajo, la posibilidad de quedarse sin empleo, de no poder pagar la hipoteca, o un viaje que iniciamos en breve, una reunión, una entrevista, o cualquier otro evento (aunque sea más o menos querido y/o esperado). Una explicación científica se puede leer aquí, con el modelo cognitivo de Beck (1985).
En muchas ocasiones, la incertidumbre es provocada por el “miedo” a no saber o poder controlar, o afrontar “a la perfección”, la situación anticipada. Cuando nos ocurre esto, solemos querer anticipar casi todos los detalles que puedan ocurrir. Pensamos: “si ocurre tal cosa, haré esto”, “si me dicen esto, contestaré esto otro”, y así sucesivamente. Y esto está bien cuando se trata de planificar o prepararnos técnicamente, pero es un problema cuando queremos detallar, controlar, y “mapear” absolutamente todas las posibilidades, ya que al intervenir otras personas en esas situaciones, es imposible prever sus conductas, que escapan a nuestro control.
Ese miedo a no saber o poder controlar o afrontar la situación hasta en el más mínimo detalle, puede venir de un exceso de perfeccionismo. El perfeccionismo, puede venir de una falta de autoaceptación (y puede que baja autoestima), y esa falta de autoaceptación puede venir de un exceso de exigencias y/o recriminaciones de las personas importantes para nosotros, que marcaron nuestra infancia y adolescencia (por supuesto sin ánimo de fastidiarnos, ya que hicieron lo que ellos aprendieron, y así sucesivamente en generaciones anteriores).
En este punto, habría que evaluar también, si padecemos realmente un trastorno de ansiedad generalizada (TAG) o es algo más leve, pero que nos complica la existencia. Según el DSM-IV-TR, y sin ánimo de ser exhaustivos, algunos de los criterios para diagnosticar el TAG (que se define como “Forma crónica de ansiedad que se caracteriza por la presencia de ansiedad y preocupación excesiva durante un periodo de, al menos, 6 meses”), serían:
- Al individuo le resulta dificil controlar la preocupación constante.
- La ansiedad y preocupación se asocian al menos a 3 de los 6 síntomas siguientes:
- Inquietud o sensación de excitación
- Fatiga fácil
- Dificultad para concentrarse (“mente en blanco”)
- Irritabilidad
- Tensión muscular
- Alteraciones del sueño (dificultad para conciliar el sueño o, al despertarse, sensación de sueño no reparador).
Por supuesto se deben descartar otras causas, como los efectos de drogas, fármacos, o enfermedad médica, u otro tipo de trastorno severo, por lo que habrá que recurrir a los profesionales de la salud para emitir un diagnóstico adecuado.
Si no llegamos a tener un trastorno claramente diagnosticado, pero queremos hacer algo para bajar la ansiedad (y que no sea solo tomar ansiolíticos), algo que funciona (al menos a mí me ha funcionado) es dedicar todos los días un rato a reflexionar sobre los eventos pasados (lejanos y recientes) que nos provocaban ansiedad y que luego, la realidad y los hechos han demostrado que hemos sabido afrontar con éxito en cada una de las situaciones vividas. Esto debemos escribirlo y fijarlo de forma visible en casa para poder leerlo todos los días. También es muy interesante proponerse empezar probando poco a poco a “soltar el control”, es decir, a “despreocuparse” de lo que vaya a pasar, con el convencimiento de que vamos a salir airosos de esa situación. Al acostarnos y al levantarnos, todos los días, nuestra auto-conversación debe ser algo así como “No pasa nada, confío en mí. Mañana, sea como sea la situación o situaciones, sabré afrontarlas con éxito, tal como he hecho siempre hasta ahora, por eso voy a dormir y descansar profundamente”. Al mismo tiempo, al acostarnos y al levantarnos también, practicaremos ejercicios de relajación, siendo el más fácil y rápido, el de la respiración abdominal.
Y si aun así no podemos solucionarlo nosotros solos, lo correcto es acudir a un psicólogo especialista en tratar este tipo de problemas, antes de que se agraven demasiado, y se conviertan en un trastorno severo.
Hasta pronto!
Emociones y Salud II
En otro post anterior contaba ya la relación, demostrada empíricamente, que existe entre las emociones persistentes y nuestra salud, a través de la interconexión fisicoquímica entre el sistema nervioso, el sistema endocrino, y el sistema inmunológico. Por ejemplo, se han tomado medidas de los niveles de inmunoglobulina A (anticuerpo dominante en las secreciones mucosas) en saliva, antes y después (medidas pretest y postest) de someter a personas a una emoción negativa, comprobándose que el nivel es menor tras mantener niveles emocionales sensiblemente negativos. Esto significa que tras estar expuestos a emociones negativas, somos más vulnerables ante agentes infecciosos.
Parece ser, que la causa es adaptativa. Nuestro organismo, ante una emoción negativa (ira, rabia, miedo, ansiedad) y previendo la necesidad de la máxima energía para huir o enfrentarnos al estímulo que supuestamente ha provocado esa situación, redistribuye los niveles de energía interna, llevándose la mayor parte hacia las unidades musculares de las extremidades (hombros, brazos y piernas) para tensarlas y ponerlas a punto para la acción. Al mismo tiempo provoca la reducción funcional, a niveles mínimos de servicio, de algunos sistemas internos (digestión, acción inmunológica, sensibilidad al dolor, etc.) con el objetivo de disponer de la máxima energía ante “la situación de peligro” para enfrentarla o escapar. Esto no tendría mayor impacto si esta situación durase unos pocos segundos o minutos, pero si se convierte en habitual o crónica como es habitual en países “desarrollados”, como España, el impacto sobre nuestra salud puede ser más serio.
Siendo esto así, queda patente, y así lo han demostrado diversos estudios, que la regulación de las emociones, en especial la reducción de las negativas y la potenciación de las positivas, es un factor a tener en cuenta a la hora de prevenir enfermedades, o recuperarnos de alguna enfermedad u operación quirúrgica ya acontecida, como complemento al tratamiento farmacológico (aún queda mucho trabajo de investigación, pero así lo apuntan los trabajos realizados). Para los más incrédulos, algunas investigaciones han demostrado la conexión física entre el sistema nervioso y el sistema inmunológico, como éste trabajo de la neurocientífica Suzanne Felten, de la Universidad Rochester, en New York.
Sé por experiencia, que cuando no nos encontramos bien físicamente, es muy complicado tener buen humor, pero para ello podemos ayudarnos de estímulos externos y tratar de forzar (aunque sea sin ganas, porque sabemos que será positivo para nosotros), el impacto de estímulos externos positivos (videos, música, lecturas, personas “medicina”) y la reducción o eliminación de los negativos (telediarios, personas y conversaciones tóxicas). No lo hagas por mí, hazlo por tu salud, y la de los que te rodean, ellos te lo agradecerán y sobre todo tú te recuperarás antes que con una actitud negativa.
Hasta pronto!
Ejercicio físico, autopista al cerebro emocional.
Hasta hace pocos años, sabíamos que hacer ejercicio físico de manera habitual era muy bueno para nuestro cuerpo, y a lo sumo, sabíamos que hacía “sentirse bien” a la persona que lo realizaba.
Hoy, gracias a la colaboración de la psicología, la medicina, y las neurociencias, sabemos que el ejercicio físico impacta de forma directa sobre nuestro cerebro, y por lo tanto, nuestra mente.
Esta “gap” entre la investigación de los efectos del ejercicio sobre el cuerpo y la mente, viene en parte derivado del “error de Descartes” al creer que cuerpo y mente eran dos entidades separadas e independientes. Todavía hoy nos cuesta un poco creer que cuerpo y mente sean dos caras de una misma realidad, pero así lo ha demostrado la investigación científica, y por lo tanto esa imbricación entre mente y cuerpo provoca inevitablemente que se influyan mutuamente.
De esta manera, sabemos por ejemplo, que el ejercicio físico es una conexión directa a nuestro cerebro emocional o cerebro límbico. Por un lado, los hipocampos (estructuras del cerebro emocional) se ven afectados positivamente por el efecto del ejercicio, y dado que algunas de sus funciones son regular el aprendizaje (memoria) y la orientación espacial, éstas se ven mejoradas. Y por otro lado, aunque queda investigación por realizar, la estimulación de los hipocampos se asocia al incremento de la segregación de endorfinas, que es una especie de opiáceo natural que generan nuestras neuronas y que se relaciona con el bienestar psicológico. Ésto, a su vez, influye postivamente en las estructuras amigdalinas del cerebro, claves en el aprendizaje emocional, así como en la regulación del miedo y sus derivados (ansiedad, distrés, etc.).
Se ha demostrado que las emociones positivas y el bienestar psicológico también mejora nuestra capacidad de pensar, al “ceder el control” al lóbulo frontal (encargado entre otras cosas, de la imaginación y el pensamiento), por parte del cerebro emocional. La investigación realizada hasta el momento, aunque se deben realizar más esfuerzos en ello, también ha demostrado la relación entre sentimiento positivo o bienestar y la potenciación de la eficacia de nuestro sistema inmunitario ante agentes infecciosos, virus y cáncer.
Por todo ello, es “obligatorio” si queremos mejorar nuestra calidad de vida (presente y futura), hacer al menos media hora de ejercicio aeróbico al día (andar rápido, correr, nadar, pedalear…), al menos 3 ó 4 días por semana. También es excelente sustituir el ascensor por las escaleras, cuando no vayamos muy cargados.
Yo nunca había hecho ejercicio físico de manera regular. Llevo haciéndolo desde hace 3 años, y la verdad es que “NO HAY COLOR”. El bienestar físico y mental no tiene precio. Lo recomiendo encarecidamente. Si no terminas de convencerte, te invito a hacer un ejercicio de observación y reflexión durante una semana: observa lo que hacen y lo que dicen las personas de tu entorno que no hacen ejercicio físico (sobre todo a partir de los 35 ó 40 años) y compáralo con lo que hacen y dicen personas que conozcas que sí hacen ejercicio a diario (si no conoces, será buen momento para crear nuevas relaciones). Deberás comprobar que las personas que hacen ejercicio físico regularmente, por lo general son más vitales, más optimistas, tienen mejor humor, y parece incluso que le van mejor las cosas, o al menos no se quejan tanto a todas horas. Pero saca tus propias conclusiones. Y si quieres me lo cuentas.
Hasta pronto!


En la charla-taller del pasado jueves 20 de octubre, tenía principalmente tres objetivos: